Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES 11 2 2005 Internacional BODA DEL PRÍNCIPE DE GALES 29 La tormentosa relación de Enrique VIII, padre del anglicanismo, con sus mujeres es un buen punto de partida para explicar el álbum de familia El gran escándalo llegó en 1936, cuando Eduardo VIII anunció su decisión de casarse con Wallis Simpson, una norteamericana divorciada dos veces y germanófila Alberto, nunca perdonó ni al Parlamento ni a sus súbditos que negaran a su amado el título de Rey y cuando murió Alberto, la Reina se enclaustró durante años en sus palacios campestres como señal de dolor, pero también de repudio. Por supuesto, son famosísimas y están bien documentadas las correrías y juergas del futuro Eduardo VII cuando era Príncipe de Gales. La Reina Victoria decidió tomar cartas en el asunto y concertó la boda de su heredero con la bellísima Princesa danesa Alejandra de Dinamarca. Aun con todo y tener una mujer muy guapa, el Príncipe no cambió sus costumbres por tan poca cosa y siguió manteniendo buen número de amantes, entre ellas algunas tan famosas como la actriz Lillie Langtry, la bella pero casada Jennie Jerome (madre de Winston Churchill) y la diva social Alice Keppel. El Príncipe y Camilla, el pasado 26 de junio REUTERS Carlos y Diana, tras anunciar su compromiso en marzo de 1981 EPA Americana y divorciada No obstante y ser todo lo anterior muy colorista, el gran escándalo llegó en 1936, cuando Eduardo VIII anunció su decisión de casarse con Wallis Simpson, una norteamericana divorciada dos veces y que, según se ha sabido luego, mantuvo otros amantes bien entrada su relación con el aún Príncipe. El enfrentamiento entre el Rey y su primer ministro, Baldwin, fue brutal. El gobierno de Su Majestad impidió que el todavía Rey Eduardo VIII se dirigiera por radio al país para explicar el por qué de su relación. El país asistía asombrado a una pelea que llegaba casi por sorpresa y que se exponía en público con una virulencia que afectaría al prestigio de la Casa Real británica hasta nuestros días. Según se ha ido sabiendo luego, además de las razones de protocolo (entonces no tan rígido como el que casi de inmediato impuso la Reina Mary) había otras muy políticas para este rechazo, entre ellas la germanofilia, rayana en el nazismo, de la norteamericana. En un Reino Unido abocado al enfrentamiento con el III Reich, la visión de tener como Reina a una fan de Hitler debía parecer inadmisible. Como fuere, Eduardo se vio obligado a abdicar y la pareja, titulados duques de Windsor, no volvió pisar suelo británico. Comparado con todo esto, lo de Camilla y Carlos es una tempestad en un vaso de agua.