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68 Los domingos DOMINGO 6 2 2005 ABC LIBROS PREPUBLICACIÓN. Álvaro Delgado- Gal, físico y filósofo, analista del acontecer cotidiano- -especialmente político- pero no sólo, ha escrito un curioso y complejo ensayo, Buscando el cero de inminente publicación por la editorial Taurus. El autor se sirve de los recursos estéticos que arman la literatura y la pintura- -ligadas por más de un lazo oculto- -y extrae consecuencias sobre nuestras formas de pensar y de expresarnos, encarnadas, lógicamente, por los artistas y por aquellos que se han sentido tentados por alguna que otra musa. Con buenos ejemplos nos muestra lo equívoco de algunas verdades redescubiertas cada cierto tiempo Ha sido más frecuente que el artista sobresaliente renunciara al énfasis de los manifiestos vanguardistas y se pusiera a pintar o a escribir como mejor sabía esto es, lo que siempre han hecho los de su gremio, que es arrear para adelante y encomendarse a Dios s capítulos precedentes han revestido un acento predominantemente crítico. He opuesto reparos muy genéricos a las poéticas que identifican la transformación del estilo con un retorno al punto cero. En esas poéticas, la experiencia que acompaña al ejercicio o disfrute del buen arte aparece glosada en términos semejantes a los que usan algunas sectas evangélicas para describir la conversión del hombre caído a Dios. Pienso en los twice- born, o nacidos por segunda vez. El nacido por segunda vez es, de repente, otro; ha sido tocado por la gracia y ya no se reconoce en su yo anterior, el yo contaminado que ha dejado atrás lo mismo que una mariposa la coraza en que estuvo prisionera mientras fue crisálida. Este despegue vertiginoso, discutible en el plano de la sicología, es rigurosamente impugnable en la esfera de la experiencia expresiva. El poeta que cree haber nacido por segunda vez no ha nacido de hecho por segunda vez. Más bien, ha idealizado un proceso que es más largo e intrincado, y se halla sujeto a un diálogo activo- -también la negación es un diálogo- -con la tradición. En literatura, los twice- born ocupan un margen extremo dentro de un espectro más amplio. En el lado contrario encontramos a poetas o novelistas de gusto conservador, y entremedias, posiciones más o menos mixtas. En el conjunto del arte moderno, la actitud más radical corresponde sólo a unos pocos. En realidad, a muy pocos. Ha sido más frecuente que el artista sobresaliente renunciara al énfasis de los manifiestos vanguardistas y se pusiera a pintar o a escribir como mejor sabía. Se pusiera a hacer, esto es, lo que siempre han hecho los de su gremio, que es arrear para adelante y encomendarse a Dios, y luego al diablo si es que por ventura no ha respondido Dios. No se sigue de aquí, no obstante, que no haya empezado a suceder algo inédito, algo para lo que no existen precedentes claros, hacia finales del siglo XIX. Poner fechas al comienzo y fin de este desarrollo complejísimo, sería meterse en precisiones por completo innecesarias a los fines del presente ensayo. Pero es difícilmente negable que el arte se acelera y revoluciona, y que el precipitado de esta mudanza son una serie de cuadros, piezas musicales, poemas o novelas que se comprenden mejor si se tiene en cuenta lo que simultáneamente estaban proponiendo los autores de talante rompedor. Fíjémonos en algunos casos individuales. Cézanne en pintura, Joyce en Dublineses, o Darío, Azorín o Machado en las letras españolas, simplifican la dicción con una valentía que no sería exagerado calificar de sorprendente. esta simplicidad no está reñida, en modo alguno, con la maestría: todas las figuras mencionadas destacan por su manejo soberbio del oficio. Pero se comprende que el consumidor habitual de arte preimpresionista, o el educado en la lectura de la novela clásica, recibiera las producciones nuevas con estupor. En pintura, va desapareciendo el modelado y el claroscuro de la tradición barroca, y se