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ABC LUNES 24 1 2005 Cultura 55 La historia de la donación del Códice del Cantar de Mío Cid a la Biblioteca Nacional es una de las marcas de nacimiento de la Fundación Juan March, que este año cumple su cincuentenario. Los avatares de tan importante donación los ha fijado José Ramón Barraca de Ramos en las Actas del II Congreso de Bibliografía Asturiana (1999) cuyo relato seguimos Juan March y la donación del Mío Cid TEXTO: TULIO DEMICHELI FOTOS: FUNDACIÓN JUAN MARCH MADRID. Todo el mundo sabe que el Códice del Cantar de Mío Cid se guarda en la Biblioteca Nacional, pero no cómo llegó hasta allí. Es un relato apasionante desde su misma prehistoria. Hacia 1140, medio siglo después de la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar en Valencia (10- 6- 1099) se forja este poema épico- popular que es la primera gran muestra de madurez de la lengua castellana. A nosotros llega a través de la copia realizada, en 1307, por un tal Pedro Abad. La primera noticia del Códice data de 1596, fecha en que Juan Ruiz de Ulivarry lo encuentra en el archivo del concejo de Vivar del Cid (Burgos) Tiempo después, el Códice pasa a manos de las monjas clarisas. El secretario y consejero de Estado Eugenio Llaguno lo hace llegar en 1776 al clérigo Tomás Antonio Sánchez, bibliotecario real, quien lo transcribe en su Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV El Códice nunca volverá a las clarisas de Vivar, pues a la muerte de Llaguno se pierde su pista hasta que aparece en manos de Pascual de Gayangos en el segundo tercio del XIX. Cuenta Barraca que Gayangos se lo ofreció al Museo Británico; al saberlo Pedro José Pidal, marqués de Pidal, habló con el ministro de Instrucción Pública para que el Estado lo adquiera, aunque finalmente pagó él lo que pedía Gayangos, pues éste se conformaba con percibir lo que le había costado para que no saliese de España. En 1865 muere Pedro José Pidal y el manuscrito lo hereda su hijo Alejandro Pidal y Mon, quien hace construir un mueble para guardarlo, en forma de castillo medieval que se talla en una viga del templo de Covadonga, destruido en 1763, arcón que también se conserva de la Biblioteca Nacional. Don Ramón Menéndez Pidal sella la donación del Mío Cid ante las autoridades civiles y religiosas de la época ministro de Educación Nacional. Sin embargo, el Ministerio no puede hacer frente a tal pago y se propone que una institución, como la Fundación March, aporte la mitad. A partir de ese momento comienza un intenso proceso negociador, en el que también interviene Gregorio Marañón, que no siempre avanza sin dificultades, entre ellas los propios mecanismos de financiación de la joven fundación, cuyo presupuesto para el año estaba agotado, aunque el capital fundacional acababa de ser incrementado de 462 a 1.000 millones de pesetas, aumento que aún no producía los réditos necesarios. En fin, Roque Pidal y el doctor Marañón morirán sin ver visto realizado su sueño; tampoco Goicoechea pudo recibir el Códice en la Biblioteca, pues cesó en su cargo a finales de noviembre de 1960. Pero la operación de compra finalmente se llevó a cabo, pagándose por él los 10 millones solicitados (5 aportados por la Fundación March y 5 por el Ministerio de Educación Nacional) en cuatro anualidades que fueron satisfechas entre 1960 y 1964. Durante la ceremonia de entrega, celebrada el 20 de diciembre de 1960, don Ramón Menéndez Pidal pronunció un emocionante discurso en el que celebró, en nombre de todos los lectores del Cantar de Mío Cid su feliz destino en la Biblioteca Nacional. Siempre en España Pidal y Mon también se resistió a la tentadora oferta que le hizo Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, pues lo quería en España y siempre puso a disposición de los eruditos españoles y extranjeros tan importante joya bibliográfica, entre los que se contó su sobrino Ramón Menéndez Pidal. En fin, a la muerte de Alejandro Pidal, ocurrida en 1913, heredan el Códice sus trece hijos, los hermanos Pidal y Bernaldo de Quirós, actuando Antonio Maura como albacea testamentario, quien lo tasó en 250.000 pesetas para el pago de los derechos reales. Roque Pidal lo depositó años después en una caja fuerte de un banco madrileño, donde estuvo hasta 1936, cuando el Gobierno de la República, al declararse la guerra civil, lo traslada a Ginebra junto con obras del Museo del Prado. Al término de la contienda, Roque Pidal lo recupera y vuelve a depositarlo Las manos del políglota acarician el Códice antes de su entrega en el banco, de donde saldrá para ser donado a la Biblioteca Nacional. Los artífices de esa donación fueron Roque Pidal y Cesáreo Goicoechea, que había sido nombrado director de la institución en mayo de 1958. El caso es que Roque Pidal, que ocupaba el puesto once entre sus hermanos, veía cómo estos iban falleciendo y cómo se complicaba la herencia. Por su parte, Goicochea, hombre emprendedor y lúcido, buscaba la colaboración de la joven Fundación Juan March en los proyectos de la Biblioteca y mantuvo una reunión con miembros de su Patronato, entre ellos, Blas Pérez, ex ministro de Gobernación, amigo de Roque Pidal, quien le sugiere que se ponga en contacto con él para adquirir el Mío Cid. Dicho y hecho, Goicochea se entrevistó con Pidal y éste le pidió 10 millones de pesetas, cantidad que le pareció razonable, y le promete hablar con el