Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES 28 1 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Una de las aportaciones más relevantes de la ministra de Cultura es la recuperación del dedo como símbolo democrático: la dedocracia HOMENAJE AL DEDO OR simple consideración de administrado, no quisiera que a la ministra de Cultura empezaran a llamarla estos bárbaros de la derechona ministra de Incultura. Pero no me extrañaría nada que un día lo hagan porque estos bárbaros de la derechona no descansan de endilgar insultos y enjaretar injurias. Hasta Pepiño Blanco, político moderado y ecuánime donde los haya, ha tenido que denunciar a Esperanza Aguirre, que dirige en Madrid la facción más ultra y más bestia del derechismo radical. La propia ministra de Cultura ha denunciado en una entrevista publicada en este periódico que el cine ha perdido espectadores por culpa de la política hostil del PP Es muy probable que los mismos manifestantes que increparon a Bono se vayan todas las tardes a la puerta de los cines a zurrar la badana a los entusiastas espectadores. Y es que esta derechona celtibérica no se ha liberado todavía de la influencia de Goebbels, que pronunció aquella frase tan repetida por la derechona: Cuando oigo la palabra cultura saco la pistola Aparecen, por ejemplo, fenómenos culturales como Pedro Almodóvar o el Gran Wyoming, y llega corriendo la desmadrada derechista Esperanza Aguirre y saca la pistola. Una de las aportaciones más relevantes (una entre mil) de la ministra de Cultura, Carmen Calvo, ¡ponedla a salvo! consiste en la recuperación del dedo como símbolo y emblema de la democracia socialista o socialismo posmoderno. Se trata nada menos que de la recuperación histórica de la dedocracia. Le preguntan a la ministra los periodistas que por qué no ha consultado con la Academia de la Historia antes de tomar una decisión en el conflicto de los papeles de Salamanca La ministra lo explica de manera muy satisfactoria y concluyente: Por ese orden de cosas tendría que consultar a todas las Academias de este país, porque un archivo tiene prácticamente todos los perfiles ¿Lo ven ustedes? Pues a ver si se enteran de una vez por todas los salvajes de la derechona. Nada de instituciones culturales o profesionales, todas en manos de la reacción, la carcundia y la caverna. Nada de Academias, que ya lo dijo Rubén Darío en su Letanía de Nuestro Señor Don Quijote: de las epidemias, de horribles blasfemias de las Academias, ¡líbranos, Señor! Lo mejor es alzar la mano, extender el dedo y señalar con él al elegido. En un decir ¡Jesús! bueno, Jesús o Federico, Pedro, Juan, Francisco, etcétera, se forma una Comisión de Expertos, que, ungidos por el sabio dedo ministerial, redactan un informe, y ya está, hala, el Archivo de Salamanca, al tripartito. Creo recordar una viñeta de Mingote (casi todas las viñetas que recuerdo son de Mingote) que era un monumento al dedo, un homenaje al dedo como hacedor de cargos, comisiones, patronatos, ministros y hasta altos comisionados. Y así como el dedo divino del Todopoderoso crea a Adán en las excelsas pinturas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, hoy morada de un Papa gagá, el dedo ministerial de Carmen Calvo, ¡ponedla a salvo! crea a los infalibles expertos de las comisiones histórico- archivístico- culturales- jurídico- sociatas. ¡Loor al Dedo del Progreso y que rabie la derechona! P CARLOS HERRERA Nuestros creadores cinematográficos, lejos de autoflagelarse con conciencias doloridas por su falta de éxito, duermen hoy tranquilos al saber que no están solos: a la puerta de la Academia, la ministra, armada con un rayo por espada, protege su descanso EL TALENTO ANALÍTICO DE LA MINISTRA E L cine español ha perdido espectadores. Digno de lamento. O no, no sé. Si la radio española perdiese oyentes, la autoridad competente miraría para otro lado y se ocuparía de sus cosas y no les echaría la culpa más que a los profesionales responsables de realizarla. El cine, al ser cultura y no industria, está, por lo visto, sujeto a otros considerandos. Si los cineastas españoles no convencen- -a pesar de su talento- -a un determinado número de personas que optan por otras ofertas, los ministros afectados se mesan los cabellos, lamentan la falta de conciencia del pueblo y le acusan de haberse dejado influir por consignas hostiles. ¡Viva la libertad! Algo me dice que si una película es un sublime ejercicio de calidad, el respetable acude a las taquillas a pesar de la antipatía que pueda provocarle alguno de sus creadores. Determinados ejemplos abundan este aserto: Javier Bardem habría irritado, a decir de algunos observadores, a un sector de público más inclinado a bailarle el agua al anterior Gobierno del PP; sin embargo, su impecable y arrolladora calidad interpretativa hace pasar por alto esas antipatías y los cines se llenan para ver Mar adentro que es una película tan extraordinaria fílmicamente como discutible en su fondo editorial. Otro: las películas de Santiago Segura, incluido en ese círculo del mal en el que andan diversos actores críticos con las políticas del Gobierno anterior, arrasan en taquilla gracias a su peculiar forma de entender el divertimento y proporcionan suculentos beneficios a su despierto productor. Ahí no cabe la política hostil. Habrá cabido, si seguimos el silogismo gubernamental, en ese valiente documento contemporáneo de denuncia titulado Hay motivo con el que se despacharon varios cineastas poco antes de concluir la anterior legislatura. Ante ese derroche de creatividad incontrolada, el público español se comportó de forma cainita: en torno a mil ciudadanos se solidarizaron con el desinteresado ejercicio de análisis que practicaron directores de prestigio. Incomprensible, pero cierto. ¿Y qué ha pasado con los demás ejemplos? ¿Por qué extraña conjura la asamblea tácita y secreta de los espectadores españoles ha decidido dar la espalda a la ensoñación de un puñado de valientes? la ministra de Cultura ha dado con la clave tras no pocas sesiones de análisis con su gabinete de exégesis social. Dice Carmen Calvo que no se trata del acierto de Scorsese ni de la técnica de Spielberg, no es cosa de la contumacia temática de los creadores españoles ni de la sobreactuación de algunos actores o del bajo nivel de los guiones plagados de tacos o de expresiones supuestamente cotidianas. No y no. La culpa es del PP. Su reacción hostil a la libertad de criterio de los directores españoles ha hecho que el espectador medio prefiera ver El aviador que Pocholo y Borjamari que es un engendro divertido, que conste, pero que igual no tiene el mismo tirón. No se trata de que no haya carne, no; no es que no se acierte con lo que quieren los que pagan a la amable taquillera, ni mucho menos. Se trata de que la jodida derecha le ha puesto la proa a la cultura y está dejando esto hecho un erial. ¡Menuda finura de análisis, vaya puntería en la interpretación de los hechos, qué claridad en la traducción de esa difícil ciencia de la movilidad social! La sociedad española puede tener la tranquila satisfacción de saber que su cultura está en unas manos serenas que defienden con la verdad cualquier embestida de la sinrazón, de la barbarie, de la incivilidad. Nuestros creadores cinematográficos, lejos de autoflagelarse con conciencias doloridas por su falta de éxito, duermen hoy tranquilos al saber que no están solos: a la puerta de la Academia, la ministra, armada con un rayo por espada, vela su sueño y protege su descanso. www. carlosherrera. com