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78 Cultura DOMINGO 23 1 2005 ABC CLÁSICA Ibermúsica Obras: G. Mahler. Intérpretes: Orchestre Philharmonique de Radio France. Director: Myung- Whun Chung. Lugar: Auditorio Nacional. Madrid. POP Luna Concierto de Luna: Dean Wareham (voz y guitarra) Sean Eden (guitarra) Britta Phillips (bajo) y Lee Wall (batería) Lugar: Arena (Madrid) MAHLER, POR MYUNG- WHUN CHUNG ANTONIO IGLESIAS SATÉLITE DE TERCIOPELO JESÚS LILLO D iríase que apenas mueve sus pies del sitio en que los coloca a su salida a escena: se aproxima a una estatura cuyo cuerpo posee una enorme capacidad de mando en sus brazos, independientes el uno del otro, permitiéndole un mando eficacísimo y seguro. La batura del prestigioso coreano MyungWhun Chung, en su versión muy personal de la Quinta Sinfonía del austriaco Gustav Mahler (asombrosa esa sabiduría de los músicos orientales cuando se enfrentan con los pentagramas occidentales) se resolvió positivamente, firme en sus amplios contornos, detallista en grado sumo, sin dejar de atender sus grandes contornos expresivos que, dentro de un romanticismo de la mejor ley, quizás se excedió en el acento, agrandándolo tanto en el crescendo como en el diminuendo Eso resultó ser la muy pausible traducción de la nada fácil partitura mahleriana. Los profesores de la Orchestre Philarmonique de Radio France, con una plantilla grande que se eleva sobre sus diez contrabajos, brilló en todas sus familias; podríamos destacar a su concertina, por sus notorios arrestos ejemplares en su cometido; también cabe la especial mención del trompa, por su precioso timbre y enorme cantidad sabiamente regulada, instrumento de capital importancia en la Sinfonía ofrecida; la especial cita podría comprender al trombón, los timbales... pero sería injusto, porque la agrupación francesa es un cuerpo que no permite olvidarla en la totalidad de unos componentes que se entregan por completo a su misión interpretativa. Y lo que es todavía de mayor importancia: saben obedecer corporativamente a un mando, que puede reclamarles las innumerables indicaciones del músico que se las exige desde el podio directorial. Hay en la Quinta de Gustav Mahler problemas traductores de muy compleja resolución y el aclararlos no es siempre la nota más favorable para cualquier colectividad sinfónica, aún de entre las de campanillas. Pues bien, esta versión brilló por su claridad sobre todo, también por los esplendores del fortissimo y no hizo falta llegar al intrincado fugato de su tinal, para darnos cuenta de que la batuta coreana se sabía segura en la respuesta que obtendría de la centuria francesa. Buen concierto, pues, que se mereció la atronadora salva de aplausos del público. N Silvia Marsó y Jordi Rebellón, durante uno de los ensayos DANIEL G. LÓPEZ TEATRO Aquí no paga nadie Autor: Dario Fo. Traducción: Carla Matteini. Dirección: Esteve Ferrer. Escenografía: Carlos Montesinos. Vestuario: Ana Garay. Iluminación: Juanjo Lloréns. Intérpretes: Silvia Marsó, Jordi Rebellón, Lluvia Rojo, Fran Sariego y Ángel Pardo. Lugar: Teatro Infanta Isabel. Madrid. UN SAINETE SOCIAL JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN l teatro social, frescachón, satírico y político de Dario Fo, que flagela tanto los excesos del capitalismo salvaje como a una izquierda inane, esclerotizada e institucional, responde a una suerte de hibridación entre la comedia napolitana de Edoardo De Filippo y la didáctica brechtiana. Eficaces juguetes cómicos trufados de metralla izquierdista, sainetes sociales divertidos, inteligentes y de nutrida munición insurgente y antiburguesa. Se repone, tantos años después, Aquí no paga nadie una crítica de la especulación y de la indefensión de la clase proletaria- -empleemos la terminología ad hoc -ante la subida indiscriminada de precios, una confrontación entre la honradez del prefiero morir de hambre antes que robar y el instinto de supervivencia del aprovéchate de la ocasión y las debilidades del sistema. Un sainete social, un vodevil obrero al que Esteve Ferrer ha