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ABC JUEVES 20 1 2005 La Tercera ¿QUÉ PUEDE ESPERAR EL MUNDO DE GEORGE W. BUSH? D ENTRO de unas horas en el Capitolio de la ciudad de Washington- -una ciudad que estará prácticamente blindada por tierra, mar y aire- William H. Rehnquist, presidente del Tribunal Supremo, tomará juramento religioso (la promesa no está contemplada como posibilidad alternativa) al ciudadano George W. Bush, de 59 años de edad, y así se iniciará el segundo y último mandato del cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos de América. Le acompañarán su mujer, vestida para la ocasión por el hispano Oscar de la Renta, y sus dos hijas mellizas, Bárbara y Jenna. Entre los muchos invitados tendrán un asiento preferente Ana Botella y su hijo, José María Aznar. A pesar del maremoto en Asia y de la situación de la guerra de Irak, en los festejos anteriores y posteriores se gastarán más de cuarenta millones de dólares, recaudados íntegramente en el sector privado, y habrá- -como casi siempre, pero esta vez un poco más- -grupos de protesta de todos los colores y para todos los gustos. Todo estará, sin embargo, debidamente controlado. No habrá- -crucemos los dedos- -sorpresas ni incidentes graves. Aunque el dramatis personae sea el mismo, esta toma de posesión será muy distinta a la del 20 de enero del 2001, que tuvo lugar después de unas elecciones presidenciales en las que Al Gore obtuvo mucho más voto popular que George Bush, pero que se saldaron con un empate técnico en cuanto a voto electoral. Sólo una decisión judicial precipitada y muy cuestionable le concedió a George Bush una presidencia que para muchos no había ganado. En las elecciones de 2004, América- -esa América real y auténtica que los europeos nos resistimos a comprender y aceptar- -ha querido dar al presidente Bush no sólo el poder ejecutivo, que en un país netamente presidencialista es mucho poder, sino también la mayoría absoluta en las dos cámaras, para que no hubiera dudas, un voto popular, no sólo superior al del senador Kerry, sino al de cualquier otro presidente anterior. Hay una segunda diferencia- -aún más importante que el resultado electoral- -entre las dos tomas de posesión: en enero de 2001 no se habían producido ni el ataque terrorista del 11 S ni la guerra de Irak, dos acontecimientos muy relacionados que influyeron y van a seguir influyendo de forma importante en la historia del mundo. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Cuáles serán las características de la nueva presidencia? Por más que Condoleezza Rice hable en el Congreso de que ha llegado el tiempo de una diplomacia radicalmente distinta (ella la llama transformational diplomacy por más que hoy el presidente Bush en su discurso inaugural reconozca algunos errores y manifieste una voluntad de diálogo, América no va a renunciar a sus tendencias y a sus convicciones unilateralistas. Forman parte de su identidad, de su ser nacional. El nuevo Gobierno, sin Colin Powell y más neocons no va a dedicarse, desde luego, a crear ni a reforzar instituciones globales. No van a firmar el Pacto de Kioto, menos aún el Tratado de la Corte Penal Internacional, ni si- En estos momentos la agenda europea es para los americanos mucho menos importante que la agenda del Pacífico. Europa ha sido eclipsada por Asia y en la guerra económica entre los tres bloques tenemos, sin exagerar un ápice todas las de perder a pesar del éxito del Airbus A- 380 quiera el Convenio contra la Tortura. Pero aun así es casi seguro que tanto los lenguajes como las actitudes irán cambiando de forma lenta y gradual pero significativa. El presidente Bush dijo hace unos días que el resultado electoral justificaba enteramente su política en Irak. Pero él y todo su equipo saben que eso no es así. Las encuestas demuestran que el país sigue profunda y peligrosamente dividido, mucho más que en ningún otro momento de su historia. La guerra de Irak se ha convertido en un desastre realmente esplendoroso que no va a mejorar aunque se celebren, si es que se celebran, las elecciones del 30 de enero. Afrontar esta situación que está afectando negativamente a la vida norteamericana en todos los órdenes va a ser la prioridad máxima, inicialmente casi la única, de este segundo mandato. Y para ello sólo existe un remedio: internacionalizar el conflicto, generar una coalición internacional que ayude- -y no va a ser fácil- -a la coalición anglosajona a salir de la situación de la mejor manera posible. El 22 de febrero próxi- mo Bush visita Alemania. Ese podría, ese debería ser el momento histórico preciso para empezar una nueva época en las relaciones transatlánticas, que están pasando por un momento especialmente difícil, debido, entre otras causas, a la falta de liderazgo y al pobre y torpe comportamiento de un eje franco- alemán que no manda ni deja mandar. Francia, Alemania y desde luego España tienen que apoyar decididamente a los Estados Unidos y a Gran Bretaña en definir y participar en una nueva estrategia. No podemos caer en la insensatez de alegrarnos de los fracasos ajenos, ni es esta la ocasión propicia para dar lecciones de ética, ni para imponer condiciones sine qua non No podemos, tampoco exigir compartir de tú a tú el liderazgo americano, pero sí podemos influir para que ese liderazgo se ejerza con respeto a los principios de legitimidad y legalidad internacional y además, sobre todo, con una prudencia inteligente, con civilidad, con good manners Si hacemos lo contrario, si nos empeñamos en dejarles solos, si miramos con desdén hacia otro sitio, acabaremos pagando un precio muy alto. En estos momentos la agenda europea es para los americanos mucho menos importante que la agenda del Pacífico. Europa ha sido eclipsada por Asia y en la guerra económica entre los tres bloques tenemos, sin exagerar un ápice todas las de perder a pesar del éxito del Airbus A- 380. Habrá, por lo tanto, que hacer un esfuerzo importante y tendrá que ser un esfuerzo muy claro y muy inteligible, porque en estos momentos el antieuropeísmo en América se ha ido generalizando y, aunque darían la bienvenida más sincera al apoyo europeo, han llegado a la conclusión provisional de que ni siquiera queriéndolo hacer lo sabríamos hacer, dadas las complejidades, los complejos y los juegos de protagonismo con los que nos gusta y solemos actuar. Reconozcamos que no es fácil entendernos y hagamos de una vez las cosas de manera distinta a la habitual. Añadamos incluso esa generosidad y esa grandeza con las que nos trataron los americanos en varias ocasiones difíciles e incluso críticas de nuestra historia. Sería triste, peligroso y absurdo que el conflicto de Irak se resolviera sin la intervención, sin la presencia europea. España tiene la doble oportunidad de presionar para que eso no sea así, y de recuperar, de paso, y sin necesidad de abandonar ningún principio, la buena relación con un país que nos interesa de forma muy especial. Sería de desear que en la toma de posesión del 20 de enero de 2009, nuestro presidente del Gobierno fuera un invitado de honor. Además de la guerra de Irak, hay sin duda otros muchos problemas: el déficit americano, el dólar declinante, Irán, Corea del Norte, Oriente Medio, la emigración, la pobreza, el terrorismo islámico y varios más. Pero todos ellos dependen en gran medida de cómo se vaya resolviendo esa guerra. Aun así merecerá la pena analizarlos en un próximo comentario. ANTONIO GARRIGUES WALKER Jurista