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ABC MIÉRCOLES 9 2 2005 La Tercera OCASO Y ELOGIO DE LA CENIZA I por aquello del calor como disculpa y el relajo propio de la estación como verdad, lo cierto es que en temporada de verano se viene a aconsejar el no pronunciar largos sermones, lo contrario ha de hacerse en Cuaresma, donde todo han de ser predicaciones, y frecuentes los ejercicios de piedad. Se comienza con el ofrecimiento de la ceniza, que no es tanto el del recuerdo de aquello que se ha quemado, sino de las posibilidades de regeneración. La fórmula aparentemente tan negativa de polvo eres y en polvo te convertirás puede ser sustituida litúrgicamente por la de convertíos y creed en el evangelio En definitiva, de lo que se trata es de llevar al hombre al camino de la esperanza, haciéndole ver que siempre se está a tiempo de enderezar los pasos de una conducta moralmente equivocada. El miércoles de ceniza se abre la puerta cuaresmal y se espetan unas palabras al supuesto penitente que lo dejan frío, pero deseoso de conversión: eres polvo y esta ceniza te lo recuerda. Aunque ahora, en la liturgia renovada, el saludo es menos agresivo y de lo que se trata es de llevar a la feligresía a que retorne al buen camino olvidado. Pero lo cierto es que de la ceniza y del día final se ha de hablar: muera usted un poco ahora, si de verdad quiere vivir en adelante como Dios manda. En ese intento de ridiculización de cuanto pueda saber a religioso, creencia y práctica de piedad, el rito de la imposición de la ceniza puede prestarse a ese ejercicio del descrédito acusando a la Iglesia de vivir en sus prácticas unos tiempos ya definitivamente olvidados. Por el contrario, para el creyente tomar la ceniza es señal que invita a la superación y al amor: aunque parezca que se ha perdido todo, siempre queda un rescoldo oculto detrás de las cenizas que puede reavivar el fuego. A la esperanza no hay quien le cierre definitivamente las puertas. Entre lo más opuesto al esperar cristiano puede estar la hibernación del espíritu, que es detener la vida poniéndola bajo mínimos. Es el frío de una muerte sin morir, de una apariencia sin realidad, de una vida sin pensamiento y sin amor. Sueño exagerado en el que la espera se reduce a un dejar que vayan cayendo las hojas del calendario y lleguen días mejores en los que aquellos problemas que llevaron a la muerte puedan tener solución. Después, otra vez a pensar en cenizas venideras, porque, en definitiva, sin la conversión interior del hombre poco valen reformas y aguantes. De angustias, fatigas y pesares la lista se hace inacabable. Estúpido sería, ante tanto desacierto, dejarse morir de pena y tristeza. Es mejor acudir a la medicina de la esperanza, pues, si como algunos piensan, corren malos tiempos para los asuntos de la religión, mejor defensa ha de ser la de la fidelidad que la de la claudicación. Olvidarse de Dios, aparte de ser algo poco inteligente, trae unas deplorables consecuencias para el hombre, pues el mundo pierde horizontes y acaba organizán- S En ese intento de ridiculización de cuanto pueda saber a religioso, creencia y práctica de piedad, el rito de la imposición de la ceniza puede prestarse a ese ejercicio del descrédito acusando a la Iglesia de vivir en sus prácticas unos tiempos ya definitivamente olvidados dose de tal manera que resulta sumamente difícil vivir en él con un mínimo de paz. La esperanza, en tal vacío de lo trascendente, no tiene más remedio que desaparecer. Lo del humanismo ateo no deja de ser un contrasentido. Si nada de lo humano puede sernos indiferente, piensen ustedes ¿qué hay más de común en la humanidad que la creencia en Dios? Como si de algo irremediable se tratara, la debilidad de la fe arrastra en tal manera al sentido de esperanza que trastoca por completo las motivaciones y los objetivos finales de la existencia, dejando al hombre sin razones para vivir, y en una total indefensión ante la respuesta necesaria a cuestiones tan fundamentales como puedan ser las del origen y destino final de la persona. Solamente la esperanza, como vida y razón de la existencia, puede salvar al hombre de un nihilismo radical y de un permanente desprecio de todo, y ya no cabe sino gritar que nada sirve para nada. Pero, para que surja la esperanza, se necesita el sonido de la verdad, la resonancia de una voz que garantice que la luz siempre puede hacer que aparezca ese resplandor de los mis- terios grandes, no tanto por ocultos sino por fascinantes e inabarcables. Con la esperanza viene todo lo demás, que es tanto como insistir en la urgencia de un comportamiento religioso y moral consecuente con el sentido trascendente de la vida. Mas no hay que conformarse simplemente con existir y hacer lo posible para que le dejen vivir a uno con sus íntimas convicciones religiosas, pues las cosas de Dios no pueden ser asunto meramente privado, sino que tienen eco y proyección social. Hay que decir y hacer de tal modo que quien vea y oiga quede, al menos, sorprendido por una conducta que puede ser admirable, no en el sentido de deslumbrante, sino por la credibilidad que comporta y que puede ser aceptada como referencia y deseo. Tiene su explicación, esto de meterse la conducta de uno en la vida del otro, en la fuerza de la autenticidad que rompe cualquier barrera de indiferencia. El esplendor de la verdad con- mueve, le saca a uno de las oscuras casillas de un vivir y hacer anodino y sin sentido. La conducta recta no atrae tanto por criterios muy razonados sino por el gusto de estar en la horma propia de la persona, que fue creada por Aquel que es la perfecta verdad y armonía de todo. El hombre busca la vida y tener días felices, como dice el Libro de la Sabiduría. Para disipar temores y miedos buen remedio es el de escuchar una voz fuerte llena de luz, de verdad, pues es como sol que va despejando las nieblas que ha producido el mal de la desconfianza ante las dificultades que en cualquier camino se encuentran. Sin esa voz, que no es otra que la que Dios ha dejado oír en su Verbo, en Jesucristo, imposible ha de ser que se remuevan las cenizas y se reciba el nuevo calor del rescoldo de la fe. La esperanza no se aguarda, sino que se vive en actitudes y comportamientos consecuentes. Esperar sin hacer es burla y pereza. El hacer sin esperanza es desaliento asegurado. Este es el gran valor de la esperanza: saber unir lo que se tiene y lo que vendrá, el trabajo presente y el gozo cierto en el fruto que ha de llegar. Habrá que buscar la fuente de tanta bendición como procura la esperanza, pero será advertencia sabia el decir que no se ha de seguir buscando aquello que ya se ha encontrado. Todavía mejor: dejarse ver y abrazar por Aquel que te ha llamado. Pues cuando algo se ha hecho para ser habitación de Dios, el vacío solamente puede colmarse con esa misma presencia de Dios. La ceniza es señal de una esperanza que puede hacer a la persona luminosa por la sinceridad y portadora de buenas noticias- ¡convierte tu corazón y cree en el evangelio! -gracias a un fuego que perdura. Acuérdate de que eres polvo. Convierte tu corazón y acepta sinceramente el evangelio. El ocaso no es el final, sino el pregón de que va a llegar un nuevo día. CARLOS AMIGO VALLEJO Cardenal Arzobispo de Sevilla