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ABC SÁBADO 29 1 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Felipe González ha advertido a Zapatero que está muy bien descentrar España, pero que es muy peligroso centrifugarla LA OREJA DE FELIPE F JUAN MANUEL DE PRADA Ante la plétora de inmigrantes que llegan a las costas canarias y la imposibilidad de deportarlos a sus países de origen se fletan aviones que descargan a estos inmigrantes como si fuesen sacos de escombros en ciudades elegidas al albur LOS VUELOS DE LA VERGÜENZA L lector de ABC ya cuenta con sobrada información sobre los vuelos de la vergüenza fletados desde Canarias. Oficializados por el anterior Gobierno, para escándalo farisaico de quienes entonces se alineaban en la facción opositora, estos traslados, lejos de remitir bajo el mandato socialista, parecen haberse intensificado. Así queda, una vez más, demostrada la mezquindad sobre la que se sostiene el cambalache político: resulta paradójico que un Gobierno obsesionado con rectificar o demoler la herencia recibida de su antecesor en la poltrona no se haya preocupado de arbitrar soluciones menos ignominiosas para un fenómeno que demanda, antes que una determinada adscripción ideológica, un elemental sentido de la dignidad humana. Pero quizá la razón de este paradójico continuismo debamos buscarla en la intrínseca maldad de una acción política que mide sus metas por un criterio de visibilidad y ostentación mediática. Conforme a este criterio, los vuelos de la vergüenza podían prolongarse sine die, mientras permanecieran en ese limbo de penumbra casi clandestina en el que tirios y troyanos habían decidido confinarlos. La trapacería que rige estos traslados encoge el ánimo. Ante la plétora de inmigrantes que llegan a las costas canarias y la imposibilidad de deportarlos a sus países de origen (bien porque no existen convenios de extradición con dichos países; bien porque la Policía, a falta de medios materiales, no puede averiguar la procedencia de los recién llegados) se fletan aviones que descargan a estos inmigrantes como si fuesen sacos de escombros en ciudades elegidas al albur, o quizá por su condición de escombreras regidas por el adversario político (entre los destinos más asiduos se cuentan Madrid, Murcia o Valencia, no en cambio Barcelona, Bilbao o Zaragoza) Muchos de estos sacos de escombros ni siquiera son mayores de edad, otros padecen graves E enfermedades contagiosas que nadie se ha preocupado de diagnosticar; llegados a la escombrera de destino, se les abandona a su suerte, sin otro viático que unas cuentas direcciones de establecimientos de caridad. Naturalmente, los sacos de escombros acaban hacinados en vertederos de marginación, delincuencia y mendicidad. He utilizado la expresión sacos de escombros para designar el estatuto asignado a los inmigrantes, a quienes se les despoja de su condición humana para convertirlos en inquilinos de un arrabal de alegalidad. No basta con ofrecer regularización a los inmigrantes que presenten contratos de trabajo; es necesario promover el acceso de estos inmigrantes a un contrato de trabajo en condiciones de mínimo decoro. Transigiríamos con estos traslados si las diversas Administraciones públicas hubiesen puesto a disposición de los establecimientos de caridad y servicios sociales una red de viviendas que brindaran alojamiento temporal a los inmigrantes, en tanto se resuelve definitivamente su situación. Podríamos aceptar dichos traslados si estuviesen precedidos por planes de integración que facilitasen a los inmigrantes atención médica en la ciudad de destino, talleres en los que pudieran desarrollar sus destrezas, cursos en los que aprendiesen los rudimentos de nuestro idioma. Mientras no se instrumenten estas medidas, habremos de entender que estos vuelos de la vergüenza son la fétida trastienda de ciertos pronunciamientos retóricos que funden en su hipocresía los peores rasgos de Caifás y de Pilatos. Rasgarse las vestiduras y lavarse las manos quizá sean actitudes suficientemente ostentosas para colmar ese afán de visibilidad mediática que rige la acción política; pero un elemental reconocimiento de la dignidad humana exige- -a este Gobierno, a cualquier Gobierno- -que las personas no sean tratadas como sacos de escombros. ELIPE González ha asomado la oreja y seguramente Zapatero ya le ha visto las dos orejas al lobo. Con esa copla felipista, tan oportuna, de que la descentralización es buena, pero la centrifugación es peligrosa, el sevillano le ha metido un gol de chilena al presidente. Habían coincidido ambos, presidente y ex presidente, en el Foro Chile- Unión Europea en la capital chilena, y el segundo aprovechó la ocasión para hacer la advertencia al primero. Por si pudiera quedar alguna duda acerca del sentido de la afirmación, Felipe González ha añadido: Doy fe porque es lo que nos pasa a nosotros O sea, que en opinión de Felipe González lo que estamos haciendo nosotros no es descentralizar España, que fue el empeño de la Constitución del 78, sino centrifugarla, que es empeño de los nacionalismos radicales, tan descarados y enrabietados como en la década de los 30. Felipe González ha tenido la consideración de escoger un verbo suave y casi científico para designar el peligro de desmembración o desmantelamiento que padece en estos momentos España. De momento, Felipe González ha querido cuidar piadosamente el vocabulario. Pero se entiende muy bien el aviso. No cabe duda de que el ex presidente socialista del Gobierno estaba picado por la urgencia de hacer su significativa advertencia, porque de otro modo habría esperado a una más propicia ocasión, y más cercana también, sin realizar el disparo de chilena. En la fotografía donde se ve a los dos socialistas estrechándose la mano, Zapatero sonríe con su acostumbrado arrobo, y Felipe sonríe con la boca pequeña. La sonrisa de Zapatero debe de ser cosa del talante, y la media sonrisa de Felipe es cosa de la circunstancia. A lo mejor, la media sonrisa de Felipe González era una manera de traducir el ruego de algunos socialistas distinguidos: Felipe, dile por favor a Zapatero que no sonría tanto y que deje de centrifugar A los gobiernos de Felipe González se les podrá hacer una crítica larga y dolorosa, pero nadie podrá decir que en los casos en que fueron necesarias alianzas políticas, cediera Felipe a los nacionalismos un ápice del concepto riguroso de la unidad nacional. Felipe González sabe muy bien que ese es un asunto o un debate que pone a los españoles en levitación, incluido desde luego el propio Felipe. Tocarle a la Constitución el artículo segundo, tal como quiere ahora Maragall, es algo así como tocarle los cataplines al macho. Yo comprendo que después de tantos años de Pujol y de Convergencia, los socialistas catalanes hayan entrado en la Generalitat con el mismo entusiasmo que los turcos en Constantinopla, pero lo que no entiendo de ninguna manera es que los socialistas se nos hagan separatistas. Ahí tendría que actuar Zapatero para centripetarlos bien centripetados Confieso que hace ya días esperaba yo alguna advertencia como esta chilena que Felipe le ha dedicado a Zapatero, y que llega en momento oportuno, cuando el Congreso se dispone a debatir el plan Ibarreche y cuando Maragall pide la reforma del artículo segundo de la Constitución, que establece la indisoluble unidad de la Nación española Este desaguisado deben arreglarlo los propios socialistas.