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34 Madrid LUNES 24 1 2005 ABC MADRID AL DÍA GRAVESEN IGNACIO RUIZ QUINTANO o de Gravesen es grave: a las nueve de la noche está muerto de sueño para correr por un campo de fútbol que además, en el caso del Bernabéu, no es un campo de fútbol, sino un barbecho. Así no hay quien juegue ha sentenciado Gravesen, el ogro dinamarqués comprado por el Madrid en el mercado de invierno para asustar a sus rivales. En el Bernabéu, cuyo presidente ganó las últimas elecciones con la promesa de poner un techo, resulta que no hay suelo, es decir, césped. Y sin césped, no hay ogro, porque los ogros, también en el fútbol, son herbívoros. El poco césped que hay crece en un córner y recibe honores de vellocino de oro. En Inglaterra se piensa que el círculo de césped que hay entre Penrith y Ullswater conocido como la Tabla Redonda del rey Arturo era un punto de encuentro para la ordalía del combate, un entretenimiento, por cierto, la mar de dinamarqués, razón por la cual las mocitas madrileñas, como dice el himno de Jose Mari Cano, miran a Gravesen como si fuera Lanzarote del Lago, a cuyo lado Guti sólo podrá hacer el papel de reina Ginebra. Lo que pasa es que a Gravesen no lo ha traído el Madrid para que saque corners, sino para que corra y dé voces en el centro de campo. Por lo visto, Gravesen grita mucho sobre el césped. En Madrid ya sabemos que no hay césped, pero según quienes lo conocen, Gravesen grita casi tanto en el campo como Salva en la plaza. No sé cómo estará la normativa municipal contra el ruido, pero Madrid va a tener un problema el día que coincidan dando voces Salva en las Ventas y Gravesen en el Bernabéu, de donde acaba de volar otra Copa del Rey para alegría de Ronaldinho, que, otra vez contento, vuelve a recuperar su aire de María Jiménez. Pobre Ronaldinho, elegido por los linces de la Fifa Mejor Futbolista del Mundo- -esos tipos no vieron jugar a Onésimo- -y condenado por el Barça a no tener más alegrías que las que le proporcionen las derrotas del Madrid, aunque, por ese lado, todo indica que ha pillado una buena racha. Que tapen pronto el Bernabéu, o acabarán volando hasta las nueve Copas de Europa. L DIMES Y DIRETES PEDRO NÚÑEZ MORGADES DEFENSOR DEL MENOR LA INTIMIDAD DE LOS MENORES C on frecuencia se plantean dudas como si debe velarse el rostro de los menores en prensa escrita o en las imágenes de televisión, o hasta dónde debe detallarse una noticia en la que aparece involucrado un niño. La respuesta a estas preguntas no es sencilla, dado que la normativa no puede resolver la infinidad de supuestos prácticos que la realidad plantea. Por eso, es necesario un análisis de cada caso particular, en el que el periodista y el medio de comunicación deberán, como así hacen en la mayoría de los casos, aplicar un grado más de sensibilidad y cuidado, por tratarse de menores. No podemos olvidar que estos requieren una especial protección de su intimidad, precisamente porque son más vulnerables y los perjuicios que pueden sufrir como consecuencia de la revelación pública de hechos que pertenecen estrictamente a su vida privada, o de su imagen, son a veces incalculables. El derecho a la intimidad, según nuestro Tribunal Constitucional, es el derecho que todos tenemos al secreto, a ser desconocidos, a que los demás no sepan qué somos, o lo que hacemos. También tenemos un derecho a la propia imagen, que implica que somos los únicos que podemos decidir si queremos o no difundir, o hacer público, nuestro aspecto físico. Estos derechos fundamentales de la persona constituyen un límite a la libertad de información, pilar básico de una sociedad democrática. Cuando esta información afecta a los niños, como primera medida, la ley exige que el menor preste su consentimiento a la publicación de su imagen o de sus datos; bien él mismo si tiene madurez suficiente o, si no, sus representantes legales con conocimiento del Ministerio Fiscal. Sin embargo, aunque el menor lo consienta, nunca podrán divulgarse informaciones o imágenes que lesionen su dignidad, su honra o reputación, o que sean contrarias a sus intereses. Imaginemos, por ejemplo, los casos de menores que han sido víctimas de un delito. La estigmatización que puede suponer la revelación de datos sobre la agresión sufrida provoca consecuencias muy negativas para la estabilidad emocional del niño: cambios de colegio, bajo rendimiento escolar, deterioro en sus relaciones personales, etcétera. Cuando es el menor el protagonista del delito, también debe protegerse su intimidad, porque el conocimiento público de su condición de infractor puede marcar su presente y su futuro de forma determinante. Pensemos también en los reportajes sobre delincuencia, consumo de drogas, violencia en las aulas o en el barrio, que se ilustran con fotografías de niños y adolescentes perfectamente identificables. En estos casos podría producirse en el espectador una falsa vinculación entre los menores que aparecen y los hechos que narra la noticia. También puede ser perjudicial para un menor, la difusión de datos de su vida escolar, historiales médicos o psicológicos, informaciones que permitan deducir su internamiento en un centro de acogida, o por ejemplo, su condición de hijo adoptado antes de que sus padres hayan considerado adecuado revelarle esta circunstancia. Otro supuesto en el que debería ponerse especial precaución es el uso de la imagen de hijos de personajes famosos. Unas veces por imprudencia de sus progenitores y otras por falta de cuidado del medio, que confunde la notoriedad del menor con la de sus padres, es la privacidad de aquél la que se ve invadida. En definitiva, no se trata de hacer desaparecer a los niños, su sonrisa, su alegría, de la vida social y mediática, porque forman parte de ella. Pero no es lo mismo que aparezcan menores jugando en un parque, que en un centro de protección; o visitando un museo, que llegando a nuestras costas en patera. Hacer visibles a los niños, sí, pero respetando al máximo sus derechos.