hacen predominantes los colores planos y las formas ostensiblemente geométricas; en literatura, la sintaxis y las fugas perifrásticas que imprimían solemnidad al estilo ceden con frecuencia ante una escritura más llana, a su manera, más objetual. la literatura en lengua española nos proporciona un texto que documenta dramáticamente esta virazón. La segunda edición del Azul rubeniano va precedida de un prólogo escrito por Valera. Valera es, probablemente, el menos barroco de nuestros novelistas decimonóni- Lo Signo y contexto cos. Comparado al de Galdós, comparado al de Pereda, el español de Valera resulta notablemente lineal. Pues bien, se pasa del prólogo de Valera al texto de Darío, y se experimenta un vahído no menor que el que nos acometería si un orador sagrado, eminente en su púlpito, trocase de pronto su prosa imponente y rítmica por los modos directos, despojados, de una crónica, o de una conversación entre amigos. Pasa otro tanto cuando transitamos al noventaiocho después de haber permanecido un rato en la literatura de la Restauración. La palabra se afina, se desprende de sus volutas y ringorrangos, y avanza aguda y ligera como un esquife. Un efecto inesperado, si bien importantísimo, de esta depuración radical es la aparición del paisaje como auténtico sujeto literario. Hablar de un árbol, de una colina o de un herrenal exige que nos atengamos, en cierto modo, a lo que está ahí, impertérrito ante nuestros ojos. Y este ejercicio de concreción, que lo es también de contención, no será posible si no se recorta enérgicamente el verbo, no se frena la propensión de las palabras a expandirse y adquirir connotaciones simbólicas, religiosas o edificantes. El siglo XIX, tan tribunicio, tan didáctico, fue pródigo en incursiones de extrarradio. Veamos con qué trémolos sublimes glosa Castelar un paseo marítimo y nocturno por la costa levantina, allá a la altura de Benidorm (Ensayos literarios) el aire perfumado que nos mandaban las costas era tan suave que, sin rizar el agua, refrescaba nuestros rostros; alguna que otra vez los peces pasaban a nuestra vista, dejando una claridad parecida al poético brillar de una luciérnaga, y aquella vida que se desprendía de todo cuanto nos rodeaba y que envolvía y animaba a tantos seres y revestía tantas y tan múltiples formas, llegaba hasta confundirse en nuestra alma como una nueva y más pura y más rica savia Hay aquí dos descomedimientos, uno pueril y el otro más interesante. El pueril- -e imputable sin más al talento vacilante de Castelar- -consiste en llamar poético al brillar de las luciérnagas. ¿Por qué dice esta tontería Castelar? Pues movido del mismo reflejo, del mismo automatismo... que induce a anteponer pérfida a Albión Las luciérnagas habían dejado un rastro de luminotecnia lírica a lo largo de todo el siglo, y Castelar no sabe escribir brillo de luciérnaga sin añadir poético El segundo descomedimiento, el que podríamos denominar pánico o cosmológico, está más íntimamente adherido a la estructura del lenguaje. El caso es que el discurso arrebata literalmente a Castelar: lo impulsa hacia arriba, más allá de la brisa perfumada de la costa y de los peces fosforescentes, hasta que, dejadas estas cosas atrás, rebasado el piso terrero del paisaje en su acepción escueta, no tiene el autor más remedio que estallar en un canto extático al universo. Quiero decir, a la concordancia de los seres, al equilibrio del cosmos, y la madre que los parió. la palabra se ha puesto a revolar como un cohete con el palo quebrado, y traza vueltas caprichosas sin excusar un solo lugar común. Confrontemos esta hinchazón vanidosa con las siguientes líneas de Azorín, tomadas de La voluntad. Estamos en una tarde soleada, probablemente a comienzos de la primavera. Lugar, los términos de Yecla. Azorín y un amigo suben hasta la eminencia del Castillo. y desde ahí contemplan el campo: Al otro lado del Castillo se extiende la llanura inmensa, verdeante a trechos, a trechos amarillenta,