dado un aire de pantomima felliniana, con su pasacalles de payasos que desfilan a los sones del tema principal de La Strada del gran Nino Rota. E Pese a que haya alguna situación asimilable a la retratada, se nota que han pasado los años por la pieza de Fo, que conserva, no obstante, buena parte de sus notables elementos cómicos en el desarrollo de las peripecias del ama de casa que aprovecha el revuelo por la subida de precios en un supermercado para arramblar con todo el género que puede y luego debe urdir una serie de triquiñuelas para ocultar el asunto a su marido, un estricto comunista, y a los policías que registran las casas en busca de lo robado. Ferrer realiza una dirección dinámica y desenvuelta, llena de detallitos y guiños, al servicio de la pieza y su formidable humor corrosivo. Y los actores divierten y se divierten dentro del tono farsesco de la función. Un apunte: la estupenda Antonia interpretada Silvia Marsó resulta una especie de homenaje al estilo de Esperanza Roy, protagonista de una memorable adaptación televisiva de la comedia: los mismos códigos gestuales, el quiebro ronco de la voz en los agudos... aunque la Roy otorgaba al personaje una repajolera gracia poppolana y Marsó conserva latente en el fondo de su actuación la delicadeza de una chica de Conservatorio. Ángel Pardo se multiplica arrolladoramente cómico en diversos personajes, Lluvia Rojo se luce como la vecinita pusilánime, y tanto Jordi Rebellón como Fran Sariego componen perfectamente sus papeles de maridos superados por las circunstancias y por la nerviosa inicitativa de sus esposas. Los asistentes al estreno, que se retrasó más o menos una hora con el público haciendo cola a las puertas del teatro por motivos que nadie explicó, aplaudieron con entusiasmo a los actores y al resto del equipo del montaje. i siquiera interpretó la banda de Dean Wareham el tierno Goodbye de 1992 en su concierto de despedida del público madrileño. Fue el suyo un adiós sin traumas, contenido, premeditadamente ajeno al lenguaje de los gestos que impregnan este infrecuente tipo de ceremonias. A punto de disolverse y pasar irreversiblemente a la historia, Luna no quiso ritualizar su eclipse. Se fueron como llegaron, discretos y ensimismados con el susurro de sus guitarras. Tenían frío sobre el escenario y tampoco el público- -hechizado, casi paralizado por el gelatinoso repertorio del cuarteto neoyorquino- -fue capaz de transmitir aliento a los músicos, que no dejaban de hacer ejercicios de calentamiento en una sala repleta de gente y sin embargo helada, cubierta de abrigos. El encargado de grabar las secuencias madrileñas del documental sobre la gira de despedida de Luna se empeñaba en captar planos del público en actitud de entrega, pero no había manera de sacar a los espectadores del grato duermevela provocado por la música de Luna y, así, una y otra vez volvía su cámara al escenario, donde el grupo de Wareham se despedía despacio, recordando canciones que nunca fueron éxitos. Previsible final a doce años de relación entre la banda que ha escrito algunas de las piezas más tristes y quebradas del reciente pop internacional y sus seguidores, atentos al último movimiento de rotación de un satélite de terciopelo que- -sin el brillo de acero inoxidable de las grandes estrellas del rock- -se ha limitado desde 1992 a alumbrar, tenue y delicado, sofás e intimidades. Puede que alguien vuelva a interpretar de aquí en adelante las hermosas y apacibles canciones de Luna. Dean Wareham les da la espalda este invierno, como ya hizo con el repertorio de su anterior banda, Galaxie 500, cuyo espléndido catálogo decidió dejar en esa tierra de nadie situada entre el olvido y la memoria. Sean Eden, guitarrista con el que Wareham mejor ha trasteado los márgenes del amor y del pop murmurados, se queda solo mientras su patrón programa y maquina ya otra reencarnación musical, quizá junto a su bajista, Britta Phillips, con la que el martes interpretó, nunca es tarde, el Bonnie and Clide de Serge Gainsbourg. Nueva órbita para un satélite enamorado.