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ABC DOMINGO 6 2 2005 Los domingos 69 limitada por el perfil azul, allá en lo hondo, de la sierra de Salinas. Y en primer término, entre olivares grises, un paralelogramo grande, de tapias blanquecinas, salpicadas de puntos negros. Yuste se sienta, y su mirada se posa en los largos muros. Dos cuervos vuelan por encima lentamente, graznando. Por un camino que conduce a las tapias avanza una ristra de hombres enlutados. Y el cielo está radiante, limpio, azul Destacan tres hechos. Uno, el empleo repetido de voces que designan colores: azul verde verdeante amarillento blanquecino gris negro La reiteración no persigue aquí, en absoluto, los mismos objetivos que la anáfora en su empleo por los clásicos. La anáfora engendra ritmos o progresiones que se despliegan en paralelo con el texto principal, y que sirven para conferir a éste una unidad o cohesión complementarias. Por los granos cromáticos del rosario azoriniano están sueltos y como desparramados. cada flecha del carcaj opera una incursión vertical en el panorama circundante, y lo que obtenemos al recuperar el dardo y ver lo que lleva clavado en la punta es un fragmento, un añico. Los añicos, agregados, siguen componiendo un montón de añicos, no el todo musical o cuasi musical en que se funden las partes al ser pasadas por el tamiz anafórico. este modo de adjetivar contraviene los usos retóricos habituales. Consideramos, en segundo lugar, la palabra paralelogramo A primera vista, es antiliteraria. Pero cumple una función: la de recordarnos la forma del cementerio, su geometría estricta. Largo aplicado al muro, revela una misma voluntad de precisión geométrica. En tercer lugar, y más importante aún que lo que precede, el fraseo corto, sin vuelos. Un fraseo largo habría envuelto los términos que designan los colores, o los que describen las formas de los objetos, en las cadencias del español anterior, el decimonónico. En el texto de Azorín, sin embargo, cada pincelada conserva su valor, su individualidad. Hace uno un traslado de la alquimia azoriniana a la pintura y no puede por menos de pensar en Cézanne: en la recuperación por éste de los tonos locales, en el cuidado e intensidad con que está tratada cada fruta, la hoja de cada árbol, una pipa o un cuchillo aledaño a un plato. Relee uno el párrafo de Castelar, y se ve devuelto a los efectos orquestales del Barroco, a la subordinación de las partes al movimiento genérico de la luz, con sus torbellinos, sus resplandores, su exasperación allí donde un santo eleva el rostro a lo alto o fulgen entre nubes las huestes de ánteles y tronos. Azorín es moderno, Castelar no. Castelar, u otro escritor de más aliento dentro de su ramo, podrá conseguir cosas de las que no es capaz Azorín. Pero no estará en su mano tomar un trozo de tierra manchega y referírnoslo sin mudarlo en una escenografía. Por eso no será paisajis- ta. Justamente por lo contrario, lo es Azorín. Dicho esto, introduzco las cautelas que ya expuse en la introducción: hay que andarse con cuidado cuando se habla de simplificar el lenguaje, o se hace alusión a signos simples o se establece un contraste genérico entre la simplicidad y el barroquismo decimonónico. Para empezar, el concepto simple es situacional. Se es simple o complejo con arreglo a determinados criterios, y no de una manera absoluta. Para el demógrafo, los hombres son simples. Cuando dice que España está poblada por cuarenta millones de habitantes, se están contando unidades, y esas unidades son seres humanos. A la inversa, para un siquiatra un hombre no es simple: es complicadísimo. ¿Contradice el siquiatra al demógrafo? No. Sencillamente, adopta un punto de vista distinto. En segundo lugar, los signos no pueden ser simples en sentido absoluto porque operan siempre dentro de un contexto. Consideremos... las palabras. Éstas extraen su significado de las situaciones a las que se aplican. Así, diremos que saber lo que significa malo supone estar al tanto de que malo es simultáneamente atribuible a las personas que cometen actos horrendos en posesión plena de sus facultades mentales, al pescado en descomposición, y al torpemente cocinado. Pero no llamaremos malos a quienes cometen actos horrendos bajo el efecto de un trastorno síquico, o a ciertos lácteos descompuestos y pese a ello sabrosos, como el queso. El signo no se define por sí, o autárquicamente, sino en conexión con el sistema integral del lenguaje. Por lo mismo, un signo nunca podrá ser simple al modo como lo es un punto geométrico. Todos los signos, incluidos los presuntamente simples, llevan inscrita, aunque no expresa, la fórmula que rige su relación con otros signos. Y entonces lo simple cesa, después de todo, de ser simple. El razonamiento resulta obviamente extensible a las formas plásticas. Por último, existen autores archimodernos muy frondosos y prolijos. verbigracia, Proust. O Faulkner. ¿Conclusión? La noción de simple no es operativa. Es preciso averiguar nociones más capaces. En lo que sigue no hablaré de signos, simples o no, sino de signos incluidos en contextos. las simplificaciones estilísticas son con frecuencia el producto de descontextualizaciones, y con frecuencia su causa. Ahora haré sólo calas, tanteos. Exploraré un caso mucho más sencillo que el de la evolución del estilo en la literatura o el arte. Veré lo que pasa cuando un científico incorpora y sistematiza maneras de hablar que antes eran patrimonio exclusivo del hablante común o del novelista o del poeta. La maniobra rendirá sus frutos si ponemos cuidado en no llevar la analogía demasiado lejos Título: Buscando el cero. La revolución moderna en la literatura y en el arte Autor: Álvaro Delgado- Gal Editorial: Taurus Páginas: 265 Fecha de publicación: 9 de febrero