Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 3 2 2005 La Tercera DIALOGADORES la vista de las cosas que están pasando y que van a pasar, se hace preciso crear, con cierta urgencia, un nuevo oficio: el del dialogador, una persona que dedique sus talentos a explicar las virtudes, las posibilidades y las dificultades del diálogo y asimismo a promoverlo, a facilitarlo e incluso a dirigirlo en situaciones críticas. El carácter español, y en general el carácter latino, tiene inmensas cualidades, pero no está entre ellas la pasión por la objetividad, ni tampoco el respeto por el aforismo jurídico romano in iudicando, criminosa est celeritas Este nuevo oficio va a tener un papel destacado en un momento histórico donde los cambios no sólo tecnológicos y científicos sino sobre todo sociológicos están incidiendo en la creciente complejidad de las comunidades humanas, lo cual impide de raíz respuestas y comportamientos intelectuales simplistas. Necesitamos gente dispuesta a pensar ex novo No debemos permitir que nos siga condicionando una inmensa cantidad de ideas obsoletas, sobrepasadas, estériles, muertas. En el terreno político el dialogador deberá partir de una serie de principios básicos muy obvios y muy conocidos que, aun así, conviene recordar de tiempo en tiempo: -La democracia es un sistema que no busca el que todos los ciudadanos estén de acuerdo, sino algo mucho más importante y decisivo: hacer posible la convivencia en desacuerdo, incluyendo el desacuerdo más profundo. Esa es la riqueza, y el gozo, de la democracia frente a los pensamientos únicos en todas sus formas. -La convivencia en desacuerdo requiere por encima de cualquier otro instrumento- -incluyendo el legal- -del debate y del diálogo largo e intenso sobre los temas que están en cuestión. Como ha dicho alguien: En la democracia hay que hablar mucho, y, si es preciso, demasiado, e incluso más -Cualquier debate y cualquier diálogo requieren, a su vez, que los participantes defiendan sus puntos de vista con la firmeza oportuna pero sabiendo escuchar, no sólo con interés y respeto formales, sino sobre todo con ánimo de entender la probable validez, total o parcial, del punto de vista ajeno, partiendo de la base de que en temas controvertidos nadie puede tener ni la razón ni la verdad absolutas. -Habrá, por ello, que enfrentarse decididamente a todas las tentaciones que están apareciendo de recuperar los viejos dogmatismos clásicos y, también, las de crear otros nuevos. Habrá que educar a la ciudadanía a vivir sin asideros dogmáticos rígidos, incluidos los religiosos, porque son los que luego originan las actitudes fundamentalistas y fanáticas. -Finalmente, deberá aceptarse que los problemas de la democracia no se corrigen nunca con menos democracia, sino justamente con más democracia. Y también que el proceso democrático es permanente. Nunca se alcanza la democracia perfecta. Con este bagaje intelectual el dialogador podría cumplir en estos momentos de la vida política española tres tareas básicas que se resumen así: La primera sería la de esforzarse en evitar una radicalización política que ya no tiene lugar ni sentido ni justificación ideológica. Es una radicalización absurda y gratuita que la actual ciudadanía no se merece. Una vez supera- A En la relación con los nacionalismos tanto el PP como el PSOE- -sería muy difícil graduar culpas- -han cometido hasta ahora casi todos los errores lógicos y alguno que otro arbitrario. Ya no es tiempo de continuar en esta línea das felizmente las utopías científicas del dogmatismo marxista, tanto conservadores como socialistas han ido renunciando con pasmosa facilidad a todos sus principios y convicciones básicas y en su enconada lucha por conquistar el centro, porque es ahí- -dicen como excusa- -donde están los votos las diferencias ideológicas se han ido reduciendo, en aras del sagrado pragmatismo, a meras cuestiones de forma y estilo, o, como máximo, a tendencias generales muy difuminadas e imprecisas. Unos y otros buscan, en definitiva, a unos ciudadanos que no quieren oír de extremismos o radicalismos y se limitan