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32 Internacional DOMINGO 30 1 2005 ABC ELECCIONES EN IRAK UNA ESTRATEGIA PARA LA RETIRADA AMERICANA HENRY A. KISSINGER. Presidente de Kissinger Associates y ex secretario de Estado GEORGE P. SHULTZ. Miembro Distinguido de la Institución Hoover (Univ. de Stanford) l debate sobre Irak está dando un nuevo giro. Las elecciones previstas para hoy, vistas como una culminación, se describen como la inauguración de una guerra civil. La fecha y las disposiciones para votar se han vuelto controvertidas. Todo ello es una forma de anunciar una petición de una estrategia de salida, con la que muchos detractores insinúan un plazo límite explícito para la campaña de EE. UU. Rechazamos ese consejo. Las implicaciones del término estrategia de salida deben entenderse con claridad; no debe haber rodeos sobre las consecuencias. El requisito previo para una estrategia de retirada aceptable es un resultado sostenible, no un límite de tiempo arbitrario, puesto que el resultado en Irak determinará la próxima década de política exterior estadounidense. Una debacle desencadenará el comienzo de una serie de convulsiones en la región, mientras radicales y fundamentalistas buscan el dominio con el viento aparentemente a su favor. Allí donde haya poblaciones musulmanas importantes, se envalentonarán los elementos radicales. Cuando el resto del mundo asimile esta realidad, su sentido de la orientación se verá afectado por la demostración de la confusión estadounidense en Irak. Una retirada precipitada provocará, casi con total seguridad, una guerra civil que haría palidecer a la de Yugoslavia, y se agravará cuando los vecinos intensifiquen su implicación actual en una intervención de envergadura. Unos resultados deseables no se obtienen sólo evitando las consecuencias del fracaso. Requieren una estrategia factible: la aplicación de recursos a un objetivo viable. Con las elecciones, los problemas en Irak se tornan cada vez más políticos. Nos debemos a nosotros mismos aclarar qué resultado es compatible con nuestros valores y la seguridad global. Y le debemos a los iraquíes un resultado que aumente su capacidad para determinar su futuro. La parte mecánica del éxito es relativamente fácil de definir. Es la instauración de un gobierno que su pueblo considere lo bastante legítimo como para permitir el reclutamiento de un ejército capaz y dispuesto a defender sus instituciones. Ese objetivo no puede verse acelerado por un plazo arbitrario que, por encima de todo, probablemente confundirá a aliados y adversarios. Las campañas política y militar no pueden diferenciarse. Entrenar a un ejército en un vacío político ha demostrado ser insuficiente. Si no podemos desempeñar las tareas políticas y militares a la vez, seremos incapaces de realizar cualquiera de las dos. ¿Pero cómo es ese gobierno? Los optimistas postulan que puede crearse toda una serie de instituciones democráticas occidentales en un lapso de tiempo que el proceso político estadounidense apoyará. Puede que la realidad decepcione esas expectativas. Irak es una sociedad E dividida por siglos de conflictos religiosos y étnicos con escasa o ninguna experiencia en instituciones representativas. El desafío es definir objetivos políticos que, incluso no estando a la altura del objetivo máximo, representen un progreso significativo y consigan el apoyo de los diversos grupos étnicos. Estas elecciones deben interpretarse como la primera fase de una evolución de la ocupación militar a la legitimidad política. Los optimistas también aducen que, dado que los chiíes suponen un 60 por ciento de la población y los kurdos otro 15 o 20 por ciento, y ya que ninguno desea la dominación suní, existe una mayoría democrática casi de forma automática. En vista de ello, los líderes chiíes iraquíes han llegado a apreciar los beneficios de la democratización y del Estado laico, al ser testigos de las consecuencias de su ausencia durante la teocracia chií de Irán. Una sociedad plural dirigida por los chiíes sería, en efecto, un resultado afortunado. Si un proceso democrático ha de unificar Irak pacíficamente, buena parte de ello dependerá de cómo defina la mayoría chií el gobierno mayoritario. Hasta el momento, los sutiles líderes chiíes se han esmerado en no aclarar sus objetivos. Han insistido en unas elecciones anticipadas. De hecho, la fecha del 30 de enero fue fijada sobre la base de un ultimátum del líder chií, el ayatolá Ali al- Sistani. Los chiíes también han insistido en listas de candidatos nacionales, que juegan contra las instituciones políticas federales y regionales. Una aplicación absolutista del gobierno dificultaría lograr la legitimidad política. La democracia occidental se desarrolló en sociedades homogéneas; las minorías consideraban aceptable el gobierno mayoritario porque tenían una perspectiva de convertirse en mayorías, y las mayorías eran moderadas en el ejercicio de su poder por su condición temporal y por las garantías de la minoría, impuestas judicialmente. Dicha ecuación no funciona cuando la condición de minoría es instaurada permanentemente por la afiliación religiosa y agravada por las diferencias étnicas y décadas de brutal dictadura. El gobierno mayoritario en tales circunstancias se percibe como una versión alternativa de la opresión de los débiles por parte de los poderosos. El federalismo mitiga el ámbito