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ABC MARTES 8 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Corremos el riesgo de que Zapatero termine por entregar la unidad de España, pero eso sí, con mucha educación y urbanidad UN NUEVO GOBIERNO ICEN los que creen saber algo acerca de los caminos insondables de la política socialista que el Zapaterito prodigioso está dándole vueltas en el caletre a la idea de cambiar el Gobierno después del referéndum de Europa. Otros rumores más enérgicos y desesperados anuncian la convocatoria de elecciones generales para finales del año, o antes si espera peligro de muerte. La jugada de Ibarreche al adelantar las elecciones vascas para celebrarlas en abril habría aconsejado devolver la misma jugada. Entre bobos anda el juego. Con este Gobierno del sálvese quien pueda, cautivo del Tripartito, y con su presidente siempre en trance de sonrisa, no puede el Partido Socialista enfrentarse a un PNV, tal vez con mayoría absoluta en el País Vasco y envalentonado detrás de la bandera alzada del Proyecto de Estatuto para el Estado libre asociado y otros dislates. No va a ser Moratinos, modales finos, ni las ministras de cuota, que están como una chota, los que adopten las medidas adecuadas que requiera la situación, una situación que- -ya se ve claro- -adquirirá importancia de órdago al Estado, y por tanto al Gobierno que en ese momento lo represente. Después de las reiteradas advertencias, o amenazas, de Ibarreche, quien no vea el peligro de que eso suceda es que está ciego. Sólo una derrota del nacionalismo en las urnas vascas podría aplazar el envite. Pero hay que tener en cuenta que las elecciones del País Vasco, convocadas con carácter de plebiscito sobre el plan Ibarreche, se van a celebrar bajo el terror etarra, permitido y aún favorecido por el gobierno nacionalista. Imaginar que el PNV, instalado en Ajuria Enea, va a permanecer neutral en la próxima campaña electoral, con el plan Ibarreche en liza, es correr el riesgo de que nos salgan alitas en los omoplatos. Para guarecernos de la que está cayendo y sobre todo de la que va a caer, algo tendrá que inventar el Zapaterito prodigioso o el que le sople al oído los remedios para las graves ocasiones. Algo tendrán que decirle los socialistas con pesquis y con experiencia. Porque si Zapatero se estrella, que eso es lo que se ve venir, no se estrella solo, y tampoco se estrella solamente el Gobierno, que al fin y al cabo, ya no puede estar más estrellado de lo que está, sino que se estrella también el partido, y ya sería la segunda vez que en esta democracia el Partido Socialista sale del poder malparado, herido y vapuleado. Una regresión dolorosa en la situación de España no es noticia grata. Pero hay que reconocer con decepción y tristeza que el Gobierno de Zapatero ha acumulado en menos de un año muchas más torpezas y muchos más fracasos de los perdonables en un novato rodeado de novatos. Será, quizá, condición del famoso talante personal del propio Zapatero, porque en la aciaga tarde del debate en el Congreso, la breve respuesta de Rubalcaba a Ibarreche fue más enérgica y terminante que la del propio Zapaterito. Está claro que Zapatero se queda para las felicitaciones y las mamolas, para bodas, aniversarios y bautizos. Y corremos el riesgo de que termine por entregar la unidad de España, pero eso sí, con mucha educación y urbanidad. D IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA En uno de los mejores momentos de nuestra historia, dirigentes poco sensatos nos quieren devolver a los años treinta y nos proponen la discordia como programa nacional. Otra izquierda es posible LA RUPTURA PENDIENTE D E repente, la izquierda española, o, al menos, gran parte de ella, invoca la necesidad de emprender una segunda transición. Ocioso es recordar que resulta imposible encontrar algo parecido entre las exigencias que la mayoría de los españoles dirigen a sus gobernantes. Nada sirve ya, al parecer. Se diría que cinco lustros de democracia, concordia y desarrollo económico y social son demasiado. El espectáculo de la anomalía española tiene que continuar después de tan prolongadas vacaciones. La Constitución de la concordia se ha convertido en incómoda antigualla. Y los Estatutos de Autonomía, en insoportables corsés que violentan las legítimas pretensiones de autogobierno de los pueblos de España Alumnos poco aventajados del príncipe Salinas, tal vez aspiren a que cambie todo para que todo permanezca igual. Es preciso volver al filo de la navaja y a los aledaños del precipicio. Y todo, ¿por qué? ¿Por las exigencias de las minorías separatistas? ¿Por la debilidad parlamentaria del Gobierno socialista? ¿Por las errabundas convicciones radicales del presidente del Gobierno? ¿Por todas estas razones a la vez? ¿O, acaso, también por las pulsiones destructivas de la izquierda radical? No sé. Sólo sé que hay quienes parecen empeñados en dilapidar el mayor capital político de la historia contemporánea de España. En uno de los mejores momentos de nuestra historia, dirigentes poco sensatos nos quieren devolver a los años treinta y nos proponen la discordia como programa nacional. Otra izquierda es posible. Nada más peligroso que una segunda transición Aznar tituló así un libro, pero, en realidad, se trataba de abogar en favor de un segundo traspaso de poder, de la izquierda a la derecha para culminar el proceso de la transición, de la única. Pues, según los expertos, las transiciones a la democracia se consolidan cuan- do se produce el segundo traspaso de poder. El primero fue el que tuvo lugar de la UCD al PSOE. La transición habría culminado cuando el PSOE entregó el poder al centro- derecha. Pero transición, si lo es de verdad, sólo hay una. La nuestra tuvo sus éxitos y sus fracasos, sus virtudes y sus vicios, pero el saldo político para la convivencia nacional fue, en general, muy favorable. Quizá por eso algunos se empeñan ahora en enterrarla. O hay democracia o no la hay. Si la hay, no se precisa una segunda transición. ¿Hacia dónde? Si no la hay, lo que tenemos no es una democracia. Dudo que Zapatero acepte esta tesis, que lo convertiría en dirigente de un régimen no democrático. Por lo tanto, es absurdo propugnar una segunda transición. Absurdo o, quizá, irresponsable e insensato. Por lo demás, quienes, a pesar de todo, se empeñan en esta especie de suicidio político colectivo, deberían lograr un consenso parecido al que obtuvieron la transición (la única) y la actual Constitución. Es evidente que nada de esto es posible sin el PP. Por lo tanto, el Gobierno y sus cómplices y apoyos parlamentarios deberían abstenerse de estos experimentos de destrucción nacional. Todo parece indicar que el juego suicida al que intentan jugar gran parte de la izquierda y los nacionalismos consiste en una especie de contratransición Si ya hay democracia, la transición pretendida no puede ser un camino hacia la democracia (que ya existe) sino hacia otra meta menos confesable. Quizá no sea un ejercicio de mal pensar el atribuir a los ingenieros de esta empresa de demolición nacional el empeño de dar cima, no a la transición, ya consumada, sino a la ruptura que la razón y la historia les negaron. No buscarían así tanto una segunda transición, contradicción en los términos, cuanto la superación de lo que sienten como un viejo agravio, un antiguo anhelo insatisfecho: la ruptura pendiente.