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ABC VIERNES 28 1 2005 Internacional 25 Así lo contó ABC: portada del 11 de mayo de 1945 (liberación de un campo de exterminio) portada del 17 de mayo (tropas británicas en una ciudad alemana) página del 15 de mayo (artículo de C. Sentís que reproducimos íntegro) fus, disentería y otras enfermedades, con docenas de moribundos y centenares de cadáveres insepultos, de los dos mil que encontraron los americanos al llegar. No debemos separarnos de los oficiales americanos ni dar la mano a nadie aquí por razones sanitarias. Ante semejante programa, me entran ganas de volverme atrás, pero fumando cigarrillos y comiendo pastillas, con las manos protegidas en los bolsillos, penetro en un mundo fantasmagórico. Avanzamos por la amplia avenida hasta el recinto rodeado de espino de alambre. Hay banderas aliadas en todos los lados porque celebran los días de la victoria, que para ellos no han significado la ansiada libertad. Conforme avanzamos, parece que vamos a entrar en una Exposición o Feria de Muestras. Ya es eso en parte. Las muestras que hay cerca de la entrada veré después que son las mejores, porque por lo menos, pueden andar sin arrastrarse y no son contagiosos como otros que se hallan en pabellones cerrados, de los cuales, a pesar de morirse día a día y después de una semana de la entrada de los americanos, no pueden salir todavía. Los paseantes o los que tienen libertad de movimientos dentro del campo van casi todos con traje rayado de presidiarios, pelados, con idénticos ojos inmensos en el fondo de su órbita, pero su nacionalidad se distingue fácilmente porque llevan toda clase de banderas y los yugoslavos y rusos visten su uniforme militar casi completo. En sus barracas hay también banderas y distintivos. En los polacos, los dibujos improvisados de imágenes religiosas contrastan con la bandera roja de los rusos, próximos a aquéllos. De los 32.000 detenidos que hay en Dachau, la mayoría son polacos. Son los más serios y reservados. También entre los polacos se encuentran 780 curas católicos del total de 1.350, de los cuales sólo 59 no eran católicos. Los curas de otras nacionalidades, hasta hace unos días en que todavía no había salido ninguno (sólo lo han hecho unos poquísimos) se distribuían así, además de los polacos: 121 franceses, 69 checos, 31 italianos, 30 belgas, 30 holandeses y el resto entre alemanes y de otras nacionalidades. Seminaristas había 108. En total representaban 40 Órdenes religiosas distintas. Para darme éstos y otros datos, conforme avanzamos por una especie de lazaretos, donde huesos vivientes, recubiertos de piel, toman el suave sol primaveral, que evidencia todavía más sus llagas, se me acercan toda clase de tipos. Todos me quieren contar su caso. Con grandes ademanes de afectuosidad me quieren presentar casos especiales con los cuales yo tengo que desobedecer las órdenes militares dándoles la mano o salir huyendo cobardemente a mitad de la conversación. A pesar de que los americanos han hecho una limpieza minuciosa, huele todo espantosamente. Basuras y toda clase de porquerías quemándose en rincones apartados del campo no hacen más que enrarecer todavía más el ambiente. Al paso de los oficiales americanos, judíos y rusos, principalmente, se levantan más o menos trabajosamente, quitándose respetuosamente la gorra. Cuando nos paramos en un sitio, docenas de seres archisucios y que comen constantemente pan con mantequilla (de los americanos) por los rincones, se precipitan sobre nosotros. Entonces se establece en mi interior una tremenda lucha: la curiosidad contra la repugnancia. Yo me pego a los oficiales americanos como de niño hacia en el regazo de mi abuela. Pero los americanos nos dicen: Todo eso no es lo importante. Ahora entraremos en el pabe- Avanzamos por una especie de lazaretos, donde huesos vivientes, recubiertos de piel, toman el sol primaveral Himmler circuló la orden de quemar a todos los detenidos antes de que entraran las tropas aliadas llón de los incomunicados Uno de estos pabellones es exclusivamente de judíos. Aquí el olor a miseria humana es inaguantable. Hay muchos muchachos. Algunos están tomando el sol por las calles, esqueléticos y con la barriga hinchada como una pelota. Otros, agrupados sobre camastros de tres pisos, juegan a los naipes. En lo alto de la litera, un chico con cara de pillete me sonríe y, muy divertido, me señala algo que se halla en el suelo, entre dos literas. Voy allí para mirarlo. Es un cadáver reciente. El niño pillete se ríe a carcajadas al ver mi impresión. Casi al mismo momentos, el moribundo que gime en una litera al ras del suelo me tira de los pantalones. Quiere un cigarrillo. Voy fumando como una locomotora, sin quitarme el cigarrillo de los labios, y salgo fuera tan pronto como puedo, pero en la calle tampoco puede respirarse. Después, todo lo demás ya no me interesa. Datos, datos; nombres, nombres... que si estuvo Shusnig con su mujer aquí mismo, en Dachau, hasta que le trasladaron; que si estuvo el obispo Piget, y los príncipes Leopoldo de Prusia y Borbón, y Parma. Todo eso a mí no me dice nada ya. Gente medio loca me dice al oído palabras de odio o rencor, que prefiero no recordar. En distintos barracones nos invitan a entrar. Todo es tan trágico, que roza siempre lo grotesco. Unos portugueses y yo somos tomados aparte por unos franceses, siempre tan académicos, a pesar de todo. Uno de ellos suelta un discurso: Nous sommes très heureux de vous avoir par nous; je suis aussi, mes chers amis, écrivain; je prépare un texte sur Dachau etcétera. ¡La locura! Pero los americanos, metódicos, siguen infatigables. Ahora nos llevan al crematorio, donde, por falta de combustible, en las trágicas últimas horas de Dachau y por ignorar los guardianes que estaban tan cerca las tropas de Patch, no pudieron quemar dos mil cadáveres entresacados de la cámara de gas (ejecuciones) o extraídos de los trenes en el colapso que en los últimos días dejó a la vecina estación, encerrados en vagones, muriéndose como moscas, mientras cundía el caos por todas partes. Los de allí afirman que Himmler circuló la orden original, salida para América, donde se ordenaba quemar a todos los detenidos de los campos antes de que entraran las tropas aliadas. De una especie de garaje o hangar- -crematorio- -van sacando cadáveres totalmente desnudos para echarlos en treinta y dos carros bávaros, conducidos y cargados por alemanes, a los que se obliga a pasearlos después, plenamente descubiertos, por algunos barrios antes de enterrarlos. A mi vista hay unos trescientos cadáveres, que son colocados en carros con parihuelas desde una especie de ventanas. Son los que sacan aquella mañana. Sus cuerpos están medio descompuestos. Una especie de vendimia macabra. Ni ustedes ni yo creo que debamos entrar en esta perspectiva, que todavía me daña las retinas.