Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 7 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Quien no quiera el plan Ibarreche que se vaya a Cái con su prima hermana, a los carnavales, a Eus- cái, que dice Antonio Burgos LA GRIPPE S JUAN MANUEL DE PRADA Las leyes de inmigración, más o menos permisivas o severas, más o menos oportunas u oportunistas, siempre serán discutibles; el derecho natural del hombre a defender su vida con uñas y dientes, empleando para ello las artimañas más desesperadas, es indiscutible y sagrado PERSONAS Y SACOS DE ESCOMBROS U N amable lector, don José Ramón Fabeiro, discrepaba en una carta que ABC publicaba ayer del artículo que hace una semana dediqué a los llamados vuelos de la vergüenza Aducía don José Ramón que no es éticamente admisible que estos inmigrantes nos mientan ocultando su lugar de procedencia Pero apelar a la ética para referirnos a personas que se hallan ofuscadas por la desesperación y en un estado de necesidad extremo suena a sarcasmo. No creo que a esos inmigrantes que cruzan el océano, hacinados en barcos como el que antes de ayer fue avistado en las costas de Tenerife, puedan reclamárseles estas delicadezas del espíritu que mi amable lector invoca; inmersos en la muy agónica situación en que se hallan, su única ética es la de la supervivencia, que no es poca cuando la vida se convierte en una lotería. Entra dentro de lo admisible, y aun de lo aconsejable, que una persona oculte taimadamente su procedencia si de lo que se trata es de salvar el pellejo o de evitar que lo devuelvan al infierno del que huye. Creo que lo que hacen estos inmigrantes es exactamente lo mismo que haríamos nosotros, puestos en el mismo brete. Digamos que aquí la ética se erige en un lujo de ricos que los inmigrantes no pueden permitirse. Añade don José Ramón Fabeiro que, puesto que estos inmigrantes han entrado en España ilegalmente, es justo que sean devueltos a sus países de origen. ¡Si todo fuera tan sencillo como eso! La policía ya ha declarado en repetidas ocasiones que carece de medios materiales para averiguar su procedencia. Bien porque los inmigrantes se atrincheran en el silencio, bien porque el erario público no provee a la policía de presupuesto suficiente para contratar traductores que inquieran y determinen el país del que son oriundos, el caso es que dichos inmigrantes se convierten de facto en apátridas. Por lo demás, cuando se estable- ce su patria, suele ocurrir que el Estado español no tiene suscritos convenios con los Estados de origen, lo que aún ahonda más el limbo jurídico en el que se hallan atrapados. ¿Qué hacer entonces? ¿Devolverlos a alta mar y dejarlos a merced del oleaje? Allá donde la ley no alcanza, se impone un criterio de simple humanidad. Los llamados vuelos de la vergüenza ante el dilema irresoluble, eligen expeditivamente el camino de en medio: puesto que la ley no permite su deportación y tampoco su regularización, se les evacua desde las islas Canarias a la Península, como quien arroja un saco de escombros a un arrabal de alegalidad. Contra esta solución, digna de un Poncio Pilatos redivivo, iba dirigido mi artículo. Desde el momento en que aceptamos que dichos inmigrantes no pueden ser expulsados, hemos de aceptar también que se les trate como personas, no como sacos de escombros. Ciertamente, este trato humano actuará como reclamo para otros apátridas, que se atreverán a imitar su odisea; pero el temor a calamidades futuras no debe de erigirse en coartada para eximirnos de una obligación moral. Quizás esos inmigrantes no puedan permitirse el lujo de actuar éticamente nosotros, en cambio, sí. Podemos lamentar las lagunas legales de nuestro Reglamento de Extranjería; podemos criticar su excesiva largueza; podemos, en fin, clamar indignados ante el desbarajuste que propiciará su aplicación. Pero descargar las culpas sobre aquellos a quienes anima un instinto de supervivencia sólo sirve para delatar nuestra impiedad, negra como el carbón. Las leyes de inmigración, más o menos permisivas o severas, más o menos oportunas u oportunistas, siempre serán discutibles; el derecho natural del hombre a defender su vida con uñas y dientes, empleando para ello las artimañas más desesperadas, es indiscutible y sagrado. I yo alcanzara el desahogo egocéntrico, centrípeto, que diría tal vez Felipe González, escribiría aquí que el Papa y yo estamos saliendo dichosamente de la grippe Y lo escribiría así, en francés, porque es una gripe muy cabrona, casi giscardiana, empecinada y rebelde. A mí me tiene molido y derrengado y me ha traído dolores severos a los tobillos, rodillas, cintura, pecho y hombros, además de las arracadas, que es lo que más me aqueja y lo que peor soporto. Por fin, me ha dejado hoy hojear los periódicos de la pasada semana, que no encontraba fuerzas ni para mirarlos y estaba atrasado de noticias, que es como decir tonto, o sea, más o menos como Javier Tusell, Dios le tenga en el limbo. En un esfuerzo heroico de celo profesional, había escuchado el discurso de Ibarreche en el Congreso, y yo creo que fue eso lo que agravó el ataque de gripe, porque un chorro de virus dañinos y traidores se extendió por el hemiciclo, ese día mucho más hemicirco que cualquier otro. Me tomé la licencia de pasar del discurso de Zapatero, que lo he leído más tarde en resumen, por más que resumir la oración lírica de Zapatero presente una dificultad semejante a la de resumir las Bucólicas de Virgilio o el Cantar de los cantares del rey Salomón, y eso en edición para niños. He visto que Fernando Savater, el converso, dice que el Proyecto Ibarreche es una hechura de la banda etarra. ¡Toma, claro! Y su aprobación en el Parlamento vasco estaba pactada entre los etarras que agitan el árbol, y los nacionalistas que recogen las nueces. Está claro que Ibarreche no habría presentado su plan al Parlamento sin haberse asegurado antes la aprobación del engendro. El rechazo de los diputados vascos habría supuesto la degollación del Proyecto y de toda la parafernalia planeada al rededor del Proyecto. El voto de los batasunos planteaba, sin embargo, un inconveniente. Los puñeteros españolistas dirían con toda seguridad que aquel era un plan aprobado por Eta La solución tuvo que salir del caletre de Atutxa, que es lo más fino del PNV dentro de lo arbóreo, ayudado por Arnaldo Otegi, lo más agudo dentro de los pistoleros. Tres batasunos votaban a favor y tres en contra, y así el brazo político de los etarras aprobaba por un lado lo mismo que rechazaba por otro. Ibarreche nos llamó celtíberos a los no nacionalistas, y debe creer que los celtíberos somos tontos de capirote, una partido de badulaques, mastuerzos y mamelucos, y que damos el mismo valor a los votos imprescindibles para aprobar un proyecto y a los que sólo sirven para ir a la papelera de las votaciones perdidas. Todo estaba previsto y planeado. Y todo les va saliendo con arreglo a los planes. Aprobación en el Parlamento vasco; rechazo en el Congreso; explotación victimista de la negativa; la mano tendida y rechazada; elecciones con carácter de plebiscito, referéndum bajo las pistolas y proclamación. Total, el País Vasco partido por gala en dos, no en pluralidad democrática sino en imposición violenta, que ha dicho Ibarreche que eso es lo que quiere la sociedad vasca. Y quien no esté de acuerdo, que se vaya a Cái con su prima hermana, hala, a los carnavales. A Eus- cái, que dice Antonio Burgos.