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ABC SÁBADO 12 2 2005 La Tercera MARRUECOS Y ESPAÑA ODA el alma del sur marroquí parecía haberse congregado en Marrakech el pasado día 17 de enero para recibir a los Reyes de España: miles de personas surgidas de las montañas, de la llanura, de las kasbas, de la medina, de las plazas, apiñados, entremezclados, bulliciosos, alegres, un espectáculo inigualable de luz, vida, fantasía. La ciudad se había convertido en Jema elFna, rezumaba cientos de años de historia, esperanzas y desesperanzas. Mostraba esa sociedad multirracial, heredera de los antiguos nómadas saharianos almorávides que la fundaron el año 1070. Había gentes de Aghmat, villa no muy lejana donde fue a morir al- Mutamid, el gran poeta y Rey añorando sus dulces veladas sevillanas. Puede que estuvieran los herederos de aquellos mercenarios cristianos que, al mando del noble catalán Reverter, la defendieron antes de que fuera conquistada el año 1147 por los beréberes de las montañas, los almohades que dejaron su impronta en la piel de España, con monumentos como la Giralda o la Torre del Oro. A buen seguro que estaban los descendientes de los andalusíes emigrados ante el avance cristiano en la Península, y los de Yuder Pacha, almerienses y granadinos que facilitarían la conquista de Sudán a los sultanes saadíes y, cómo no, los de los moriscos que fueron expulsados de la Península e impregnaron de cultura andaluza estas tierras. Las montañas del Atlas proyectaban sus formas en las avenidas de la ciudad moderna, que ha conseguido mejor que ninguna otra en Marruecos: avanzar entre tradición y modernidad, unir vegetación y construcción. Marrakech era como un jardín perfumado, con sus árboles, las flores de los parterres y el ocre color de sus casas, puede que exquisita reminiscencia del gusto por la austeridad y la uniformidad de sus primitivos fundadores. Quienes nos encontrábamos allí disfrutábamos de aquella fiesta multicolor, de los zocos, de la arquitectura de la tierra, de los monumentos de las distintas dinastías. Contemplábamos las huellas saharianas y almorávides del siglo XI, las de los almohades y los meriníes de los siglos XIII y XIV, las tumbas saadíes que miran hacia el África profunda que aportó esclavos, guerreros y el oro que durante siglos cimentó la prosperidad económica de al- Andalus, junto con los de la actual dinastía alauí, que trató de unir esta ciudad con su capital Meknes, a modo de nueva muralla china que pudiera proteger el majzen de los siempre rebeldes territorios siba no controlados por el poder central. A través de las grandes avenidas avanzaban las dos Monarquías, una que se pretende de origen divino, que reina y gobierna, y otra que venía de una tierra cercana- -antaño unidas en un solo espacio político- -donde desde hace siglos se considera que todo poder emana del pueblo, y que es conveniente que el Rey reine pero no gobierne, lo que da lugar a profundas diferencias en los sistemas políticos de los dos países, pero que no impide, -ni impedía- -que pudieran avanzar juntas ejemplificando la voluntad de unir a nuestros pueblos más allá de las diferencias. T Esta visita ha supuesto un gran progreso porque significa una mutua y firme decisión de seguir cooperando, más allá de los conflictos que surgirán y que ojalá superemos Un espectáculo impresionante para una visita importante y necesaria. Era ya tiempo de que España hiciera una fuerte apuesta por tratar de cambiar el creciente deterioro de nuestras relaciones. También de que la hiciera el Reino de Marruecos. Ambos países la han hecho. Nuestras relaciones con Marruecos suelen ser agridulces. Avanzamos a paso lento y a veces lo que se ha conseguido con mucho esfuerzo, se rompe en pocos instantes y volvemos a retroceder para recomenzar a tejer lo que se ha deshecho. Subyace un clima difuso que perturba nuestras relaciones y con demasiada frecuencia las deteriora. Existen problemas nada fáciles de resolver, que requieren grandes dosis de imaginación, diplomacia y buena voluntad: la inmigración, Ceuta y Melilla, el Sahara, el terrorismo, la pesca, el transporte, las aguas territoriales, cuestiones agrícolas, etc. etc. Pero existe, sobre todo, en algunos sectores de nuestro país una visión negativa, poco respetuosa con el pueblo marroquí y sus instituciones. Existe, a