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ABC SÁBADO 22 1 2005 Tribuna 63 H ACE exactamente un siglo nació la revolución rusa en su más nítido antecedente. El 22 de enero de 1905, que habría de pasar a la historia como el Domingo Sangriento, una masa de ciento cincuenta mil personas compuesta por obreros y sus familias, encabezada por el sacerdote Georgii Gapón, se encaminó hacia el Palacio de Invierno, en San Petersburgo, para presentar al Zar Nicolás II una petición de reformas sociales y políticas. Se habían congregando en las iglesias y después marcharon en columnas desde los distintos barrios de la capital. Cantaban himnos y enarbolaban iconos y cruces, en algo, como ha sido descrito tantas veces, que se parecía más a una procesión religiosa que a una manifestación obrera. Muchos se santiguaban a su paso. Pedían reforma agraria, sistema de representación popular, abolición de la censura, tolerancia religiosa y una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. Acudimos a vos, oh majestad, en busca de justicia y protección... No nos quedan fuerzas y nuestra capacidad de resistencia ha llegado a su fin. Hemos llegado al terrible momento en que la muerte es mejor que la prolongación de nuestros insoportables sufrimientos... El Gobierno había advertido a Gapón que desconvocara la manifestación, pero aquel pope iluminado estaba convencido de que el Zar estaba con su pueblo y que la injusticia residía en sus boyardos. Nicolás II había abandonado el palacio para pasar el CIEN AÑOS DEL DOMINGO SANGRIENTO MIGUEL TORRES Periodista Produce vértigo contemplar, cien años después, lo que desencadenaron en todo el mundo aquellas descargas de la fusilería zarista fin de semana en Tsarskoe Selo, una residencia de descanso. Doce mil soldados tenían la misión de impedir que los manifestantes llegaran al palacio. Tras una carga inicial de la caballería contra los manifestantes las primeras descargas de la fusilería dejaron frente a la residencia real cuarenta muertos y centenares de heridos. La represión continuó en toda la ciudad y posiblemente el número de muertos alcanzó el de cinco mil. La revolución, que habría de cristali- zar doce años después, estaba en marcha. El Domingo Sangriento unido a los efectos de una guerra contra Japón que estaba siendo humillante para Rusia, prendió la mecha del gran estallido del 17. Medio millón de obreros fueron a la huelga en los días siguientes. Lenin vio claro que se podía hacer extensiva la revolución a los campesinos deseosos de entrar en posesión de la tierra sin tener que indemnizar a los anteriores propietarios. El conde de Witte, uno de los más perspicaces políticos rusos, que había presidido unos años antes el Consejo de Ministros, vio claro el peligro de colusión entre el Domingo sangriento y la frustración nacional por la pérdida de la guerra contra Japón. Predijo que la revolución triunfaría en cuanto hubiera otra guerra, profecía cumplida en 1917. Produce vértigo contemplar, cien años después, lo que desencadenaron en todo el mundo aquellas descargas de la fusilería zarista sobre los obreros y sus familias. Los bolcheviques secuestraron la revolución y la convirtieron en la más feroz dictadura contra el pueblo ruso, con uno de los mayores saldos de asesinatos en masa y deportaciones de pueblos que recuerda la historia. De la Gran Guerra salió el triunfo de la revolución comunista en Rusia, y de la Segunda Guerra Mundial el imperio comunista que durante medio siglo sojuzgó a media Europa. En total, setenta años entre el orto y el ocaso del régimen comunista, para al final desembocar Rusia, mal preparada, en el puro capitalismo. Es muy probable que si el régimen zarista hubiera permitido la acción de reformistas como Piotr Arkadevich Stolipyn, con visión de estadistas, que murió asesinado en Kiev en 1911, Rusia habría podido seguir, en la evolución, un camino parecido al de otros países de la Europa occidental, en vez de sumergirse en el infierno soviético para acabar desembocando en lo que combatió durante setenta años. E L pasado domingo 16 de enero se cumplieron exactamente 400 años de la primera edición de la primera parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Es una fecha sobresaliente