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ABC SÁBADO 15 1 2005 Los sábados de ABC 99 LIBROS EDUARDO MENCOS Diseñador de jardines EL GUINDO MÓNICA F. ACEYTUNO Color, textura, olor: un jardín es un placer para los sentidos De casta el viene al galgo. Su amor por los jardines- -y su capacidad para inventarlos -procede de su abuela, que le enseñó el valor de flores y plantas, sus posibilidades estéticas y su influencia en el espíritu. Un libro nos descubre los paisajes secretos de toda España POR PATRICIA ESPINOSA DE LOS MONTEROS ZAPATERO DE CABALLOS H Muestra Eduardo Mencos en este libro más de 30 de sus rincones preferidos de todo el mapa español, fotografiados por su cámara y captados por su particular visión de la naturaleza. Su ojo, acostumbrado a ver mucho desde distintos enfoques, no sólo ha seleccionado jardines escondidos, verdaderos tesoros, clásicos unos, otros revolucionarios (como el suyo de Guadalajara) sino las épocas del año que a su juicio los favorecen más. Desde un paisaje escarchado hasta otro desértico y en lugares tan áridos y duros como Soria o Lanzarote, Mencos nos revela cómo se muestra la naturaleza mimada en cualquier estación. Algunos de estos jardines ya los inventarió su abuela, la Marquesa de Casa Valdés, en su mítico libro de Jardines de España otros son absolutamente novedosos y fruto de las últimas tendencias, que también las hay, en el mundo del jardín. Es, en definitiva, un recorrido de más de 150 páginas y 250 fotografías, de la mano de este jardinero polifacético, por sus lugares favoritos. Ademas de director de cine y escultor, a Eduardo Mencos se le reconoce como un fotógrafo de prestigio y un diseñador de jardines un tanto vanguardista. Introducido en este mundo de la mano de su abuela, la Gran Dama de los Jardines, como se la conoce en el medio, es un mundo que ha vivido desde niño desarrollando esta vocación en muchas direcciones. Es colaborador habitual en publicaciones como Vogue, Traveller o Casa Campo y autor de varios libros de fotografía como Mi Sevilla y La Gran aventura de los Indianos -En su curriculum aparece usted como un hom- Fuente vertical de acero inoxidable y cristal diseñada por el paisajista- -a la izquierda- -como punto focal de una piscina que hace de estanque ¿son los del norte o los del sur? -No creo tanto en esta disyuntiva. Es más importante el estilo y la época en la que se hace un jardín y eso le da su impronta. Lo que hay son plantas que crecen mejor en un lugar que en otro, y lo que le da valor a un jardín es su encuentro con lo que lo rodea y sus propietarios. -Dígame un jardin nuevo que quedará para la historia. -El Parque Citroën de París, creado en los solares de una fábrica de coches. ¿Por qué? Porque es al tiempo clásico y atrevido, lleno de espacios diferentes y sorprendentes, que hacen felices a los que están allí. ¿Y uno antiguo que perdurará en el siglo XXII? ¿Por qué? -El del Alcázar de Sevilla, porque es sugerente, oloroso, abierto y cerrado, mestizo y respetuoso, y con un pasado todavía por descubrir. ¿Le parece que se puede tener más futuro? Título: Jardines Secretos de España Autor: Eduardo Mencos Editorial: Blume Páginas: 160 Precio: 29,90 euros bre multifacético. ¿Qué se considera más, fotógrafo, escultor, jardinero... -Creo que todas esas actividades son formas de expresión creativa, que nutren con fuerza mi vocación jardinero- paisajista. ¿Cuál ha sido la influencia de su abuela en su vocación artística? -Me enseñó con pasión su pasión: la jardinería. También me enseñó que las plantas son valiosas en sí mismas, pero son el color, la textura y un olor de un todo, un cuadro diseñado con un propósito, dar placer a los sentidos. -Para usted, los jardines, así, con mayúscula, a venido el herrador. Cuando llegamos aquí, todavía se abrían surcos en la tierra con la ayuda de una yegua, a besta la llamaban, pero hasta el día de hoy no había asistido al herraje de un caballo. Recuerda un poco a la manicura de las peluquerías, aunque en vez del cesto con los esmaltes de uñas, portan los herradores un tripié, que es una pieza metálica en la que apoya el casco el caballo y que a su vez lleva en compartimentos, entre otras herramientas, un martillo, unos alicates, y una lima con la que se podría liberar a un preso. Entonces el herrador, que es todo espalda, se coloca debajo de la cabeza del caballo como si, de llevarlas, fuera a quitarle unas botas, y tras descalzarle y recortarle los cascos, procede a calentar la nueva herradura en un horno de gas que trae en un remolque de los que usan los cazadores para llevar los perros. En caliente, casi al rojo vivo, se prueba como un zapato la herradura al caballo y sale un humo blanco, como de ramas verdes que se queman, y con una suerte de tenazas cuyo nombre no me he atrevido a preguntar para no resultar pesada, se ajusta a la medida del casco, y se modela, y se enfría en un cubo de agua. Todo esto se hace en el más absoluto silencio, pues la docilidad del caballo es la de un cordero, y el herrador no habla a no ser que se le pregunte, y todo el ruido que se oye es el del martillo en el yunque, algún gallo que canta a deshora, o el pasar de una bisbita sobrevolando el establo. Este herrador es joven, se llama Sergio, y más que celta se diría que es descendiente de los vikingos. Lleva un mandilón de cuero donde sujeta un imán al que se adhieren los clavos que se perderían para siempre si cayeran entre la paja. Hay otro herrador que es mayor y del que no sabría decir cuál es su nombre de pila pues su taller de zapatería hace tiempo que le robó el nombre propio. El Rápido lo llamamos. Más de una vez me puso en las botas unas medias suelas cuya forma, ahora que lo veo, es la misma que la del casco de un caballo.