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30 Internacional INVESTIDURA PRESIDENCIAL EN WASHINGTON JUEVES 20 1 2005 ABC John Kerry, senador y ex candidato demócrata, saluda a Condoleezza Rice, en el primer día de audiencias ante el Comité de Exteriores de la Cámara alta AP UNA FALTA DE CONTROL QUE DA MIEDO JOSÉ MANUEL COSTA EL PRESIDENTE PUEDE GASTAR RAMÓN PÉREZ- MAURA ué son 40 millones de dólares para una investidura presidencial? Ya puestos, el pequeño- gran Bush ha permitido con una sonrisa que otros tiren la casa por la ventana en su honor. De hecho, las corporaciones agradecidas, desde las armamentísticas como Northrop Grumman o Lockheeed Martin, las petroleras como ExxonMobile o ChevronTexaco y las refrescantes como Coca- Cola o PepsiCola se han peleado para aportar donativos entre 100.000 y 250.000 dólares en pro de la fiesta. No importa demasiado que a la mayoría del pueblo americano le parezca que las celebciones debieran ser algo más discretas y solidarias. Al fin y al cabo, Estados Unidos mantiene miles de soldados en Afganistán o Irak y acaba de suceder la terrible catástrofe del sureste asiático. Da igual, la alegría reinará en Washington y en nueve grandes fiestas en otras ciudades de la Unión. En realidad, esta anécdota festiva responde a un patrón más general: la casi absoluta ausencia de control en la que se mueve Bush. Esa es la opinión del muy veterano profesor Stephen Graubard en su libro Los Presidentes El señor Graubard, que ya asistió a la segunda investidura de Franklyn D. Roosevelt en 1945, opina que Roosevelt se preocupaba de continuo sobre si otras autoridades (Senado, Congreso, judicatura, gobernadores) tratarían de impedir sus planes. Este hombre (George Bush) sabe que nadie le va a controlar ¿Q Así, no puede resultar extraño que una reciente encuesta en 21 países significativos arroje como resultado final que un 52 por ciento de los entrevistados opinan que el mundo es un lugar menos seguro tras la reelección de Bush. Es precisamente la falta de control lo que da miedo. Ayer y anteayer la nueva ministra de Exteriores, Condoleezza Rice, era interrogada en el Senado y se le planteó el hecho incontrovertible de que nunca hubo una ligazón entre Sadam y Bin Laden, sino más bien un odio furibundo. La señora Rice afirmó numerosas veces que esa complicidad existía. Como también habló del terrible hongo nuclear que nos caería encima si Sadam continuaba su (inexistente) desarrollo nuclear. A pesar de resultar patente que la señora Rice (como el ministro de Defensa, Donald Rumsfeld, como el mismo presidente) justificaron una guerra sobre premisas que sabían falsas, ahí están, dispuestos a repetir. Este Gobierno mantendrá en lo exterior la misma política agresiva que en su primer mandato, y sus ojos están ahora puestos en Irán, entre otras cosas para cortocircuitar a la Unión Europea. En lo no guerrero, ¿qué cabe esperar? Pues francamente, más proteccionismo sectorial, la negativa a firmar buen numero de tratados internacionales... En fin, una peculiar mezcla de aislacionismo e intervencionismo que recuerda mucho la política de las cañoneras del siglo XIX. Es lo que ha habido, no tiene por qué cambiar. E n la primera rueda de prensa tras su sorprendentemente cómoda reelección- -más sorprendente para unos que para otros- George W. Bush anunció que había acumulado un capital político que tenía la intención de gastar. Es decir, que piensa hacer lo que cree que debe hacer aunque ello le haga perder el favor popular. Algunos dan patente de verdad revelada a las encuestas que anuncian ya un descalabro frente a los resultados electorales antes de que hoy, con su toma de posesión, Bush empiece a gastar ese capital. Muchos cruzan apuestas sobre por dónde y a qué velocidad tendrá que empezar a recortar sus ambiciones. Admitan una apuesta: no lo hará. Quizá fracase, pero no retrocederá en la senda que se ha marcado. Tres son las grandes ambiciones que pueden caracterizar este mandato: comenzar la privatización del sistema de seguridad social, simplificar el sistema impositivo, haciéndolo más eficaz, y democratizar Oriente Próximo a partir del corazón de la región, Mesopotamia. Uno de los rasgos que hacen de este presidente un hijo político de Ronald Reagan y no de George Bush es su capacidad de asumir riesgos. Se enfrentó en 1993 a la veterana gobernadora de Texas, Anne Richards, y la derrotó pese a carecer de experiencia política. Con sólo seis años de veteranía pública compitió por la presidencia contra un vicepresidente en ejercicio, de una administración que dejaba cierta prosperidad y sensación de paz y con más de dos décadas de servicio en car- gos electivos. Fue elegido presidente. Contra lo que gustan decir algunos simplistas, Bush no es un conservador prototípico. Si lo fuera no hubiera activado una subvención pública para los medicamentos a un coste de 500.000 millones de dólares a lo largo de diez años. Ningún conservador clásico hubiera hecho eso ni tampoco acumulado un déficit de 450.000 millones de dólares. Lo que hay que concluir es que a Bush- -como a Reagan- -no le gusta un Gobierno grande, pero no le importa un Gobierno activista en la defensa de los valores en que él cree. Ya en la convención republicana de Nueva York, el pasado mes de agosto, Bush llenó su discurso de aceptación de la candidatura de promesas de emplear el Gobierno para mejorar la vida de los ciudadanos. Y ése es el capital que le vamos a ver gastar al presidente. Alrededor de George Bush se sentará un gabinete al que algunos han caricaturizado como sus yes men los íntimos que nunca le llevan la contraria. Falso. Son los que comparten su visión del mundo. Es decir, los que en un sistema político como el norteamericano, donde los ministros son secretarios al servicio de un presidente, deben compartir plenamente su proyecto. Eso es lo que veremos durante cuatro años en los que la promoción de la democracia como sistema político de referencia va a ser puesta a prueba. Ya se sabe, cuando Washington se apoyaba en dictadores estaba mal; y cuando hace guerras para derrocarlos e instaurar democracias está peor.