que marca el inicio de la novela moderna y la entrada en lozanía de un idioma que se había estructurado lentamente a lo largo de los tiempos anteriores. Era el alba de la formación de un imperio. La llegada del libro a nuestro continente se conoce con exactitud gracias al Archivo de Indias. En el galeón Espíritu Santo se enviaron en 1605 a México, a Clemente de Valdés vía San Juan de Ulúa, 262 ejemplares de un libro impreso en Madrid por Juan de la Cuesta, de un tal Miguel de Cervantes. Se remitieron tres ejemplares a Cartagena de Indias a Juan de Zaragoza y un segundo embarque, también a Cartagena, de cien ejemplares para Antonio de Toro. Pero esos no fueron los únicos ejemplares que llegaron porque muchos de los viajeros que venían en esa flota leían el libro en sus camarotes, tal como atestiguaron los revisores de la aduana de Veracruz que subieron a bordo tan pronto anclaron los buques. Era usual que los inquisidores subieran a bordo de los barcos a investigar la existencia de literatura prohibida y se solía interrogar a los viajeros al respecto. Por ello ha llegado a saberse que en el galeón Nuestra Se- DON QUIJOTE EN AMÉRICA LISANDRO OTERO Director de la Academia Cubana de la Lengua Los viajeros que venían en esa flota leían el libro en sus camarotes, tal como atestiguaron los revisores de la aduana de Veracruz que subieron a bordo tan pronto anclaron los buques ñora de los Remedios el sevillano Juan Ruiz de Gallardo, de 26 años de edad, admitió que se había distraído a bordo leyendo el Quijote. Y en el San Cristóbal otro sevillano, Alonso López de Arze, de 25 años, admitió que traía en su equipaje un ejemplar de la novela de Cervantes. Los galeones que cruzaban el Atlántico solían estacionarse en Cartagena y de ahí surcaban hacia Portobelo, donde descargaban su mercancía que en recuas de mulos atravesaba el istmo y la entregaban en Panamá. Por flota de cabotaje eran llevadas entonces a Lima. En marzo de 1605 un librero de Alcalá de Henares, Juan de Sarriá, condujo a Sevilla, a lomo de burros, sesenta y un bultos de mercancías en las cuales venían cuarenta ejemplares de El Quijote. Esa carga venía destinada a Miguel Méndez, en el Virreinato del Perú. En el tramo entre Portobelo y Panamá la lluvia caló la carga y fue necesario deshacer el empaquetado y desechar noventa libros destruidos por efectos del agua, pero solamente uno era del Quijote así que 39 copias llegaron exitosamente, más tarde, a Lima. Pero, según las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma el primer ejemplar del Quijote que llegó a Lima fue el del conde de Monterrey, Virrey del Perú, y procedía de Acapulco. O sea, que había atravesado sin obstáculos el Virreinato de la Nueva España, del Golfo al Pacífico. Todo ello ha venido a saberse gracias a los esfuerzos investigativos de Irving Leonard, quien en su obra Los libros del conquistador realizó un cuidadoso rastreo de los primeros li- bros que iluminaron a América. Recordemos que en aquellos tiempos estaba de moda la literatura caballeresca con libros que tenían nombres tan sonoros como Sergas de Esplandián, Philesbian de Candaria, Clarián de Landanis, Cirongilio de Tracia o Florisel de Niquea. El Quijote venía a quebrar aquel mundo ideal de honores ultrajados y reparación de dignidades, de aventuras ingenuas y pundonor acrisolado con un toque de realismo, con un aterrizaje crudo que alteraba los arquetipos de nobleza convencionales. Cervantes nos habló de gente de aldea, de sabiduría popular y de un pobre loco consumido por su obsesión, Don Quijote, un delirante enajenado que no logra situarse dentro del contexto social en que reside, desafía su entorno y es derrotado. Pretende alcanzar un inexistente orbe armónico y se frustra en su empeño. Es un idealista abrumado por su nobleza de espíritu. Rechaza el absurdo de una sociedad donde los cuerdos pasan por orates. Espíritu similar es el que animó a los libertadores americanos de Bolívar a Hidalgo y Louverture, de Martí a Artigas y San Martín y O Higgins. A casi cuatro siglos de la desaparición del escritor se le reconoce haber profundizado en el conocimiento de la idiosincrasia humana y habernos legado un testimonio artísticamente resplandeciente de la época en que vivió.