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ABC MIÉRCOLES 2 2 2005 Tribuna 61 J OSÉ María González Ruiz es un cura sevillano, de padres antequeranos, sobrino del conocido por muchas generaciones como El arcipreste de Huelva que a los veintiséis años generó doce obras sociales en favor de los onubenses durante los diez años de permanencia y que después fue obispo de Málaga y de Huelva. José María se refería a él como su tío Manolo y ha referido con satisfacción que estuvo presente en su ordenación episcopal en el vientre de su madre que fue el primer bautismo que hizo el tío ya como obispo y el último que ordenó de sacerdote en el año 1939, como obispo de Palencia, en vísperas de morir. El cheuá nombre dado a José María por sus alumnos, ha sido conocido universalmente por su enseñanza bíblica y por sus reflexiones y posicionamientos ante las urgencias que en estos cincuenta últimos años han preocupado la existencia. La justicia, los pobres, la vida de la Iglesia, las estructuras, la fe, el más allá, han sido temas de sus publicaciones, de sus charlas, de sus clases que ha mantenido hasta hace unos años. Bueno, sencillo, con dosis de ingenuidad que responde al perfil de grandes personalidades, su vida puede ser contemplada desde un triple capítulo. Primero de coadjutor de La Palma del Condado, donde estuvo muy cerca de las gentes necesitadas, después Párroco de Nuestra Señora de la O, en Sevilla y más tarde canónigo lectoral de la Catedral de Málaga desde el año 1948, junto a su hermano Manuel fallecido hace unos años y que fue Doctoral de la misma Catedral. Su más importante servicio ha sido como especialista bíblico, doctor en Teología y Licenciado de Biblia, dominaba especialmente los libros de San Pablo y de A MODO DE SEMBLANZA DE DON JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ RUIZ FRANCISCO PARRILLA GÓMEZ Profesor del Seminario de Málaga San Juan. En los años cincuenta ya eran geniales sus estudios sobre temas básicos del Evangelio de San Juan y de los escritos de San Pablo de quien fue apasionado seguidor, de tal manera que su vida puede resumirse en su entusiasmo por Jesucristo y por Pablo de Tarso, especialmente las cartas a los Romanos y a los Gálatas. Exégeta de autoridad mundial, aun es citado por los actuales especialistas. Desde su dimensión intelectual, José María es conocido por sus reflexiones teológicas y por su ayuda intelectual a muchas personas que le buscaron. Libros como Teología de Antonio Machado Marxismo y Cristianismo frente al hombre de hoy El cristianismo no es un humanismo Creer es comprometerse conocieron varias ediciones. Todos mantienen la misma cualidad, pensamiento profundo pero expuesto de forma asequible que ilumina las situaciones, los anhelos, las frustraciones, el futuro a alcanzar del hombre contemporáneo y de la sociedad presente. Con estilo claro, atrayente, José María, que escribía mejor que hablaba, hizo famosas sus metáforas. Con deseo de ser entendido por la mayoría, siempre ha sugerido posiciones fronterizas que en más de una ocasión le ocasionaron ten- siones y también las provocó lo que fue causa de que sufriera e hiciera sufrir. Tuvo sus dificultades con el cardenal Herrera y, con su autorización, marchó a vivir a Madrid y su casa de la calle Galileo se convirtió en lugar de encuentro de sacerdotes, de laicos, especialmente de tendencias avanzadas que buscaban la acogida y la iluminación del sacerdote amigo, especialista en la interpretación de la Palabra de Dios y el apoyo moral en muchas ocasiones. En los años del Concilio, quien había sido alumno del Instituto Bíblico, se traslada a Roma y colabora con el IDOC, centro de reflexión de la iglesia holandesa. Su aportación fue muy válida especialmente en los temas que confluyeron a propósito de la Gaudium et Spes y del Decreto sobre Libertad Religiosa que originó tantas discusiones. Tenemos que agradecerle que ha sabido mantener el puente entre la fe y personas no creyentes. Ha hecho un esfuerzo de intentar ver las semillas de Dios en las ideologías más distintas. Se sentía muy lejano de toda postura fundamentalista, sea del color que sea. Original, ha sido fácil para la conversación y el diálogo, cordial. Cualquiera que charlaba un rato con él era valorado con generosidad. Para él, todos los que le hemos tratado, especialmente sus alumnos, estábamos llenos de cualidades. Y cuando no encontraba adjetivos decía simplemente: Es bueno, es un tío honesto O aquella otra expresión que ha mantenido hasta el final: Es creyente incluso cuando se refería a obispos. Muy sensible, se preocupaba y sufría cuando se le enfrentaban. Lo pasó muy mal el día que el gobernador civil le impuso una multa de 20.000 ptas por una homilía o cuando alguien entraba a la sacristía de la Catedral a discutirle la predicación de la Misa de 11 que durante muchos años ha presidido en Málaga. Aunque nada era obstáculo para que entregara copia de la misma, de un folio de extensión, a quien la solicitara. Le recordamos con sus muchas anécdotas, subida al Seminario en bicicleta y después en la vespa que había adquirido en Roma y que condujo hasta Málaga. Con su impermeable de plástico sobre la sotana. Libre en las formas, libre en el contenido de