Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
66 Los domingos DOMINGO 16 1 2005 ABC LIBROS El profesor Juan Ramón Lodares ha convertido su nuevo libro El porvenir del Español (Ed. Taurus) en una provocadora sucesión de preguntas- -con un esfuerzo por responder a ellas- -que lo alejan del ensayo sólo para especialistas. Partimos de una realidad: el 96 por ciento de los humanos se entiende con el 4 por ciento de las lenguas existentes, y el 80 por ciento de la superficie terrestre se puede recorrer con el auxilio de seis o siete idiomas. En ese contexto, ¿qué le aguarda al español? ¿Cómo evolucionará en Hispanoamérica y los Estados Unidos? ¿Cómo lo tratará la Unión Europea, si en la propia España no se cuida demasiado... El español en la Unión Europea: algunas cuestiones de estrategia spañol es una lengua más americana que europea. Solo uno de cada diez hispanohablantes vive en españa. En número de hablantes natos la superan en la Unión Europea: el alemán, el francés y el italiano, si bien, como advierte Francisco Marcos Marín: Aunque dentro de la Comunidad Europea ocupa la quinta plaza demográficamente, en otros aspectos se sitúa en un puesto inferior Efectivamente, en peso económico y comercial el español está en la Unión Europea por detrás del holandés, y el sueco se sitúa a no mucha distancia de él en este terreno. Con la ampliación hacia Europa oriental se ha visto igualado por el polaco en número de hablantes y ¿quién sabe? puede verse mañana ampliamente superado por el ruso o el turco. En ocho de cada diez páginas que se traduce en la Unión Europea intervienen el inglés, el francés y el alemán. Los encuestados en el último Eurobarómetro con la pregunta Aparte de la lengua propia, ¿qué otras considera que son las más útiles? respondieron: inglés (75 por ciento) francés (40 por ciento) alemán (23 por ciento) y, a alguna distancia, español e italiano. Siendo este último un idioma con muchos menos hablantes que el español en el contexto mundial, lo supera, al menos potencialmente, en interés como estudiantes europeos; quizá esté basado este hecho en el crédito internacional del que gozan los liceos italianos para los estudios de enseñanza primaria y media, mientras que el español no tiene centros de similar tradición académica. En la historia europea el español ha tenido un puesto particular. No fue la lengua de alta diplomacia o pleno valor internacional. El latín, el francés o el italiano solían cumplir esos papeles. El español suscitó durante el siglo XVII cierto interés internacional por una razón evidente: dado que España era la cabeza de una potencia imperial, era necesario entenderse con ella y más cuando los españoles- -y especialmente los castellanos- -no se ocupaban en aprender las lenguas de sus vecinos europeos. El auge que experimentó el español, y lo español, en la Europa del siglo XVII fue evidente, pero la lengua distó mucho de convertirse en la llave del mundo como la denominó Baltasar Gracián. El francés, el auge del inglés y la potencia centroeuropea del alemán desplazan progresivamente al español a un puesto periférico en la escena continental durante los siglos XIX y XX. Por lo demás, conviene considerar que la Unión Europea es creación fundamentalmente de dos socios que se expresan en francés y en alemán. La primera es una lengua internacional en cuyo mantenimiento, estrategia y representación internacionales se invierten cuantiosas sumas de dinero e imaginación; y la segunda es la lengua con más hablantes natos dentro de la Unión Europea, la de mayor peso conmercial y, previsiblemente, la que más interesará, con el inglés, en los países de Ele He aquí un argumento a favor del español europeo: presentarse como la frontera occidental de Hispanoamérica en Europa también como la única lengua hablada en la UE que verdaderamente interesa en Estados Unidos y, con el inglés, en Brasil Europa oriental que se vayan sumando En fin, la realidad es la realidad: el español es un condominio lingüístico básicamente americano con un apéndice europeo La Unión Europea suele mostrar mucho tacto en la cuestión de las lenguas. Le gusta presentarse como un dominio plurilingüe donde todas las lenguas estatales de los miembros que la componen tienen plena oficialidad. La Unión Europea puede tomar varias opciones a la hora de orientar su política lingüística, si se decide por establecer alguna. Puede optar por el intervencionismo dirigido a un fin o puede dejar hacer según los gustos y necesidades de los europeos. Quizás esta última opción también sea, a su modo, una forma de hacer política que, en todo caso, parece favorecer al inglés: casi la mitad de europeos, un 41 por ciento, se siente capaz de hablarlo con cierta pericia frente al 7 por ciento que se sentiría capaz de hablar español; y casi un 70 por ciento de los funcionarios europeos provenientes de los países de la ampliación han elegido el inglés como lengua extranjera cuando se examina para burócrata. El inglés resulta ser la lengua más estudiada en las escuelas de la Unión Europea como idioma extranjero, con gran ventaja frente a cualquier otra. Muchos europeos la consideran como una lengua neutra, que no define a nadie, que no transmite valores nacionales ni culturales específicamente angloamericanos, sino que cada cual puede verter sus propias experiencias en ella. Pero no todo el mundo habla inglés, ni es previsible que todos los europeos lo dominen con soltura y familiaridad en un plazo razonable; y sin este dominio no puede haber una política democrática y de igualdad de oportunidades basada en una lengua común que no dejará de ser lengua extranjera para muchos. En vez de consagrarse al azar, la Unión Europea podría orientar su política con otro rumbo. No han faltado propuestas al respecto, aparte de las imposibles de aprender esperanto o recuperar el latín: por ejemplo, dar prelación a un grupo de cinco lenguas de trabajo (al estilo de la ONU) que serían el inglés, el francés, el alemán, el español y el italiano, y facilitar el que los ciudadanos de la Unión Europea dominen dos lenguas extranjeras además de la materna, si bien esto último no deja de ser un desideratum ¿Qué lenguas serían esas dos además de la materna? En su día, Giscard d Estaigne expresó que esas dos lenguas no podía ser otras que el inglés y, por supuesto, el francés. De este modo, todos los europeos, hablaran la lengua que hablaran, se encaminarían hacia una incipiente comunidad lingüística basada en dos lenguas: un alemán siempre podría entenderse con un portugués en inglés o francés, en esas lenguas podrían entenderse un sueco con un español. Y los franceses e ingleses no tendrían por qué cambiar la propia cuando se trasladaran por la Unión Europea, lo que, sin duda, les supondría una gran ventaja.