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ABC MIÉRCOLES 9 2 2005 Madrid 41 AL DÍA MADRID ADIÓS AL CARNAVAL ASENSIO SÁEZ tro año más, amigo, el carnaval se nos va. A mí, oiga, es que el carnaval tilín me viene haciendo desde muchachuelo, y ya ha llovido desde entonces. Ahí es nada la verdadera máscara, aquella que engolosina y enamora con su colorín y su descoco. Quiero decirle a usted que en la memoria se me amontonan a granel los sucedidos carnavalescos. Sin embargo, el episodio que realmente me levanta el vello es el que a continuación expongo. Por escenario, un martes de Carnaval; por protagonistas, éste que lo es y aquella destrozona de careta de morro de bestia y ojos de Marilyn Monroe, que en paz descanse. Insisto y adelanto de una vez para siempre: que de todas las máscaras me quedo con la destrozona, que, sin ir vestida de nada, lo va a todo. Además, la destrozona es la máscara que más grita. A mí, como nunca me han dejado gritar, la máscara de mi devoción no puede ser otra que la destrozona. Lo peor del carnaval, la lluvia. Preocupadas por salvaguardar el disfraz, chapoteaban las máscaras de lujo. Detalle del todo colorista: las que más gozaban con la trapatiesta alzada eran precisamente las destrozonas. ¡Destrozona! ¡Servidora de usted! Despreocupadas de sus galas baratas, prorrumpían en zumbas de mucho griterío y alboroto, mojando sus escobas en los charcos y sacudiéndolas luego sobre el personal. ¡Más risa! Vencido el chaparrón, pasamos varias horas juntos, entrelazados por la cintura, bebiéndonos los mostos del carnaval que se nos iba. Noche cerrada le insté a que se despojara de su careta. Inútil intento. Baldío ruego. Por mi parte, sin embargo, yo siempre lo he afirmado: que la destrozona, acicalada o cochambrosa, acaba poseyendo siempre el más alto grado de evasión, que es tanto como decir su más entera autenticidad de máscara. Yo, por mi parte, ya lo tengo advertido: que cuando Dios disponga de mí a nadie se le ocurra amortajarme con la ropa de las grandes solemnidades. Un buen ajuar de destrozona es lo que deseo. O DIMES Y DIRETES JESÚS HERMIDA CEBREIRO EX PRESIDENTE DEL COE EL EXAMEN OLÍMPICO El autor hace un alegato sobre la cultura y la paz, dos ingredientes básicos que deben estar presentes en la candidatura madrileña para los Juegos de 2012 M adrid 2012 ha vivido horas solemnes con la visita a nuestra capital de la Comisión de Evaluación del Comité Internacional Olímpico para analizar su condición de ciudad aspirante y anfitriona de los Juegos. A nuestro alrededor se levanta el clamor propagandístico para hacer de Madrid una ciudad nueva, como atractivo principal que permita organizar los Juegos. Y ciertamente así es. Pero hemos leído muy poco o casi nada, sobre el reforzamiento del sentido educativo que encierra la idea olímpica como esfuerzo vivificador que trasciende y exige la necesaria estabilidad social tras la oportuna orientación pedagógica al efecto. Esta es la misión de los Juegos Olímpicos Modernos, más allá de la sensacional creación del anillo olímpico, el transporte, el alojamiento o los equipamientos deportivos. Han pasado más de 100 años desde aquel de 1.896 en que Pierre de Fredy, Barón de Coubertin, iniciara la preparación de una rectificación educativa a través del deporte. Igual que en la antigüedad desde los gimnasios Hele- nos, suenan ahora los clarines de la alegría muscular. El culto del deporte restablecido, incluso ha consolidado la salud pública, cual impronta de una cultura deportiva que busca una base para mejorarla y difunde una especie de estoicismo sonriente -en palabras del propio Coubertin- -dispuesto a ayudar al individuo en su resistencia a las pruebas diarias de la existencia, indiferente a los falsos bienes y falsos males que nos ofrecen los sentidos, atento a su máxima moral predilecta: sufrir y abstenerse. El olimpismo que es, ante todo, un movimiento, llama a una fiesta de hermandad a través del deporte. La raíz de la fiesta está en el humanismo educativo y es aquí donde hay que poner el acento. El movimiento olímpico ha sabido esclarecer lo que significa el deporte en el hombre de nuestro tiempo, no sólo como realidad social, sino como actitud humana. Felicitémonos por el ansia de los resultados deportivos y porque Madrid aspire con entusiasmo a la celebración de los Juegos, pero hagámoslo conscientes de conseguir aquel aspecto que aún no se ha alcanzado plena- mente. Al final de sus días Coubertin declaraba tener la conciencia de haber cumplido su misión pero no del todo hasta que los pueblos se atrevan a transformar la instrucción del joven adulto y establecer la paz vigorosa que conviene a una época deportiva ambiciosa. Y este es el mensaje que también Madrid 2012 aporta y tiene que transmitir para que, desde su concepción y organización, permita la apreciación de todas las naciones. A través de los Juegos, el signo del Helenismo eterno ha venido iluminando la ruta de los siglos con antiguas soluciones, aún aplicables a muchos de los problemas actuales. Deporte y Paz, que entrañan cultura, pueden ser en Madrid la voz de unos juegos proféticos ante estos dos temas de dimensiones universales. Y los Juegos son Proféticos cuando, desde la reflexión, interrogan su propia esencia, la actualizan y trazan con coraje nuevas vías a las esperanzas del hombre. Su contribución puede ser determinante para que el mundo abandone la lógica de la fuerza, la venganza y la destrucción y busque consolidar las estructuras de la paz con la comprensión, la tolerancia y la concordia que, en el encuentro de los Juegos, brinda el deporte limpiamente entendido en cuanto instrumento de diálogo, solidaridad y amistad. Estoy seguro de que la Comisión de Evaluación sabrá apreciar también la sensibilidad, la buena voluntad y la probada entrega del pueblo de Madrid y de España entera para que la juventud del mundo, cuando se reúna en la Villa y Corte, reciba la herencia del ideario olímpico y selle definitivamente la unión entre los músculos y el espíritu en un marco de paz, de progreso humano verdadero y de auténtica dignidad de la persona.