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56 Tribuna MARTES 1 2 2005 ABC L A autonomía universitaria, tan invocada en declaraciones altisonantes y puesta una y otra vez de moda, es un mito, tal como he intentado demostrar en un reciente libro El mito de la autonomía universitaria Civitas, 2004) No ha existido a lo largo de la Historia porque la Universidad empezó dependiendo de la Iglesia para pasar luego a hacerlo de los príncipes y de los señores feudales, ocupando al cabo el Estado el lugar de una y de otros. La Ilustración y, sobre todo, el liberalismo del siglo XIX la convirtió sin más en dependencia de un Ministerio. Incluso en el país que suele ser referencia, Prusia y después los demás Estados alemanes, la autonomía no fue la preocupación de Humboldt, más bien desconfiado ante lo que podían perpetrar los claustros de profesores. Sí fue, en cambio, bandera revolucionaria la defensa de las libertades, de cátedra, de investigación, de enseñanza etc, lo que se vio muy claro en las jornadas de 1848. En Francia el debate se centró siempre, no en la autonomía, sino en el carácter laico de la enseñanza, piedra de toque de confrontación entre posiciones políticas. El caso español es más claro aún pues, si nos fijamos en los krausistas, Giner de los Ríos y otros autores, advertiremos que reivindicaron, como los alemanes, la libertad de cátedra- -oprimida por la Iglesia- -así como la libertad de enseñanza pues pretendían crear centros privados- -lo que fue, por ejemplo, la Institución libre- De la autonomía propiamente dicha hay en la obra amplia de Giner referencias bastante vagas e inconcretas. Por estas razones, cuando Fernando de los Ríos presentó su proyecto de ley sobre las Universidades en 1933 y pronunció el discurso correspondiente ante el Parlamento, ni en uno ni en otro se encuentra rastro alguno de la reivindicación autonómica. Un libro canónico- -aún EL MITO DE LA AUTONOMÍA UNIVERSITARIA FRANCISCO SOSA WAGNER Catedrático y escritor Procede en esta hora actuar con cierta valentía, alejados de las ensoñaciones del consenso, válido solo para el exigible entre las fuerzas políticas hoy- -como es el de Ortega, Misión de la Universidad, que es de 1930, ni la menciona. Para que la autonomía sea cortejada por plumas honrosas y pase a incorporarse a las pulsaciones de una sociedad deseosa de despertar hay que esperar algunos decenios. En efecto, cuando se recuperan las libertades tras la muerte de Franco el vocablo vuelve a aparecer con unas resonancias enormes. Autonomía política para resolver problemas enquistados de la historia de España y ¿por qué no? para resolver también los específicos universitarios. Es significativa a este respecto la opinión de Laín Entralgo: cada Universidad oficial debe ser autónoma, tanto en lo tocante a su administración como en lo relativo a sus planes de estudio y a la composición de sus cuadros docentes Por eso, en la Constitución aparece la autonomía universitaria (art. 27. 10) que luego el Tribunal Constitucional convertiría nada menos que en un derecho fundamental. Ahora bien, al mirar con un poco de detalle los aspectos en los que se concreta (selección de profesorado, elaboración de Estatutos, aprobación de planes) se advierte que el legislador es, con toda la razón, enormemente receloso con la idea autonómica. Porque cuando se estudia el concreto régimen jurídico de cada uno de los elementos reseñados, se comprueba cómo enfatizar todo ello con el nombre de autonomía y hacer de ella un altisonante valor constitucional es una exageración, en el mejor de los casos una hipérbole entretenida para pasar el rato. Sin contar- -lo que ya es la guinda- -con la absoluta dependencia financiera de la institución universitaria. Como colmo del despropósito, se han considerado autónomas tanto las Universidades que encierran en sus venerables muros siglos y siglos de existencia como las creadas antes de ayer por medio de la aprobación de una ley. Este extravagante modo de proceder ha acercado a la autonomía universitaria a lo que, en el ámbito teológico, se denomina la gracia, un don de la infinita bondad del legislador ordenado al logro de la bienaventuranza, sin méritos ni proporción por parte del así agraciado Lo malo, y esto queda subrayado en mi libro, es que siendo como es una idea vacua, ha hecho daño porque se ha convertido en la maleta de doble fondo que ha permitido meter de matute en la vida universitaria mucha mercancía de contrabando y la mayor parte de ella averiada. Hoy la autonomía universitaria, incorporada con la mejor intención por los padres de la Constitución, no existe más que en la forma de un singular e inconveniente corporativismo. En su nombre se ha generado además una gran dosis de endogamia, lo que, unido a una errática concepción de la democracia, lleva a la apropiación de la institución por personas amuralladas