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ABC LUNES 24 1 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY La izquierda quiere ahora, como Gobierno, que la calle esté tranquila y sólo sirva para que por ella cruce una ciudadanía sosegada VÍCTIMA DE LAS VÍCTIMAS LGUNOS manifestantes, en vez de honrar a las víctimas del terrorismo, que para eso habían ido allí, comenzaron a increpar al Gobierno. No diré yo que el Gobierno no se merezca algunas imprecaciones, entre otras cosas por su inicial desentendimiento del loable propósito de los convocantes de la manifestación. Reaccionó con tardanza y de mala gana, y envió a última hora a Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas. El Alto Comisionado no apareció, y ahora convoca él a las asociaciones de Víctimas no se sabe bien para qué, quizá para regañarles. La víctima de la manifestación de las víctimas fue el ministro Bono, que había acudido a ella a título personal, y que allí estaba entre la gente, acompañado de su familia y de la socialista vasca Rosa Díez. Dicen las crónicas que el ministro Bono recibió los denuestos de ese pequeño grupo de manifestantes airados, y que alguno de ellos, más violento, intentó agredirle. El frustrado agresor y los denostadores no sólo mancillaron la manifestación, como ha dicho oportunamente el Partido Popular, sino que eligieron para sus denuestos y agresión a quien menos lo merece dentro del Gobierno y del Partido Socialista. Lograron que José Bono se ausentara de la manifestación, siendo como era el único ministro que estaba allí en un acto de solidaridad personal con las Víctimas del Terrorismo. Se supone que el agresor es un sujeto de ultraderecha, aunque tratándose de Bono, también habría podido ser de ultraizquierda. Ya se sabe que los extremos se tocan y se confunden. La lamentable conducta de unos cuantos energúmenos no pasó a mayores muestras de cólera, y sólo cabe registrar alguna advertencia pacífica ante la sede de la cadena Ser, especialista por otra parte en informar y jalear aquellas manifestaciones espontáneas del 13 de marzo. Pero el Gobierno se ha preocupado y se dispone a tomar medidas para que no se repitan estos incidentes. Se conoce que tiene bien aprendido que su triunfo en las urnas y su conquista del poder se enredan con manifestaciones violentas, cuyo propósito primero era el insulto y la acusación injusta al Gobierno de entonces y aquellos denuestos estaban organizados, protagonizados y orquestados por todos los componentes de las manifestaciones, y no por un minúsculo grupo de exaltados. La izquierda conoce perfectamente la eficacia de la protesta organizada para lograr lo que ella llama conquistar la calle porque la izquierda ha sido desde siempre, y no Fraga como se ha dicho sin razón, la que ha presumido de que la calle es suya. La calle es un campo de batalla política que la izquierda ha utilizado en los momentos más o menos decisivos, y no desea obviamente cederlo a nadie. Ahora, como Gobierno, quiere que la calle esté tranquila y sirva solamente para que por ella cruce una ciudadanía sosegada. Está muy bien y ojalá sea así siempre, y cuando los ciudadanos salgan a la calle sea en movimientos solidarios y acordados, para vindicar objetivos comunes y no para acusar, increpar, denostar al prójimo y destruir lo que puedan. A JUAN MANUEL DE PRADA El nuestro es el único país del mundo donde se realizan películas en las que se insulta a media España (siempre a la misma) para halagar a la otra media (que, a juzgar por las cifras de taquilla, ni siquiera se molesta en atender a los halagos, porque ya se los sabe de memoria, de tan repetidos y previsibles) A VUELTAS CON EL CINE ESPAÑOL EO el reportaje que ayer dedicaba ABC al notorio descenso de recaudación que han sufrido las películas de producción nacional durante el pasado año. Las trece personas consultadas- -entre las que me cuento- -proponemos a bote pronto las posibles razones de una crisis que ya empieza a merecer el calificativo de endémica. Se acompaña el reportaje de un gráfico bastante desmoralizador, en el que se comprueba que los dos taquillazos de cada temporada logran convocar a uno de cada tres espectadores de cine español. Diríase que, fuera de unos pocos directores encumbrados y de cierto subgénero de comedieta burda y descerebrada- -lo que podríamos denominar torrentismo el cine de producción nacional ha dejado de interesar a sus destinatarios. No existe en el cine español- -o sólo de forma muy precaria- -una clase media de películas que interesen a una porción significativa de público. Y, del mismo modo que una sociedad sin clase media está abocada al acabamiento, un cine cuya producción anual se sitúa por encima de los cien títulos que no consigue interesar a su público con al menos treinta o cuarenta está condenado a la extinción, o siquiera a una subsistencia artificial. A la postre, son las subvenciones públicas y el dinero de las televisiones los encarnizamientos terapéuticos que mantienen con vida a un enfermo terminal, a la vez que impiden su sanación. Pues, por un lado, fomentan un tipo de cine onanista, desentendido del público, y por otro un cine pachanguero, ramplón, de personajes planos y tramas archisabidas. El cine que aúna un fundamento industrial y una exigencia artística está dejando de existir en España; y, mientras no se logre esta fecunda simbiosis, la crisis endémica que padecemos nunca se subsanará. Y a esta agonía se añade ahora, para más inri, un componente de agresividad ideológica inédito en cual- L quier otra cinematografía. No se trata tan sólo de que los actores y demás gentes del cine adopten tal o cual actitud política; a fin de cuentas, este fenómeno se registra en otros muchos países, muy notoriamente en Estados Unidos, donde suele ser habitual que las estrellas apoyen a tal o cual candidato, incluso que presenten ellas mismas su candidatura política. En España ocurre algo muy diferente: por un lado, el posicionamiento ideológico de las gentes del cine es sospechosamente unánime y gregario; por otro- -y aquí creo que radica la gravedad de este fenómeno autóctono- la mayoría de las películas que se filman en España incorporan con diversos matices- -desde el pitorreo más chusco a la ofensa más encarnizada- -el escarnio y la execración de los posicionamientos ideológicos adversos. Resulta milagroso ver una película española donde las personas de ideología menos progre no sean zaheridas, ni sus opciones vitales arrastradas por el fango. El nuestro es el único país del mundo donde se realizan películas en las que se insulta a media España (siempre a la misma) para halagar a la otra media (que, a juzgar por las cifras de taquilla, ni siquiera se molesta en atender a los halagos, porque ya se los sabe de memoria, de tan repetidos y previsibles) Quizá, como sostiene una de las personas consultadas por ABC, el público contrariado por esta politización cetrina sea un público que no va al cine (y aquí entraríamos en otro debate más espinoso y deplorable, que atañe al raquitismo o desarme cultural en que vive postrada la derecha española) pero también podríamos darle la vuelta al aserto y concluir que esas personas no van el cine porque saben que van a ser vilipendiadas. El cine español se está convirtiendo- -nos hiela el corazón escribirlo- -en el cine de la mitad de los españoles. Así de duro y así de simple.