de la posible Un soldado americano patrulla Mosul AP El requisito para una retirada aceptable es un resultado sostenible, no un límite de tiempo arbitrario, porque determinará la próxima década de política exterior estadounidense arbitrariedad de la mayoría. La reacción a la brutalidad de los suníes y la relativa tranquilidad chií no debe tentarnos a identificar la legitimidad iraquí con un gobierno chií sin barreras. La Asamblea Constituyente que se origine en las elecciones será soberana hasta cierto punto. Pero la influencia continua de Estados Unidos debería centrarse en cuatro objetivos: I) impedir que cualquier grupo utilice el proceso político para instaurar la clase de dominación antes disfrutada por los suníes; II) evitar que cualquier región se convierta en refugio para terroristas al estilo talibán; III) impedir que el gobierno chií se convierta en una teocracia, iraní o indígena; IV) dejar margen para la autonomía regional dentro de la nación iraquí. Estados Unidos tiene mucho interés en mantener un diálogo con todos los partidos para propiciar un gobierno laico de representantes nacionalistas y regionales. El resultado de una Constitución debería ser una federación, con énfasis en la autonomía regional. Debería hacerse entender a cualquier grupo que lleve sus exigencias más allá de esos límites las consecuencias de una división del Estado, incluyendo: el Sur, dominado por los iraníes; el centro dominado por suníes islamistas de Sadam; una invasión de la región kurda por parte de sus vecinos. Una política estadounidense calibrada aspiraría a separar a ese sector de la comunidad suní ansioso por llevar una vida normal del sector que está luchando por retomar el control. EE. UU. necesita crear un ejército que, en condiciones de insurrección suní, estará integrado cada vez más por reclutas chiíes, creando una situación inviable para los insurrectos. Pero no debería cruzar la línea y sustituir la dictadura suní por una teocracia chií. Es una línea delgada, pero el éxito de la política iraquí podría depender de la habilidad para recorrerla. La legitimidad de las instituciones dependerá en gran medida de la aceptación internacional del nuevo gobierno. Debería formarse un grupo internacional de contacto para la reconstrucción política y económica de Irak. Dicha medida sería un gesto de liderazgo seguro, particularmente porque la seguridad y las contribuciones económicas de EE. UU. seguirán siendo capitales. Nuestros aliados no deben avergonzarse a sí mismos ni a la alianza tradicional guardando las distancias incluso con un proceso político que, independientemente de cuál sea su visión de la historia reciente, afectará a su futuro incluso más que al nuestro. Los objetivos políticos deseados seguirán siendo teóricos hasta que se instaure la seguridad en Irak. En un ambiente de asesinatos políticos, muertes sistemáticas y bandidaje, ningún gobierno será capaz de mantener la confianza de los ciudadanos durante mucho tiempo. La preparación, equipamiento y motivación de las fuerzas armadas son condiciones previas a todo lo demás. Por muy entrenado y equipado que esté, ese ejército sólo luchará por un gobierno en el que confíe. Las guerrillas vencen si no son derrotadas. Y en Irak, las guerrillas no están siendo derrotadas, al menos en la región suní. Una buena estrategia debe responder a estas preguntas: ¿Estamos librando una guerra en la que las campañas militar y política se refuerzan mutuamente? ¿Las instituciones están controlando estas tareas de forma coordinada? ¿Estamos luchando por alcanzar una seguridad total en las grandes vías de comunicación, de acuerdo con la máxima de que la seguridad total en un 70 por ciento del país es mejor que un 70 por ciento de la seguridad en un cien por cien del país, porque unas zonas seguras pueden ser modelos para los que sufren en lugares inseguros? ¿Estamos eliminando los santuarios de Siria e Irán desde los que el enemigo puede recibir instrucción, suministros y refugio? ¿Diseñamos una política que pueda generar resultados para el pueblo y prevenir la lucha civil por el control del Estado y de los ingresos del petróleo? ¿Mantenemos el respaldo de los estadounidenses de modo que las escaladas de violencia extrema no minen la confianza de la opinión pública en un momento en que el enemigo puede estar al borde del fracaso? ¿Estamos ganando la comprensión internacional y su voluntad de desempeñar un papel constructivo frente a esta amenaza global para la seguridad? Una estrategia de salida basada en resultados, no en plazos artificiales, juzgará el progreso por la capacidad de generar respuestas positivas a estas preguntas. En el futuro, una parte importante de las actividades contra la insurrección deberá ser acometida por EE. UU. Un cambio prematuro de las operaciones de combate a misiones de entrenamiento podría crear un vacío que permita a la insurrección recuperar su potencial. A medida que las fuerzas iraquíes aumenten en capacidad, y a medida que la construcción política avance tras las elecciones, surgirá una estrategia de retirada realista. No existe fórmula mágica para una salida rápida no catastrófica. Pero ahora cabe la posibilidad de un resultado que supondrá un importante paso en la guerra contra el terrorismo, en la transformación de Oriente Próximo, y hacia un orden más pacífico y democrático. (C) 2005 Tribune Media Services, Inc.