en un cómodo universo fuertemente gremializado. A mi juicio, lo importante, en el esfuerzo de renovación al que ha de someterse inevitablemente una institución anticuada y desvencijada, es preservar el ejercicio, por los individuos concretos, de sus libertades básicas, de investigación, de cátedra, de expresión, expuestas hoy a riesgos que nacen en el entorno económico y social que sostiene a la Universidad, fuerzas difusas pero ligadas claramente a las productivas que financian la sustancia de su primordial faceta investigadora. Este es el núcleo del asunto, lo que en verdad vale la pena defender, y no la pretendida posición institucional autónoma de una organización sostenida básicamente con fondos de los contribuyentes que se ha de limitar a gestionar un servicio público. Hoy la Universidad no es autónoma pero tampoco es un servicio público. Procede en esta hora actuar con cierta valentía, alejados de las ensoñaciones del consenso, válido solo para el exigible entre las fuerzas políticas parlamentarias, pero que jamás debería ser trasladado a la gestión interna de los centros universitarios. Porque, si al principio de nuestra transición hacia la democracia, nos quedamos arrullados soñando con una Universidad autónoma y democrática, lo cierto es que, al despertarnos, hemos advertido que lo que tenemos entre las manos es un artefacto más bien gremial y bastante lugareño. NA carta- -prematura, entonces- -que vuelvo a rescribir esta tarde de diciembre. Aun a riesgo de estirar los tiempos para encontrar la palabra precisa- -la mirada constante, la sonrisa perfecta- -en este juego de combinaciones probables e improbables. En este vaivén de las respuestas a destiempo. Quiero terminar de escribir lo que empezara en La Habana. Estoy caminando por el Malecón. Junto a la casa de las Cariátides. Busco, como tantas veces, un punto de apoyo que me sirva para mover la realidad de las cosas. Para cambiar al antojo esa realidad hasta que alcance a confundirse con la ficción. Enfrente, horizontal y ancho- -azul- el mismo mar que sirviera a Carlos Murciano para preguntarse cuántas cosas ha sido este mar para sus poetas. Del mar de Cádiz y de los poetas gaditanos digo tan solo Leo, ahora que regreso tierra adentro, lo que Carlos Murciano enviara para el primer número de Marca de Agua Vuelvo al mar de Cádiz, al mar mío. Mar de invierno, con el frío en la entraña: pero azuleando, terso; olean- U LA CIUDAD LEJANA HERMENEGILDO ALTOZANO Escritor Ha anochecido, también, en La Habana. El cañonazo de las nueve, desde La Cabaña, avisa que es la hora de retirarse do, manso. Mar con un horizonte difuso, casi metálico. Mar en la serenidad del mediodía El mar de Cádiz y el mar de La Habana vueltos un mismo mar porque le vienen en gana a la nostalgia y a la escritura. Y es ahora, cuando estoy en La Habana, que pienso en el mar de Cádiz. Cádiz. La Puerta de Tierra. El Parque Genovés. El Teatro Falla. Los carnavales. El puente Ramón de Carranza Los astilleros de Matagorda. Puerto Real. El vapor del Puerto. Las arro- pías. La Semana Santa. Valdelagrana. Cádiz, lejana. Rota, lejana. Un faro en cada una de las ciudades. Como límite de luz de la bahía. Ha anochecido. No queda nadie en la playa. Sólo las huellas, que sucumbirán a los embates de la marea alta. Sólo el recuerdo de las huellas. De que caminamos abrazados junto a la orilla. Y las sirenas de los barcos que salen del Puerto. Y las cañas de pescar clavadas en la tripa de la mar en calma. Y las ganas de regresar, que me arañan por dentro. Ha anochecido, también, en La Habana. El cañonazo de las nueve, desde La Cabaña, avisa que es la hora de retirarse. La música y el olor al aceite de palma nos llegan con la hora del regreso: Desde que te vi esta segunda vez y todo lo que vino después tengo un cosquilleo por dentro, como si fuera un adolescente Que nada más pienso en ese rato, en nuestra conversación en los besos y en lo que eres. Nada, que la vida te sorprende con cada cosa. Que es muy rico sentirse vivo Sé que voy a necesitar muchos días para comprender por qué sobreviene el deseo de las ciudades que han sido. Por qué duele tanto que las imágenes vivas, las imágenes desvaídas, se marchen a ninguna parte sin haber podido pactar, siquiera, una tregua breve con la desmemoria. Sé que voy a tener que pedirte prestado un trozo de recuerdo para poder caminar una mañana de invierno por la Playa de La Victoria. Quiero asomarme otra vez al Malecón, al mar de Cádiz, para reclamar que me dejes regresar contigo a las calles de la Habana cuando el cañonazo de las nueve nos advierta de que las puertas de la ciudad van a cerrarse. Aunque llegue a ser cierto que terminan por derramarse más lágrimas por las plegarias atendidas. Y aun a riesgo de que me niegues tu literatura por no haber sabido querer hablarte antes de las ciudades lejanas. De la ciudad que nos une.