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72 Espectáculos DOMINGO 6 2 2005 ABC La Compañía Nacional de Teatro Clásico empieza su nueva andadura bajo la dirección de Eduardo Vasco con La entretenida una obra prácticamente desconocida de Miguel de Cervantes. Durante cinco meses, actores, técnicos y equipo de dirección han trabajado a destajo. Hemos estado con ellos detrás del escenario, donde se cuece el viejo y suculento guiso de nuestros clásicos Con todas las tablas del mundo TEXTO: MANUEL DE LA FUENTE FOTOS: IGNACIO GIL MADRID. Quizá usted sea uno de los valientes que se pase por el Teatro Pavón, actual escenario de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, mientras terminan las obras de La Comedia, que van a dejar este legendario coliseo más bonito que un San Luis. El pasado día 2 arrancó la nueva andadura de la Compañía, bajo la dirección de Eduardo Vasco, con una apuesta valiente y arriesgada, La entretenida una obra casi desconocida de Miguel de Cervantes, dirigida por Helena Pimenta. Pero no crean, queridos amantes del corral de comedias, que cuando ustedes tomen asiento en el patio de butacas el montaje que tendrán ante sí ha surgido de la nada o de las estanterías de un chino. Quiá. Para llegar hasta este día del estreno han sido necesarios meses de trabajo (más o menos desde septiembre) de un puñado de personas, no tantas como parece, pero a las que, desde luego, les cunde el tiempo sobremanera. Hemos recorrido los paisajes interiores de este espectáculo, hemos saboreado sus entresijos y ahora intentamos servírselos en bandeja. Bienvenidos a las tripas del teatro. po técnico es una especie de Mac Gyver capaz de resolver cualquier problema. Podemos decir que hacemos de bomberos comentan. Estamos apenas a una semana del estreno oficial. Toda la carne escénica está puesta en el asador. Helena Pimenta es la encargada de que la chicha teatral resulte sabrosa. Mientras sobre las tablas toda la compañía (bueno, no toda, un actor acaba de sufrir una caída y está en urgencias y otro tiene a su señora de parto) retoca y afina, José Luis Massó, ayudante de dirección del Clásico, nos hace de cicerone por los vericuetos del Pavón. Por un puñado de maravedíes Una bolsita con monedas ¿maravedíes, doblones? saluda nuestra entrada por la puerta de atrás. Nos adentramos en el llamado camerino de transformación (donde los actores se cambian con más prisas y estrecheces que en el probador de un Zara) antes de ascender por una demoníaca escalera de caracol (el Pavón es una especie de castillo encantado) a la diminuta sala de maquillaje donde entre cremas, peines, ungüentos varios y rulos de una Mari de toda la vida, Antonio, el peluquero, retoca el pelo (vamos que se lo deja al cero, más bien) a Emilio Buale. Una vez que los actores han sido maquillados y la directora del montaje da su visto bueno, dos maquilladoras de la compañía hacen un pequeño paquetito atado con una goma, le ponen el nombre del actor y luego él mismo se maquillará de aquí en adelante si no es un proceso especialmente complicado. Escalera de caracol arriba, escalera de caracol abajo, acabamos dando con la sastrería y lavandería. Aquí, con un decorado de bobinas de hilo de todos los colores del arcoiris (y alguno más, incluso) una máquina de coser recuer- Mac Gyver a escena Pero antes de que el trabajo artístico comience a tomar cuerpo (y alma) ha sido necesario un intensísimo trabajo del equipo técnico, siempre en la sombra. Ellos son los que contratan, los que ajustan presupuestos, los que se pelean con el Ministerio, los que buscan (y encuentran) elementos que complementan el montaje y que a veces parecen caprichos de los directores, vino para los espectadores, té de una marca determinada, flores o, sin ir más lejos, el 600 que aparece junto a estas líneas conseguido después de unas cuantas experiencias rocambolescas. El equi- Ese 600 trajo por el camino de la amargura a la dirección de producción