su vez, ya sea como reflejo o por otras sutiles razones, un cierto rechazo y una profunda desconfianza en algunos sectores marroquíes de que realmente España quiera cooperar y tratar de tú a tú al pueblo marroquí. Es hoy día Marruecos un país de contrastes a caballo entre la modernidad y la tradición, entre la belleza y el dinamismo de una ciudad como Marrakech y la pobreza de los suburbios en las grandes zonas urbanas o del mundo rural. También entre una Monarquía que ha de encontrar la vía de profundizar la democracia y superar una tradición autoritaria de poder, y entre sectores liberales, que luchan por modernizar el país y sectores islamistas, que pretenden imponer un modelo rigorista donde prima la instancia religiosa sobre los derechos humanos y las libertades. Son, sin embargo, numerosos los avances que se están produciendo y múltiples, también, los problemas que tienen por delante, en un camino nada fácil, entreverado de espinas. A nosotros nos corresponde cooperar eficazmente y contribuir a que nuestra experiencia de desarrollo pueda serles útil. Pero también respetarlos como pueblo, aceptando sus instituciones y sus tradiciones, compartamos o no los procesos o el ritmo de evolución. Esta visita ha supuesto un gran progreso porque significa una mutua y firme decisión de seguir cooperando, más allá de los conflictos que surgirán y que ojalá superemos. Ha sido una visita de Estado, exquisitamente tratada por parte marroquí, que la ha considerado de la misma forma. Creo hay que felicitar al Reino de Marruecos y a sus dirigentes, al igual que a la Monarquía española y al Gobierno de la Nación. Y es que nuestra últimamente tan denostada diplomacia puede que haya cometido algunos errores, pero también ha tomado decisiones importantes y positivas. A pesar de las críticas, pocas dudas podrán tener los defensores de otras políticas más atlánticas que a sus antiguos artífices hoy día no se les hubiera ocurrido invadir, ni apoyar la invasión de Irak, vista la tragedia y los resultados. Esta visita ha sido un éxito y la gran mayoría del pueblo español así lo ha entendido. Sorprende que algunos sectores y algunos medios de comunicación y comunicadores, que por otra parte pretenden ser la quinta esencia de la españolidad, la hayan atacado sin mayor fundamento, menospreciando incluso las instituciones del Reino de Marruecos. Sorprenden las exageradas salidas de tono de algún político en relación con las declaraciones que hizo el Rey de Marruecos en su entrevista, en líneas generales, mesurada e inteligente. Poco sentido tiene convertir nuestra relación con Marruecos en un tira y afloja de partido, cuando debe considerarse una cuestión de Estado. Quizás no esté de más recordar la visita del presidente Chirac en octubre de 2003 a Marruecos. Solemos considerar a Francia como modelo de inteligente diplomacia. Con frecuencia suele ser así, pero también lo es el apoyo que recibe de sus medios de comunicación. No hay país que presente de forma más positiva la situación y evolución del país vecino. En su discurso ante el Parlamento, Chirac dijo: No sólo soy yo sino toda Francia quién se siente hoy día honrada por el recibimiento Marruecos y Francia tienen una historia común... Hemos conseguido construir una relación particular basada en el afecto que nos une... Y así continuó ensalzando los procesos de apertura de Marruecos, la figura de Hassan II, luego la Monarquía alauí enraizada en el pueblo, para añadir que su espíritu abierto y de integración tiene sus raíces en la herencia de alAndalus, y terminar alabando la figura de Mohamed VI por su lucidez y valentía en las reformas que está llevando a cabo. Aunque es frecuente en nuestro país tratar de enmendar la plana a los demás y hay quienes gustan de desenvainar las tizonas y coladas, cuando del moro hablamos, en vez de hacerlo en clave de Estado, no estaría de más que quienes quieran ser críticos lo sean, pero con un mínimo de respeto, de sensatez y de conocimiento. También que recordemos que nosotros sí tenemos realmente una historia común, aunque a veces nos empeñemos en rechazarla. Afortunadamente el país ha reaccionado, como viene haciendo últimamente, con mayor serenidad y visión que algunos de los que creen representarlo o interpretarlo. JERÓNIMO PÁEZ Presidente de la Fundación Legado Andalusí