su enseñanza, pero siempre manifestando un amor especial a Jesucristo. Con los jesuitas Llanos y Díez Alegría, constituyó un trío de José María de distinto temperamento pero unidos en sus ilusiones, en sus esfuerzos y en su deseo de una sociedad más justa, más fraterna, que viviera la fe de forma más encarnada. El último año lo ha pasado enfermo. Al final, estos últimos días, después de solicitar la Unción de los Enfermos, ha rezado en hebreo el salmo 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado... La experiencia de la soledad que le ha abierto a la acogida del Dios de quien siempre ha hablado con pasión, con aquel convencimiento que titula uno de sus libros, Dios gratuito, pero no superfluo ACE siete u ocho años visité Auschwitz. Aún transcurridos más de cincuenta años desde la liberación del campo, seguía latente el horror que la maldad humana había sembrado en aquella tierra inhóspita y transitada por cicatrices y restos de vías muertas ya para siempre. La Tercera de este periódico escrita con tanta emoción por Enrique Múgica, traspasada por una mezcla de dolor y de añoranza, me llevó a evocar aquel día de primavera, gris, sin embargo, en que crucé aquella verja en cuyo umbral se prometía, qué sarcasmo, la libertad por el trabajo. Volvió a apretarme el pecho la misma sensación de angustia y desconsuelo con la que me adentré entre la hilera de barracones que unían a su decrepitud un halo de tristeza sin nombre, una tristeza que comprendía todas las tristezas del mundo. Nada me ha producido una catarsis tan profunda y tan prolongada como la contemplación de aquellos testimonios: cabello humano, gafas, dentaduras postizas, zapatos de mujer y de hombre y, sobre todo, zapatitos de bebé, unas botitas azul celeste que se me clavaron como dardos y que aún me hacen llorar; testimonios que gritan tan dolorida y dolorosamente que quien no los oiga es que padece sordera del alma. Acudían en tropel a mi imaginación las terribles revelacio- H AUSCHWITZ ANA ROSA CARAZO Catedrática de Lengua y Literatura Españolas nes de Primo Levi y casi veía su espíritu atormentado, tras su suicidio, vagando por aquel inmenso cementerio en el que yacían no sólo los hundidos sino al que volvían inexorablemente los salvados, con la memoria o tras su autodestrucción. Durante las tres o cuatro horas que permanecí en Auschwitz sumida en la más intensa e incoercible de las congojas, recordé, como en una suerte de contrapunto involuntario, mi propia vida entre los años 42 y 45, y no pude evitar un cierto sonrojo interior. En aquellos años, tan lejanos ya, yo estudiaba bachillerato en un internado, casi totalmente ajena a lo que estaba sucediendo en Europa. Sabía, sí, que tras la desdicha de nuestra guerra civil, otra guerra había estallado y que Alemania, gobernada por alguien que se llamaba Adolfo Hitler, la iba ganando. Oía a las monjas hablar con admiración de ese personaje extraordinario, y sólo una de ellas, cuyo recuerdo atesoro, fruncía el ceño y auguraba clarividente que ese señor perdería la guerra y nos dejaba entrever que algo muy malo, algo innombrable, estaba ocurriendo en Alemania. Supongo que algún contacto con el mundo tendría aquella religiosa de clarísima visión política porque jamás vi periódicos ni radios en el internado, (con ella he mantenido una constante relación epistolar hasta el fin de sus días) Pero aquella edad nuestra, entre los catorce y los diecisiete, nos tenía tan perplejas y aturdidas ante nuestros propios cambios físicos, nuestros primeros enamoramientos, nuestras dudas y escrúpulos religiosos, nuestra facilidad para la risa y para el olvido, que no nos deteníamos demasiado a inquirir lo que ocurría fuera de nuestro reducido mundo adolescente. Así, como en un limbo de inconsciente indiferencia hacia cualquier cosa que no fuera nuestra felicidad o nuestros pequeños problemas, ajenas al dolor y a la tragedia de tantos seres humanos, transcurrieron aquellos años que, con la rapidez de una película, pasaron por mi mente mientras confirmaba la realidad de Auschwitz, mientras comprobaba que aquellas fotografías de hombres y mujeres con nombres y apellidos habían estado y muerto allí, en aquella tierra que yo estaba pisando, en aquellos barracones inmundos y decrépitos, que habían respirado aquel aire y mirado con desesperación aquel cielo sordo y mudo, y no podía dejar de sentir remordimiento retrospectivo por mi ignorancia de aquel tiempo, por mi alegre despreocupación mientras Europa se hacía pedazos y los hombres morían de forma tan ignominiosa como inicua. Después supe, ya en la Universidad. Y supe mucho más a partir de los sesenta y tantos, cuando empezó a revelarse la verdad oculta tanto tiempo, cuando se comprobó que había sido más terrible, más monstruoso, más inhumano de lo que se hubiera podido imaginar. Hoy, veintisiete de enero de 2005, quiero dedicar este mínimo recordatorio a mis hermanos, los olvidados, los hundidos y también los supervivientes. Y pedirles perdón por no haber estado a su lado, al menos con el conocimiento, con la conmiseración, con la vergüenza y con la memoria, en aquella tribulación, en aquel dolor, en aquella horrible situación que le hizo exclamar a Primo Levi: Si esto es un hombre...