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ABC LUNES 7 2 2005 La Tercera VOTAR EL 20 DE FEBRERO SPAÑA arriesgó mucho en la apuesta hace casi 30 años, cuando el primer ministro de Asuntos Exteriores de la Monarquía, José María Areilza, presentó nuestra candidatura en Bruselas. La derecha y la izquierda, UCD entonces y el PSOE, pero también otros conservadores, comunistas y nacionalistas optaron por la Comunidad Europea. España acertó. La renta española se ha cuadruplicado, desde el ingreso, hace 18 años. En 1986 entramos en la Comunidad con un 72 por ciento de la renta media y hoy hemos pasado del 89 por ciento. Cada año, desde 1987, hemos recibido una inyección económica de Bruselas, entre 600.000 millones de antiguas pesetas y 1,1 billones con cargo a los fondos estructurales y al fondo de cohesión. Con esos recursos la Comunidad ha contribuido (al 50 por ciento) a construir carreteras, hospitales, escuelas, universidades... Aunque hayamos de renunciar a una parte de esos ingresos, otra parte, hoy en discusión, permanecerá hasta el año 2013. Por otro lado, ¿cómo no ayudar a húngaros, checos, polacos, lituanos, a alcanzar el nivel al que nosotros llegamos gracias a los fondos europeos? ¿Cómo olvidar el milagro de España, Irlanda, Portugal, hace 15 años países de emigrantes, transformados hoy en sociedades prósperas? No trataremos a los europeos, y en particular a los españoles, como gentes interesadas sólo por el dinero. Europa no es sólo el dinero. Pero el dinero es muchas cosas. El dinero es el pan y la mantequilla de cada día. Pero es también la investigación, la enseñanza, la sanidad, la protección de la vejez, la lucha contra la enfermedad... El dinero es el arte, el ocio, la información, la libertad. Es la defensa de la igualdad. Es la capacidad de innovar, de construir, de conservar, de inventar. Hay un dinero sucio, sí. Pero la mayor parte del dinero es, en este mundo, una formidable herramienta, capaz de mover montañas. En periódicos de todas las latitudes europeas han podido leerse comentarios sobre la condición antieuropea de cierta derecha. Algunos articulistas han escrito en Francia sobre la condición suicidaria de esa derecha, también en España. Sería torpe que una parte de la derecha española se disparara a sí misma un tiro en el pie, solo para perjudicar al Gobierno. Pensemos en lo esencial: la Constitución Europea no es un texto perfecto, se ha repetido una y otra vez. Es un documento práctico, útil, duramente debatido. No votar sería una reacción egoísta, torpe. La abstención llevaría a muchos europeístas decididos a seguir adelante con el tratado de Niza. Si la Constitución no se aprueba, ese tratado permanecerá, la maquinaria europea no se detendrá, lamerá sus heridas y seguirá adelante. Ésta sería una mala solución, para España y para Europa. Por eso llamamos a votar y a hacerlo por un gran mar- E gen. Muchos posibles votantes se preguntarán qué puede llevarles a las urnas. Si el sí está garantizado, ¿para qué votar? Por una razón: si nuestro terreno de juego va a ser Europa, debemos dar un respaldo explícito a un texto donde se resumen los deberes y derechos de los europeos, en estos cincuenta años. Se abstendrán quizá un buen número de nacionalistas catalanes, vascos, además de la izquierda dura y la extrema derecha antieuropea: en conjunto podrán sumar un porcentaje considerable. También por esa razón hay que votar y animar a votar en el referéndum del día 20. Muchos españoles, defensores de una Es- Con el apoyo de la Comunidad Europea, los españoles han cuadruplicado su renta de 1987 a 2004. Pero no se trata sólo del dinero: el 20 de febrero hay que votar por la historia de diez siglos y por los años próximos, hasta 2050 por lo menos paña no aislada- -que este es el primer significado de la España europea- lo hacen por respeto a la historia, por