Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
62 Tribuna MIÉRCOLES 19 1 2005 ABC L A visita de los Reyes de España a Marruecos está dando lugar, por las apreciaciones enfrentadas que suscita entre los dos principales partidos políticos y entre los medios de comunicación, principalmente los hablados, a un acto más de una poco enriquecedora evolución de los últimos años hacia el bipartidismo y como consecuencia de él hacia el biperiodismo Resulta muy laborioso, más allá del comentario y la opinión sobre la visita misma, sobre los gestos, sobre las palabras, en estos casos y por motivos obvios eminentemente protocolares, enterarse de la trascendencia de los hechos concretos que la jalonan la estancia de los Reyes en Marruecos. Igualmente difícil resulta, más allá de las intenciones que se le presta al ejecutivo español, poder ver con claridad qué busca el Gobierno con esta visita, qué objetivos aparte del simbólico, intenta alcanzar. Es cierto que el Gobierno mismo no contribuye mucho a aclararlo. Una primera constatación empírica permite deducir que los dos Gobiernos, español y marroquí, quieren simbolizar con la visita de Sus Majestades a Marruecos la recuperación del clima tradicional de las relaciones entre los dos países y permitir que las respectivas ciudadanías perciban de ella el reencuentro entre dos países que estuvieron durante la segunda legislatura del PP separados por una notable incomprensión y a punto de un enfrentamiento armado. La narrativa oficial del viaje, tanto la marroquí como la de los portavoces más o menos oficiales españoles, sitúa esta visita Real como el símbolo y culminación de un proceso- -breve proceso porque sólo parte desde las elecciones españolas de marzo de 2004, de recuperación y de cambio duradero en la forma y en el fondo de las relaciones hispano- marroquíes. La forma de hacerlo ha sido no sólo la más solemne, por involucrar a los Reyes, sino la más significativa por tratarse de España y Marruecos, las dos únicas Monarquías que quedan en el Mediterráneo occidental, que a pesar de ello sólo se han visitado oficialmente dos veces en los últimos veinticinco años, la segunda de ellas ahora. Ni siquiera la firma del Tratado de Amistad, Cooperación y Buena Vecindad de 1991, sugirió a los gobernantes de entonces la necesidad de una visita Real oficial y el momento era tan favorable como ahora o más puesto que entonces se basaba en acuerdos y evoluciones concretas. El viaje que ahora efectúan los Reyes viene en cierta medida a recordar que aquel Tratado resultó inoperante cuando la pasada crisis llamada de Perejil ESPAÑA- MARRUECOS ¿UN NUEVO CLIMA? ¿UN CAMBIO DURADERO? DOMINGO DEL PINO Escritor Tu- rah Leila le debió poner a prueba y que ahora los Reyes remedian esa carencia. No de la mejor forma por cierto ya que es legítimo y democrático que los españoles prefieran que sean los acuerdos y los tratados los que balicen el terreno donde discurren las relaciones hispanomarroquíes y no sólo las personas de los Reyes, por muy augustas y respetables que sean. Visto de esa manera, es lógico pensar que después de veinticinco años sin visita oficial se podía haber esperado un poco más hasta que la recuperación del buen talante, que es cierta, entre los dos países se hubiese traducido en la solución duradera de algunos de los problemas que a pesar de la percepción que hizo recaer sobre ellos la mala química entre gobernantes durante la pasada legislatura, no son la consecuencia del Gobierno de uno u otro partido, sino recurrentes en las siempre difíciles relaciones entre España y Marruecos. Uno de ellos, como la tan importante delimitación de los respectivos espacios marítimos en aguas del Mediterráneo y en el espacio canario- sahariano, está pendiente y es en sí mismo trascendente porque remite a los dos grandes problemas de las relaciones hispano- marroquíes, el Sahara occidental y la reivindicación marroquí de Ceuta y Melilla. Con respecto al primer asunto, el Sahara occidental, desde el punto de vista de las declaraciones ningún representante español se ha alejado de la tradicional política española al respecto. Todos reiteran que España busca una solución basada en las resoluciones pertinentes de la ONU y aunque se añade que se espera que se llegue a ello mediante un acuerdo entre las partes, ésta también era una fórmula consagrada en las declaraciones de los portavoces del PP cuando gobernaba. Es una expresión que permiten las propias resoluciones de la ONU que el Secretario General de la Organización, Kofi Annan, en sus informes y el Consejo de Seguridad cuando los avala, remite a la apreciación de las partes, entre las cuales siempre está y estuvo incluida, y así lo admite desde hace años, Argelia. El problema no está en las declaracio- nes sino en la percepción de esas declaraciones. Todos sabemos desde que Hugo Grotius y otros muchos que después de él lo repitieran, la trascendencia de las percepciones en las relaciones entre los Estados. Y la verdad es que, más allá de las declaraciones y de lo que en conciencia piense el actual Gobierno español, lo cierto es que Marruecos, su Rey, su Gobierno, su clase política y su prensa y buena parte de la clase política española y los medios españoles perciben, sin