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ABC DOMINGO 6 2 2005 Nacional 21 ÁLVARO DELGADO- GAL ARMAS DE DOS FILOS E l martes pasado el Congreso se vistió de tiros largos. Ibarreche instó su plan a los diputados, y éstos, por mayoría abrumadora aunque con excepciones significativas, dijeron que nones. Es preciso formularse una pregunta preliminar: ¿Fue acertado admitir el plan a trámite? Existía un argumento de principio para responder negativamente: carece de sentido ponerse a discutir revisiones estatutarias que son inviables sin una reforma agravada de la Constitución. Habría resultado preferible, en consecuencia, que el documento quedara atascado en la Mesa del Congreso. En su momento me sumé a esta postura. Y en ella persisto, por ser su fundamento independiente de consideraciones de carácter táctico. Como no soy jurista, traduciré la idea de fondo a mi manera: es un error que una señorita honesta reciba a un pretendiente temerón que ha estado dando puntapiés en la puerta y entonando canciones de gusto dudoso. El encuentro pondrá en entredicho la honestidad de la señorita, por mucho que ésta afee la conducta del impertinente. Pero en fin, qué se le va a hacer. No vale la pena llorar sobre la leche derramada, así que paso sin más a los as- pectos utilitarios. Se ha sostenido que la cita congresual le ha resuelto a Ibarreche la campaña. Expresado lo mismo en términos publicitarios: a Ibarreche se le ha concedido gratis un espacio que no habría podido comprar ni aun colocando sobre la mesa todo el PIB vasco. Voces respetables, e inequívocamente antinacionalistas, sostienen lo inverso. Algunas, y ello merece ser tenido en cuenta, proceden del propio País Vasco. Carezco, lo declaro con absoluta candidez, de criterio. Ponderaré el caso, como la mayoría de los españoles, retrospectivamente, según salgan las elecciones de abril. Existen otros terrenos, sin embargo, en que mis ideas son menos vagarosas. Pensaba, y estimo que los hechos han hablado en mi favor, que el debate resultaría más lesivo para los socialistas que para la oposición. ¿Por qué? Porque era inevitable que aflorara, y adquiriese resalto, el carácter incongruente de las fuerzas que apoyan al Gobierno. Como era natural, ERC votó a favor del plan, e IU se abstuvo. Que los socios del Gobierno campen por sus respetos en un trance de máxima intensidad política e intereses enormes en juego, no es cosa bala- dí, por mucho que se quiera marear la perdiz. El debate deparó una sorpresa que no estaba prevista en el repertorio: el claro contraste tonal, y más que tonal, entre el discurso de Zapatero y la primera intervención de Rubalcaba. Rubalcaba se mostró más neto, más firme, más directo. Por momentos pareció más próximo a Rajoy que a Zapatero. La lectura más sencilla, y la que preponderó en la opinión, fue la de una tensión, una suerte de desencaje, entre el Gobierno y el partido. Los maquiavélicos malician un reparto de papeles convenido. Los inocentes se aferran a su primera impresión. Probablemente, atinen más los inocentes. Esta diferencia de registros, con ser muy interesante, no fue lo que me interesó más. Me intrigó sobremanera un hecho más sutil, más oblicuo. Explayarlo, me obliga a hablar antes del señor Puigcercós, portavoz de ERC. Puigcercós se valió del plan Ibarreche para acreditar, por elevación, la vía catalana. Celebró, por descontado, la ofensiva del lendakari. Pero insistió en recordar que en el caso catalán, al revés que en el vasco, reina una virtual unanimidad- -observación nada tranquilizadora, por cierto, para el PP de Madrid- Es esta unanimidad la que, por las trazas, legitima plenamente a los catalanes, que no irán tan lejos como Puigcercós desea pero que recorrerán un tramo de camino muy considerable. Se comprende que Puigcercós diga estas cosas. Para Puigcercós la soberanía es- pañola integra un hecho incómodo, que no puede ignorar de momento pero que no le inspira la menor devoción. Para la constitucionalistas, sin embargo, la soberanía española es un dato de partida, no sólo insoslayable sino enteramente respetable. Expresado en román paladino: un constitucionalista no podrá aceptar que la voluntad de una parte, por contundente que sea, prevalezca sobre la voluntad del todo. Renunciar a esta premisa entrañaría deslizarse hacia posiciones confederalistas, y por tanto, a salirse fuera de la Constitución. No se salió de ella Zapatero. Zapatero habló de la necesidad de contar con el beneplácito de todos los españoles. Aún así, aseveró repetidamente que el plan Ibarreche no era asumible porque, entre otras cosas, representa sólo a una parte de la sociedad vasca. Ello entraña negar el huevo a Ibarreche, pero concederle a medias el fuero. Un plan anticonstitucional, si bien respaldado por un abanico de fuerzas más capaz, habría contado acaso con un aval democrático suficiente. Esto tiene su aquél. Si todos los vascos, incluidos los populares, determinaran abandonar el Estado, resultaría muy complicado resistir el envión. Al tiempo, se subordina la defensa del orden colectivo a lo que resulte de desarrollos locales. Y se entra en sintonía parcial, aunque prematura e inquietante, con los planteamientos soberanistas de Puigcercós. La elocuencia, en fin, es un arma de dos filos: con uno se hiere, con el otro nos herimos.