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26 Internacional LUNES 24 1 2005 ABC Taiwán advierte que no admitirá una ley antisecesión china PABLO M. DIEZ. CORRESPONSAL PEKIN. Una de cal y otra de arena. Así son siempre las relaciones entre China y Taiwán, donde el poder político de los independentistas, que aún ostentan el Gobierno, parece estar menguando tras su derrota en las elecciones legislativas celebradas en diciembre. Por eso, y después de que ambas partes llegaran la semana pasada a un acuerdo para establecer un puente aéreo entre Pekín y Taipei con motivo del Nuevo Año Lunar, la tensión ha vuelto al Estrecho. En una entrevista concedida al diario japonés Mainichi Shimbun, el presidente de la isla, Chen Shuibian, ha amenazado con celebrar un referéndum sobre la independencia de Taiwán si China promulga una ley contra su secesión. Si la Asamblea Nacional Popular saca adelante esta medida el próximo mes de marzo, la gente de Taiwán se verá obligada a tomar las calles o a reclamar una respuesta contra la anexión aseguró Chen Shui- bian tras acusar a Pekín de intentar alterar la paz de la zona decidiendo unilateralmente sobre los asuntos del Estrecho En este sentido, el Gobierno de Taiwán, una isla que se separó de China tras el final de la Guerra Civil en 1949 pero que es considerada una provincia más por Pekín, incluso está considerando la posibilidad de llevar a cabo dicho referéndum el próximo mes de mayo, justo después de que las relaciones con el continente sean discutidas por la Asamblea Nacional Popular. JEAN- FRANÇOIS REVEL TOLERANCIA E INTOLERANCIA uando hablamos de la tolerancia, pensamos sobre todo en la tolerancia intelectual, en el derecho de los demás a profesar creencias o ideas diferentes de las nuestras, incluso opuestas a las nuestras. Pero existe una tolerancia tal vez más necesaria para la concordia social: se trata de la tolerancia de las costumbres, de aquellas costumbres distintas de las vigentes en nuestra sociedad o en nuestra religión. Hace poco, el político italiano Rocco Buttiglione fue expulsado de la Comisión de Bruselas y censurado públicamente por el Parlamento Europeo por haber recordado que, en el cristianismo, la homosexualidad es considerada un pecado. Dicho esto, se limitaba a mencionar una prohibición de la religión cristiana, prohibición de la que él no es el autor. Tenemos derecho a censurar cualquier prohibición contraria a las libertades individuales sin por ello hacer recaer la responsabilidad en Buttiglione. Éste es un católico integrista e incluso, al parecer, está emparentado con el Papa. Pero no tiene ningún derecho a formular dogmas teológicos o preceptos morales y no es él quien ha establecido la homosexualidad como pecado. Fue una larga serie de cardenales y Papas a lo largo de los siglos. Quienes juzgan retrógrada la condena de esta práctica pueden tener razón y defender la libertad o bien la abstinencia en este ámbito como en los demás. Cada cual es libre de abrazar o no una religión. Pero quienes se ajustan a ella no son sus inventores, y no podemos reprocharles el haber decretado aquello que en ella desaprobamos. Po- C demos no ser religiosos sin odiar a quienes lo son. Si uno no es musulmán, puede juzgar aberrante la prohibición del islam de consumir alcohol o carne de cerdo por motivos religiosos. Pero no tenemos la autoridad para juzgar absurda esta prohibición, como tampoco los preceptos vigentes en las demás religiones. Incluso si personalmente los consideramos ritos supersticiosos, no tenemos ningún derecho a censurar a quienes los practican. Esta tolerancia es un deber moral no sólo respecto a unas creencias religiosas o éticas (siempre que, al menos, ninguna de ellas vulnere la libertad de los demás) sino también hacia las costumbres y los gustos tanto personales como estéticos o sexuales. En relación con estos comportamientos, la tolerancia o la intolerancia estuvieron reservadas hasta el siglo XVI a la esfera religiosa y al pensamiento científico y filosófico que, a su vez, estaban subordinados a la religión. Es decir, que la intolerancia seguía dominando. Eran muy escasos los pensadores- -Erasmo, Montaigne o Galileo- -lo bastante valientes como para resistirse, y no siempre lo hacían impunemente. Fue en el siglo XVIII cuando la tolerancia empezó a ganar la batalla y en el XIX cuando logró la victoria casi completa. Pero si la ciencia experimental se convirtió entonces en el principio rector constitutivo de la investigación y de todos los descubrimientos, la filosofía siguió fluctuando entre el racionalismo y la metafísica. Por su parte, la moral social y las costumbres individuales fluctuaron todavía más. En especial, las cuestiones de la libertad personal y sexual pasaron a ocupar, incluso hasta nuestra época, un lugar central en el debate público, aunque no sin que se produjeran contraataques de la Francia oficial, lo que muestran en especial las condenas judiciales de Baudelaire o de Flaubert. Curiosamente, esta severidad del Código y de los tribunales hacia algunas obras literarias fue paralela a un avance del respeto de las elecciones de cada cual en su vida personal. Uno podía ya vivir en pareja sin estar casado, como hizo George Sand. Pese a ser abiertamente homosexual, Astolphe de Custine, el autor de Cartas de Rusia, gran éxito literario de la época (1840) era recibido y aceptado tanto en París como en San Petersburgo o en Moscú. En el siglo XX y, sobre todo, gracias a proyección literaria de las obras de Gide o de Proust, la tolerancia hacia la homosexualidad se convirtió en la regla (y su condena, una señal de tener una mente retrógrada, el síntoma de una moral represiva y caduca) Así, al revés que las reacciones, en su mayoría negativas, del siglo XIX hacia la homosexualidad, en el siglo XX la reprobación de la misma pasó a ser el signo de una moral obtusa y estrecha. Mucho más allá de la homosexualidad, ha sido en el siglo XX y en el actual cuando la moral se ha desplazado de la esfera personal a la esfera social e incluso internacional. Hoy en día, el Bien y el Mal conciernen menos los problemas individuales y los del pecado de cada agente moral que los problemas colectivos e incluso internacionales. Extender las desigualdades a la escala social y mundial cuenta más que la observación del comportamiento moral de cada persona humana. Más exactamente, la moral actual incluye ambas dimensiones. Ni el formalismo de la moral individual de un Buttiglione, ni el mesianismo a menudo puramente verbal de las organizaciones tercermundistas son útiles si pierden de vista la obligación de la eficacia.