a exigir eficacia social y económica, seguridad personal y estabilidad pública. A pesar de lo anterior, la dialéctica cada vez más agresiva y vociferante entre el PP y el PSOE está empezando a ser, además de injustificable, molesta y aburrida. Sus enfrentamientos sólo satisfacen y movilizan a los sectores más fanáticos y radicales de ambos grupos. Pareciera como si hubiéramos decidido volver a todas las viejas andadas. Se están generalizando conversaciones en la sociedad española en la que predominan, de un lado, los conservadores de pensamiento corto y estático que aún se refugian en valores tradicionales radicalmente superados e incluso en misticismos o ensoñamientos autoritarios, y de otro, los socialistas que no pueden superar los convencionales tics antiamericanos y anticlericales y que se sienten representantes exclusivos del progreso, la cultura y la libertad, despreciando con arrogancia absurda cualquier otro pensamiento. Es verdaderamente insufrible participar en estos desencuentros que además se ven favorecidos y alentados por los grupos de comunicación y por la misma Iglesia Católica. El sectarismo más burdo e intolerante está impregnando nuestras relaciones sociales. La segunda tarea del dialogador consistiría en recordar a los partidos políticos en general, y en particular al PP y al PSOE, que su capacidad o su derecho para disentir, discrepar y polemizar tiene límites. Hay una serie de temas en los que el interés de la colectividad española, el interés de España, les obliga a marginar sus diferencias y a colaborar de forma responsable y leal. El tema del terrorismo y el de las pensiones son ejemplos en los que no cabe discusión y en los que el PP y el PSOE se están comportando razonablemente bien, pura y simplemente porque la ciudadanía no entendería un comportamiento distinto. Ese mismo argumento es el que les ha forzado a llegar a un acuerdo básico en política autonómica. Pero no acaban ahí sus obligaciones. Hay otros muchos temas en los que los dos partidos deben sentirse obligados- -porque lo están- -a alcanzar acuerdos. Tres ejemplos urgentes y concretos: vivienda y suelo; modelo educativo; coordenadas estables de nuestra política exterior. La tercera tarea guarda relación con la necesidad de templar primero y racionalizar después el tema de los nacionalismos. En este caso, -el debate del pasado martes lo puso de manifiesto- -el dialogador deberá intervenir con exquisito cuidado en un ambiente repleto de contradicciones, ambigüedades, complejos psicológicos de diverso rango, y, a veces, de mentiras y engaños absolutos. Ni los nacionalistas han iniciado aún- -y tendrán que hacerlo en algún momento- -su proceso autocrítico y antidogmático ni los no nacionalistas y los centralistas acaban de entender el modo inteligente de relacionarse con personas y partidos que para poder existir necesitan mantener procesos reivindicativos permanentes. La figura de un nacionalista que un día afirme públicamente que ha alcanzado todos los objetivos y que ya no tiene nada que reclamar es una figura imposible, una especie de contradicción en términos. Hay gente que opina que incluso en el supuesto de que un día alcanzaran la independencia, mantendrían, como reflejo, esta actitud reivindicativa contra su antiguo Estado. En la relación con los nacionalismos tanto el PP como el PSOE- -sería muy difícil graduar culpas- -han cometido hasta ahora casi todos los errores lógicos y alguno que otro arbitrario. Ya no es tiempo de continuar en esta línea. El acuerdo que han alcanzado es sin duda positivo, claramente positivo, pero ahora queda lo difícil: definir una estrategia inteligente en la que tendrá que tener un papel serio la sociedad civil- -es decir nuestra ciudadanía organizada en fundaciones, asociaciones y otros foros- -hasta lograr que el diálogo sea franco y sincero. Aunque todos los intervinientes en el debate del 1 de Febrero hablaron y ofrecieron diálogo en cantidades masivas, allí no se dialogó en forma alguna. Fue un triste ejercicio político que habrá que ponerse a remediar desde ya. ANTONIO GARRIGUES WALKER Jurista