respeto a una conciencia radicalmente española: para que no sean inútiles las penalidades afrontadas hasta hoy, diez siglos de esfuerzos, a veces sobrehumanos, hasta llegar a la España actual. Una España que no quiere verse ignorada, zarandeada por los grandes actores económicos mundiales, China, Estados Unidos, Arabia Saudí... Porque hoy ni España, ni Alemania, ni Francia, ni Reino Unido, ni Italia serían nada en un mundo de fuerzas e intereses gigantescos. Pedir el voto para la Constitución Europea es pedirlo también para una España que fortalecerá sus instituciones en el conjunto fuerte y rico de Europa. Con una impronta española en el conjunto que permanecerá durante siglos. Si nos mantenemos unidos, los españoles, portugueses, franceses, británicos, alemanes, húngaros, griegos haremos frente a amenazas, mantendremos nuestro sistema de inventar y prosperar, defenderemos la paz, incluso con las armas. Aislados no podríamos. También por eso hay que votar el día 20. Europa ha avanzado y no poco en estos cincuenta años. Recordemos lo que ha sido el euro para los españoles y para los otros once países que hoy lo comparten. El respe- to al euro lo revaloriza, aunque su alto valor cueste caro a Europa (también aporta ventajas) Hoy tenemos un gran mercado, una moneda respetada, unas instituciones y un gran ordenamiento jurídico. Es decir, hay una base para seguir levantando el edificio europeo, complejo hasta el infinito. El texto constitucional reúne y ordena las herramientas para seguir ese rascacielos. Es una Constitución con defectos, claro que sí, pero tiene la virtud de su posibilismo: es lo que hoy se puede hacer en una Unión de 25 Estados, con distintos idiomas, diferentes modos de vida pero un propósito común, basado en el respeto y la libertad. Esos componentes distintos- -también son diversas Cádiz y Coruña- -son los que dan fuerza a las raíces de la Unión. Misteriosa fuerza, activa desde hace siglos. Una plaza de Riga, en el Báltico, tiene un aire indefectiblemente compartido con una plaza de Burgos (también de Nápoles o de Salónica) Es cierto, Europa tiene la fuerza de la diversidad: no sólo por el legado de griegos y romanos, de los monjes cristianos y los junkers prusianos. No sólo por el inmejorable siglo XVII, por los siglos siguientes... No sólo por Montaigne, Velázquez, Newton... No sólo por la revolución inglesa y la Revolución Francesa y los derechos del ciudadano y la Europa industrial... No sólo por los grandes arquitectos desde Calícrates hasta Norman Foster y su puente sobre el Tarn. Ese aire invisible pero respirable está compuesto de muchos ámbitos. Entre otros, por la pasión europea de descubrir: un componente misterioso que, desde Prometeo, lleva al europeo a investigar, a buscar el saber. No sólo la Europa del Oeste, también la Europa Central y la del Este. Bizancio fue primera potencia europea durante un milenio, entre los siglos V y XV, mientras Copérnico investigaba en Cracovia, y Brahe medía el universo con Kepler en Praga, cien años después. La búsqueda interminable parece grabada a fuego en el texto de la Constitución de Europa. Junto a la vergüenza que la crueldad provoca en nosotros. Quizá por todo convenga votar también el próximo 20 de febrero. Por los fondos estructurales, pero también por la verdadera paz, la paz de los fuertes. Por Copérnico y por Velázquez. Un gran europeo de hoy, Borislaw Geremek, cree que sin ese impulso investigador no habría en el siglo XXI esa fusión de las raíces europeas. Es la Europa que ha reaccionado, explica el pensador polaco, en primer lugar a la Alemania horrorizada ante los campos. El mundo ha conmemorado en estos días la crueldad, la maldad en estado puro que representó Auschwitz. El abrazo de Adenauer y De Gaulle en 1961 tiene un significado distinto: no tiene que ver con otros abrazos. DARÍO VALCÁRCEL