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ABC SÁBADO 22 1 2005 La Tercera CUESTIÓN DE CARRETERAS O cierto es que los romanos estaban ciegos ante lo que les estaba sucediendo, escribía hace un poco más de medio siglo la historiadora inglesa Eileen Power, en torno a la caída del Imperio, en un apasionante libro que era algo así como una serie de instantáneas de la Edad Media, y que siempre se relee no sólo con placer, sino porque su lectura nos torna pensativos con respecto a nuestra propia situación. Y, ante esa simple enunciación de Eileen Power, enseguida se alza en nosotros la pregunta acerca de si en realidad no ocurrirá siempre eso mismo con todas las sociedades y culturas con lo que tienen delante de los ojos y no ven, quizás por aquello que decía Kierkegaard acerca de los colectivos y las masas: que un hombre puede equivocarse, pero que la multitud se equivoca siempre. En este caso o estampa que nos pinta, E. Power dice que aquella ceguera se debió a la profusión misma de la cultura material que habían creado. Rodeados por completo de solidez y comodidad, de una existencia material que era la antítesis misma de la barbarie, ¿cómo podían prever el día en el que el cronista normando se maravillaría ante las ruinas del hipocausto de Caerleón? ¿cómo podían imaginar que algo tan sólido pudiera desaparecer? Sus carreteras fueron mejorando a medida que sus cualidades de estadistas iban empeorando, y la calefacción central triunfaba mientras la civilización caía. Pero más responsable aún de su inconsciencia fue el sistema educativo en el que eran criados... Las cosas que aprendían en sus escuelas no tenían ninguna relación con las cosas que estaban sucediendo en el mundo exterior y engendraban en ellos la fatal ilusión de que el mañana sería igual al ayer, que todo era lo mismo, cuando en realidad todo era diferente. Y desde luego que estos fueron factores de decadencia o disolución, al igual que fueron señales llamativas la baja drástica de la natalidad, la pérdida de gusto y cuidado en la edificación, el pensamiento débil, y el sentido ético aún más débil, la literatura y el discurso público venales y lúdicos, la infernal maquinaria de los impuestos y el empobrecimiento de la población, la corrupción política, -todo se vendía en aquella Roma- el descuido primero, y luego la imposibilidad de atender las necesidades militares, etc. Por muy otras razones, sin duda que la propia historiadora, antes de morir en 1940, que era un tiempo tan oscuro y de desenlace tan incierto para el Occidente europeo, tuvo que hacerse sus propias preguntas en aquella otra Europa enfrentada entonces a otros bárbaros, que muy poco tiempo atrás no sólo no había sido distinguir como tales, o a los que había hecho concesiones, pensando que así no tendría que defenderse de ellos, o incluso había tomado como geniales reformadores y constructores de mundos felices. Desde el segundo cuarto del siglo del XX, efectivamente, los europeos parecen dudar, primero, a cuáles de esos bárbaros entregarían su alma, o, lo que es lo mismo, de cuáles se harían esclavos complacientes; y, luego, derrotados los unos a poco de muerta ya Eileen L Roma inmortalis decían aquellos romanos de vísperas de su caída, como si se tratara de una realidad que el tiempo no pudiera devorar, y no de una civilización más que, como todas, ha nacido y moriría, porque todo lo que nace muere, y, a la que, si se hubiera mirado con ojos sin escamas, se hubiera visto que descendía rápidamente a su fin. ¿Como la nuestra? Power, el juego de las seducciones, concesiones y entregas, e incluso el de la rendida admiración de los otros bárbaros durará hasta fin de siglo, y, aun caídos ellos, perdura. Aunque, en este caso, la inconsciencia de lo que está ante nosotros no es a causa de la confianza que se tiene en la propia civilización, sino precisamente porque se desea su derribo y su ruina. Porque, ciertamente, como se ha dicho, el hombre occidental ya estaba dispuesto para ser enterrado desde el Renacimiento; es decir, desde el momento en que las parcelas del vivir humano, y en primer lugar la política, se convierten en realidades autónomas justificadas en sí mismas, y la Humanidad es lanzada entre esas islas sin significatividad ninguna. A finales del siglo XIX se había segado la hierba bajo sus pies, y el período de entreguerras había puesto en irrisión a la cultura entera, de manera que ésta se convertiría en un puro juego, o perviviría como máscara y mampara de honorabilidad de los dos grandes totalitarismos, o de gran biombo o trampantojo de las mayores matanzas de la historia. Pero todo parecía continuar, porque los muertos de una Humanidad ya no significativa no hablan, ni vagan convertidos en fantasmas como el padre de Hamlet, para zarandear la inconsciencia de los vivos, instalados y seguros. ¿Acaso no se habla de progreso y desarrollo continuos, como si, por no guardar memoria del pasado, se tuvieran avales inmortales para el porvenir? Roma inmortalis decían aquellos romanos de vísperas de su caída, como si se tratara de una realidad que el tiempo no pudiera devorar, y no de una civilización más que, como todas, ha nacido y moriría, porque todo lo que nace muere, y a la que, si se hubiera mirado con ojos sin escamas, se hubiera visto que descendía rápidamente a su fin. ¿Como la nuestra? Tampoco sabremos verlo, porque las carreteras mejoran, ciertamente, a medida que los estadistas empeoran, y los sistemas de calefacción triunfan y se sutilizan, mientras que, con respecto a nuestra educación, no es que se den enseñanzas en ella que no tengan que ver nada con la realidad, sino que se dedican a desmontar las ruedecillas de esa nuestra propia vieja cultura, y a coser y extender una gran alfombra roja de recibimiento a quienes serán nuestros señores, y de quienes seremos sus esclavos. La Europa de ahora mismo reniega de su pasado, en la que lo primero era la relativización y control del poder político, sólo Dios sabe si fascinada por orientalismos, o urgida por la prisa de entrarse en la servidumbre, con tal de que ésta sea dorada y ofrezca buenas carreteras y calefacciones muy eficaces. Cuando las civilizaciones pierden su alma o aquello que las ha hecho y alentado, son exactamente como los hombres vacíos, felices y redondos, de los que habla Nietzsche. Sólo el hecho de que podamos mirar hacia atrás desde la atalaya de una época muy posterior- -dice también Eileen Power- -nos permite ver la pauta inexorable que los acontecimientos están formando, de modo que podamos llamar a estos muertos desde el otro extremo del pasillo de los siglos, aconsejándoles que opongan resistencia antes de que sea demasiado tarde, sin oír ningún eco que nos conteste... Padecían de la fatal miopía de los contemporáneos. Eran los asuntos del momento los que les ocupaban; para ellos el peligro del momento era el que había que evitar y no se daban cuenta de que cada componenda y cada derrota eran un eslabón de la cadena que los arrastraba hacia el abismo. Así que nosotros lo vemos claramente, y hasta nosotros llega la voz de los romanos: y también la de los bárbaros, que han sabido siempre que la inconsciencia y la cobardía de aquéllos, y las nuestras, marcados para la caída, les procurarán concesiones tras concesiones, hasta la tarde última y la primera tiniebla incluso, que los que caen confundirán, seguro, con una mañana del mundo, y la desean. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor. Premio Cervantes