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ABC SÁBADO 12 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Entre el desvío del Imperio y las bombas etarras, como Santiago no baje en su caballo a votar en el Comité Olímpico, estamos frescos MADRID- 2012 E JUAN MANUEL DE PRADA Almodóvar es hoy, junto a Buñuel, nuestro creador cinematográfico más universal, no tanto porque sus películas hayan recaudado más o menos en taquilla, sino sobre todo porque han logrado imponer un universo intransferible ALMODÓVAR Y LA ACADEMIA E podrían invocar muchas razones para explicar la espantada académica de Pedro Almodóvar; achacarla al despecho o a la pataleta se me antoja de una mezquindad frívola inadmisible. Quizá, al consumar su marcha unos pocos días después de que su última película fuera ostentosamente ninguneada en la tómbola anual de los Goyas, Almodóvar ha mostrado cierta falta de cálculo o estrategia; pero es precisamente esta inoportunidad de su gesto la que demuestra que sus motivos son muy distintos de los que insinúan los maliciosos y los carroñeros. Habría que especificar, en primer lugar, que Almodóvar cuenta en su haber con reconocimientos que dejan las estatuillas de la Academia relegadas al rango de tediosos pisapapeles. Habría que recordar que Almodóvar es el director más galardonado internacionalmente en la historia del cine español: ninguno puede presumir como él de haber cosechado un Oscar al mejor guión, ninguno ha inaugurado con una película suya el Festival de Cannes, donde previamente había recogido la Palma a la mejor dirección. No negaré que a Almodóvar le hubiese agradado incorporar a sus apretadas vitrinas tal o cual Goya, del mismo modo que a un Premio Nobel también le puede agradar que le dediquen una calle en su pueblo; pero, sinceramente, me parece una majadería sostener que los desplantes de la Academia puedan soliviantarlo hasta el extremo de provocar su estampida. No ofende quien quiere, sino quien puede. La Academia ya quedó retratada hace un par de años, cuando desdeñó Hable con ella para representar al cine español en la competencia por el Oscar a la mejor película extranjera; desplante que, por cierto, sirvió para magnificar el éxito de Almodóvar en Hollywood, donde concurrió sin necesidad de apoyos gremiales, en candidaturas mucho más preciadas. Al- S modóvar es hoy, junto a Buñuel, nuestro creador cinematográfico más universal, no tanto porque sus películas hayan recaudado más o menos en taquilla, sino sobre todo porque han logrado imponer un universo intransferible. Esta originalidad desconcertante y transgresora de Almodóvar, que funde casticismo y surrealismo, humor desquiciado y tragedia tremebunda, nos permite calificar tal o cual situación de almodovariana y ser comprendidos en cualquier rincón del atlas. Muy pocos entre sus contemporáneos pueden presumir de haber alcanzado semejante logro. Sus películas pueden gustarnos más o menos (o, como mejor conviene al espectador libre de apriorismos, unas más y otras menos) pero nadie puede discutir a Almodóvar su categoría gigantesca de artista. Nuestra época se adhiere al éxito, venera y adula al ganador, zarandeada por el influjo gregario de las modas; el mismo Almodóvar ha saboreado las mieles de ese triunfo orgiástico que consiste en estar en la cresta de la ola. Pero esta adulación al hombre de moda es siempre perecedera; la veleidad de estas corrientes de idolatría exige un recambio inmediato. El resultado de la tómbola de la Academia es el epítome de esa adhesión lacayuna a la moda, tan característica de nuestra época. Una época que, como muy atinadamente me decía Juan Miguel Lamet el otro día, es incapaz de admirar en el sentido más puro de la palabra. Celebrar el éxito es tarea gregaria y complaciente; admirar es tarea que requiere ante todo grandeza de espíritu. Almodóvar se marcha de la Academia alegando discrepancias con el sistema de voto que rige la elección de las mejores películas; con frecuencia, el sistema de voto es el parapeto que eligen los envidiosos y los mezquinos para disfrazar la invencible antipatía que les producen los artistas admirables. STABAN en Madrid los inspectores de los Juegos Olímpicos del 2012, que en esa carrera tenemos puestas muchas ilusiones, y en un tris, en un decir ¡Jesús! en un solo segundo, Madrid pasó de ser la capital de la Gloria a ser otra vez la ciudad de los más turbios siniestros provocados, que ambas definiciones salieron de la boca de los poetas. Claro está que ese coche bomba que estalló en el Parque de las Naciones y que dejó un reguero de heridos, dichosamente leves, se llevaría, digo yo, hacia la región de los sueños irrealizables un puñado de las esperanzas que tenemos puestas en el 2012. Hay que comprender que recibir a los inspectores de los Juegos con un bombazo no es la más grata recomendación para que elijan a Madrid como candidata a organizar juegos deportivos. El terrorismo es un deporte vil, sangriento y siniestro que los ultra nacionalistas vascos practican con cobardía. No sé si habrá llegado el momento de que Madrid deseche toda esperanza de organizar los Juegos Olímpicos, y tampoco estoy seguro de que la irrupción de Eta en ese proceso vaya a ser la primera causa de un probable fracaso. Al fin y al cabo, eso sería sólo un contratiempo disgustoso al lado de la pirámide de mil cadáveres que lleva apilados la banda terrorista etarra. No hace mucho tiempo se levantaron voces por el norte para oponerse a la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos, y algunos catalanes hubo que propugnaban una campaña en contra. Aquellas voces se acallaron pronto, no sin que alguien recordara la solidaridad de toda España con Barcelona cuando la capital catalana organizó los Juegos Olímpicos. En realidad, no hacía falta organizar ninguna campaña para cercenar las aspiraciones del Madrid- 2012. Es más fácil. Se abandona una mochila llena de cloratita o un coche cargado de explosivos y ya está. Ni Juegos Olímpicos, ni paz, ni convivencia pacífica, ni diálogo, ni entendimiento. Sangre y fuego, violencia y muerte. Y enseguida llegará el lendakari Juan José Ibarreche con una mano tendida, una mano que no está limpia, que no es honrada, que no es noble, que se ofrece para engañar, para traicionar, para someter. O sea, el Plan. Es muy probable que Madrid haya perdido buena parte de sus sueños olímpicos antes de que estallara ese coche explosivo que pusieron los etarras en el Parque de las Naciones. En una competición donde luchan con Madrid ciudades como París y Londres, no es posible llegar los primeros sin muchos alientos y muchas ayudas. Ahí se pelea voto a voto, despacho por despacho, nación por nación. Y nosotros- -España- -nos habíamos situado lejos del favor, tal vez imprescindible de Estados Unidos. O sea, del Imperio. La torpeza inicial de la política exterior española, tras el triunfo accidental de Zapatero, ha traído, trae, y todavía traerá consecuencias lamentables. No serán el fascinador Fidel Castro ni el influyente Hugo Chávez los que llenen la urna de los Juegos Olímpicos de papeletas a favor de España. Y encima llega Eta y hace ¡pum! en las mismas narices de los inspectores de los Juegos. En estas circunstancias, como no baje a votar nuestro señor Santiago en su caballo blanco, estamos frescos.