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54 Sociedad DOMINGO 30 1 2005 ABC El Bocuse d Or, concurso de cocineros celebrado esta semana en Lyon, demuestra que en Francia, en muchas ocasiones, el espectáculo y el dinero están por encima de la calidad de la cocina La Eurovisión de los cocineros TEXTO: CARLOS MARIBONA LYON. El Bocuse d Or, la competición culinaria que los franceses, siempre chauvinistas, consideran el campeonato del mundo de cocineros, es a la cocina lo que el festival de Eurovisión es a la música. Un auténtico show en el que prima el espectáculo sobre la calidad y en el que los intereses nacionales y comerciales se imponen a cualquier otra circunstancia. El martes y el miércoles de esta semana, Lyon, la ciudad donde tiene su restaurante el mítico cocinero Paul Bocuse, que da nombre al premio, ha sido escenario de la décima edición de este concurso tan falto de interés en su resultado como impresionante en su forma. Veinticuatro cocineros representando a otros tantos países preparan sus platos en directo, en unos pequeños boxes situados en el escenario, mientras sus seguidores, ondeando banderas nacionales y haciendo sonar bocinas, cencerros y otros instrumentos ruidosos, les jalean y animan desde las gradas en un espectáculo más propio de un acontecimiento deportivo que de un ejercicio serio de cocina. Cocinar necesita concentración y silencio, algo imposible en el salón de la Eurexpo lionesa donde se celebra la final. Cada vez que un concursante acaba su plato, en medio de un enorme estruendo, la bandeja debe pasar por delante de los veinticuatro cocineros, todos amigos de Bocuse, que forman el jurado internacional, uno por país participante. En el caso de España, Juan Mari Arzak. La bandeja sigue luego su recorrido: primero a un estudio fotográfico para inmortalizar la composición; luego, por delante de la larga hilera de fotógrafos y cámaras que asisten Que los representantes de los cinco países nórdicos se clasifiquen entre los siete primeros dice mucho de los criterios que rigen en este campeonato al evento; finalmente, un equipo de camareros emplata para que los miembros del jurado lo prueben y lo valoren. Para entonces han pasado más de quince minutos, tiempo suficiente para que su sabor no se parezca en nada a lo que el cocinero había creado. Todos pagan Cada concursante tiene que preparar dos platos, uno de carne y otro de pescado, con productos previamente elegidos por la organización. Este año, rape de Islandia y ternera de Dinamarca. Ambos países pagan una fortuna para estar presentes en este espectáculo con evidente influencia publicitaria. Porque en el Bocuse todos pagan: el Ayuntamiento de Lyon aporta cincuenta millones de las antiguas pesetas por la repercusión que el acontecimiento tiene para la ciudad; los concursantes, dos millones cada uno por el privilegio de estar presentes; los patrocinadores, desde aguas minerales hasta conocidas marcas de foie- gras, también contribuyen generosamente. El jurado, que este año estaba presidido por Michel Bras, uno de los grandes chefs de Francia, proclamó casualmente vencedor al representante fran- cés. No importó que su carne estuviera pasada de cocción. Había que demostrar al mundo que la cocina francesa, pese al criterio de muchos, sigue siendo la mejor. Pero lo peor no fue este resultado cantado, sino que los siguientes países clasificados (Noruega, segunda; Dinamarca, tercera; Finlandia, Suecia e Islandia) sean todos nórdicos, como se sabe grandes potencias mundiales en gastronomía. Quien haya viajado por allí habrá comprobado que en algunos hay poco más que carne de reno y arenques. Tal vez tengan algo que ver los patrocinadores de este año y de años anteriores (Islandia, Dinamarca, Noruega... Pura casualidad. Las verdaderas potencias gastronómicas, las que pueden hacer sombra a Francia, quedaron fuera. Ni Italia, ni Japón, ni China... ni España. Nuestro representante, Mario Sandoval, fue castigado con el penúltimo puesto, por delante de Suráfrica. África, para los franceses, empieza en los Pirineos. La sensación final es que se trata de un concurso en el que no cuenta la calidad de la cocina ni de los cocineros. Lo que importa es el dinero y la política, siempre al servicio de la grandeza de Francia. Un concurso tan anticuado y caduco como las salsas repletas de nata estancadas en los años sesenta que siguen embadurnando la mayoría de los platos que se sirven en el mítico restaurante lionés de Paul Bocuse. Un lugar que, como hemos podido comprobar estos días, está en declive. Ni por su servicio de sala- -puro desastre, puro desconcierto- ni por la calidad de su cocina merece seguir siendo considerado como un templo de la gastronomía mundial. Huevo de rape de Mario Sandoval Mario Sandoval, un esfuerzo inútil Entre los veinticuatro finalistas de esta edición del Bocuse d Or se encontraba Mario Sandoval, del restaurante Coque, situado en la localidad madrileña de Humanes. Sandoval acudía con el mayor apoyo material que jamás ha tenido un cocinero español en este concurso. La prensa francesa aseguraba en los días previos a la final que el FROM, organismo dependiente del Ministerio de Agricultura que ha financiado al candidato español, había invertido un millón de euros para apoyarle. Lo cierto es que no le faltó de nada, ni siquiera el ánimo de un numeroso grupo de seguidores que se hicieron notar en la grada: familiares, vecinos de Humanes con su alcalde al frente; altos cargos del FROM; directivos de la Asociación Madrileña de Empresas de Restauración (AMER) incluido su presidente, José Ramón Gumuzio; y cocineros como Pedro Larumbe, Alberto Chicote o Carlos Posadas. Sandoval realizó una presentación espectacular, inspirada en obras de Dalí: un enorme huevo de cristal para el rape con vieira y coral de centollo; una bandeja basada en el reloj daliniano para la ternera con parfait de su riñón y milhoja de atún rojo. A pesar del optimismo previo de la delegación española y de que la prensa francesa lo consideraba uno de los favoritos, el madrileño quedó en penúltimo lugar. Una gran decepción que no se corresponde con el enorme esfuerzo realizado en los últimos meses por Sandoval y su equipo. Quizá influyó una excesiva sofisticación en la presentación o quizá la complejidad de los platos (el de ternera llevaba hasta 52 ingredientes distintos) alejadas de las tendencias culinarias actuales. Quizá también los celos por el buen momento de nuestra cocina. En cualquier caso, la clasificación es un castigo excesivo para un buen cocinero como es el de Humanes. Por cierto que, a diferencia de los demás jurados, Arzak no le dio la mayor puntuación a su compatriota. Los cocineros que forman parte del jurado internacional observan el plato de uno de los participantes AP