que nadie lo desmienta, que existe una inflexión promarroquí de la política exterior española en un conflicto, como el del Sahara occidental, en relación con el cual la opinión pública española parece tener una percepción diferente casi tan clara como la que tenía contraria a la guerra de Irak. En cuanto al segundo problema a que remite la delimitación de los espacios marítimos, Ceuta y Melilla, el momento histórico presente, con España plenamente integrada y miembro activo y destacado de la Unión Europea y de la OTAN, es muy diferente al que siguió al Protectorado de Marruecos y la descolonización, al amparo de la cual resurgieron las reivindicaciones marroquíes de esas ciudades españolas que son tan antiguas como antiguas las respuestas de España. Se remontan al año 711, al que hay que retrotraer casi todo lo bueno y lo perverso que existe en las relaciones hispano- marroquíes. Como oportunidad histórica, éste parece ser el momento para España de fijar y consolidar de manera definitiva sus fronteras marítimas y terrestres, que son a su vez fronteras de la Unión Europea, y de lograr que éstas le sean de una vez por todas universalmente reconocidas. No se me escapa que es un problema delicado, quizá EL PROBLEMA con mayúscula entre España y Marruecos, pero problema inconcebible en el siglo XXI. Debemos exclusivamente a ese peculiar sentido del humor inglés y de Inglaterra que mantiene sin solución otro problema anacrónico, incomprensible, insostenible, entre dos países socios y miembros de la UE como España y el Reino Unido, como es el de Gibraltar, que internacionalmente no se perciba la diferencia entre ambos y que en consecuencia sufra la percepción correcta o favorable a España de la cuestión de Ceuta y Melilla. Desde el triunfo electoral del PSOE se ha hablado mucho del necesario consenso en política exterior. La política exterior hacia Marruecos después de un período tan traumático en este dominio como la última legislatura del partido Popular, es quizá la que presenta mayor urgencia y mayor necesidad de un consenso entre el partido en el Gobierno y el primer partido de la oposición. Sobre todo porque son los únicos partidos que tienen posibilidades reales de gobernar y puede que los intereses exteriores españoles no puedan permitirse inflexiones tan grandes y tan bruscas de la política exterior como las ocurridas en los últimos seis años. El viaje de los Reyes a Marruecos tiene lugar sin que ese mínimo consenso haya sido alcanzado. Se puede presumir, a juzgar por actuaciones y declaraciones pasadas de los dos partidos aludidos, que los dos coinciden en el carácter estratégico para España de las relaciones con Marruecos. Pero lo que no se puede deducir de ello es que algunos cambios previsibles de la actual política, por el momento sólo matices y percepciones de la evolución de las relaciones hispano- marroquíes, vayan a perdurar si en el próximo periodo legislativo se da una mayoría diferente. Es verdad igualmente que consensos más allá de los grandes principios generales en política exterior entre el partido que gobierna y el partido de la oposición son difíciles, pero el caso de Marruecos presenta el lado excepcional de que en amistad o en enfrentamiento, las reivindicaciones territoriales de Marruecos, expresas o latentes, cuestionan la integridad territorial de España y con ella su estabilidad. Los ciudadanos estamos en el derecho de esperar que las diferencias partidarias y la necesidad de pequeñas victorias en pequeñas escaramuzas de política exterior cedan el paso a la responsabilidad política y al sentido del Estado. Las relaciones entre España y Marruecos necesitan a su vez que de una vez por todas se las deje de medir por el tan académico procedimiento de la botella medio vacío o la botella medio llena y que unos dejen de ver siempre el lado vacío de la botella marroquí y otros solamente el lado lleno y construyamos una idea de Marruecos y unas relaciones con Marruecos sobre premisas más objetivas, más científicas y más reales. E L muchacho cuenta a todos los que desean escucharle que le llaman Foco porque su madre fue una foca. Alguien le recrimina que se refiera con tan poco respeto a la mujer que le dio la vida. -No se trata de que le falte el respeto- -replica el muchacho con una sonrisa encantadora- No se trata, tampoco, de que mi madre fuese gorda. Ella fue realmente una foca. Pero antes de ser foca fue una hermosa nerei- A PROPÓSITO DE LA PASIÓN JAVIER TOMEO Escritor da, hija de Nereo, el dios marino. La pobre no supo qué hacer para rechazar a Eaco, mi padre, que era un pesado de tomo y lomo, y por eso decidió transformarse en foca, haciendo uso de la facultad de metamorfosearse que tienen los dioses y las diosas del mar. ¿Y ni siquiera desistió tu padre Eaco, al ver a su enamorada converti- da en un mamífero marino? -No. Mi padre fue un hombre tan apasionado que no tuvo en cuenta el aspecto de mi madre, así que se unió a ella y nací yo como fruto de aquella extraña unión. Y me siento también orgulloso de mi padre porque siempre he pensado que los hombres solamente son grandes cuando obran a impulsos de la pasión. No pienso, desde luego, como Pitágoras, que opinaba que es peor ser esclavo de una pasión que de un tirano.