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36 Madrid DOMINGO 16 1 2005 ABC MADRID UNA Y MEDIA LA REALIDAD DE DIOS JESÚS HIGUERAS ESTEBAN os psicólogos piden a veces a sus pacientes que les digan un animal con el que se identifican. El animal que se elija ayuda a conocer la personalidad de la persona. A la hora de representarse a Zeus, el Señor de los humanos, los antiguos griegos lo hacían por medio del águila, el cetro y el rayo. Estos símbolos dejan traslucir una concepción generalizada entre los humanos: Dios supervisa, manda y fulmina. Y los cristianos no hemos estado muchas veces lejos de representar a Dios de un modo muy parecido: duro, distante, inexpresivo y frío. Aunque la Sagrada Escritura nos recuerda que el Creador hizo su obra más perfecta a su imagen y semejanza, nosotros hemos sucumbido muchas veces a la tentación de representar a Dios a nuestra imagen y a semejanza de nuestros actos, de nuestras reacciones. Una buena medicina para esta tentación es dejar que sea el mismo Dios, a través de las Escrituras, quien nos revele su verdadera realidad, con sus propios atributos. En el evangelio de hoy, vemos cómo Juan el Bautista presenta a Jesús al pueblo de Israel. De Él dice que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo Que Jesús ha hecho suyo, ha asumido con toda solidaridad el mal y el pecado en el que los hombres estamos metidos, con todas sus consecuencias, y ahí, compartiendo totalmente nuestra vida, ha sido también totalmente fl a Dios. Hasta sufrir estas consecuencias del modo más doloroso: hasta ser ejecutado. Y así, alguien que es un hombre como nosotros ha vivido plenamente el amor y la verdad de Dios. Ya ni existe esa barrera que nos impedía a los hombres participar del amor pleno que es Dios: Jesús ha roto esa barrera, y nosotros tenemos ya el camino libre, si nos agarramos a él, si nos unimos a él, si lo seguimos a él. La escucha atenta de la Palabra y la participación activa y plena de la Eucaristía nos irán mostrando la verdadera personalidad de nuestro Dios, cómo quiere mostrársenos, qué es lo que podemos esperar de Él y por supuesto también, qué es lo que nosotros podemos ofrecerle desde nuestra pobreza. L DIMES Y DIRETES ANTONIO SÁENZ DE MIERA AMIGOS DEL GUADARRAMA COLILLAS EN LA MALICIOSA El autor recrimina a los excursionistas que arrojan colillas en cumbres como la de La Maliciosa, colillas que tardan casi un siglo en degradarse iene que ser por ignorancia. No se puede entender de otra forma que amantes de la montaña que han subido hasta la Maliciosa tiren sus colillas en la cumbre. No es extraño que cuando estás en las nubes te dé por pensar en lo mejor de lo posible, y muy cerca de ellas estábamos cuando llegamos al pico y nos encontramos con las colillas. Como nos pasa con una herida pequeña en la lengua, aquel mínimo contratiempo nos destrozó la cumbre ¿Por qué? ¿Por el daño que puedan causar las colillas a la naturaleza? Es posible que haya gente que piense que no es para tanto, pero el daño es real: entre 75 y 100 años o más tardan en degradarse; el plástico tarda más de 100 años; unas latas de aluminio más de 300 años; el vidrio no se biodegrada jamás; las gomas y los neumáticos... etc. Desconocer estos datos no los hace menos reales. Pero no es sólo eso. No sabría cifrar el tamaño del daño que hacen unas colillas tiradas en el monte, muy pequeño si lo compara- T mos con las agresiones más intensas, más globales, que recibe a diario la naturaleza. Esta excusa no vale, sin embargo, para justificar nuestro descuido. Es un mal síntoma. La Sierra estaba ahí antes de nosotros y seguirá estando años y años, y se devorará esas tristes colillas, finalmente, cuando de quienes las tiraron ya no quede ni el recuerdo. Lo que nos desazonaba aquella mañana luminosa era más un atentado de lesa naturaleza que de lesa cultura lo que más nos dolía en aquella cima de La Maliciosa era algo relacionado con la sensibilidad y la cultura. Porque nos hemos vuelto muy exigentes, muy sensibles dirán algunos. Quizás sea cierto, pero no dejo de pensar que la creciente masificación que se está produciendo en el uso de la sierra nos obliga a estar alerta, a extremar la vigilancia. Antes éramos unos pocos privilegiados los que salíamos al monte; ahora son, afortunadamente, muchos los que quieren disfrutar de la naturaleza. Tienen derecho a ello. La cercanía del Guadarrama supone una gran oportunidad para los madrileños que hacen bien en aprovechar, pero la sierra es frágil. Sin un mínimo de cuidado y de respeto podemos acabar por convertir nuestros montes en otra cosa. Muchos siguen pensando que lo que es de todos no es de nadie y eso es peligrosísimo para los espacios naturales. No hay que hacer mucha filosofía para explicar y comprender algo así: es de sentido común. Pero hay que decirlo a diestro y siniestro; hay que convencer a todos los ciudadanos de que el cuidado de los espacios públicos es, al menos, tan importante como el del coche de cada uno, la casa de cada uno, el jardín de cada uno... Tirar un klinex cortar una rama de acebo, arrancar musgo, apagar una colilla, son actos inocentes, pequeños, que, podemos pensar, no hacen mal a nadie Pero no es cierto, y ya no podemos hacer creer que lo ignoramos. Hace mal a alguien aunque no sepamos su nombre y apellidos, nos equipara a esos ciudadanos inciviles que desprecian el valor público del suelo que pisan y el paisaje que ensucian... El gesto inocente y cotidiano de tirar un cigarrillo y apagarlo con el pie adquiere una dimensión distinta en la cumbre de una montaña. Los fumadores, perseguidos ya en casi todos los lugares, dirán que ya lo que les faltaba Pero no. En las cumbres de nuestra Sierra no hay, por el momento, ninguna prohibición expresa de nada, ni la habrá (espero) en el futuro. En los picos que cada uno piense y fume lo que quiera (allí arriba la sensación de libertad es casi irrefrenable) pero que luego se lo lleve consigo en su mochila. cuadernodelguadarrama hotmail. com