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ABC VIERNES 14 1 2005 Espectáculos 61 Nuestra música El cónsul Perlasca Tú no has visto nada en Sarajevo ANTONIO WEINRICHTER La banalidad del bien A. W, Godard es el muerto que goza de mejor salud de todos los que han querido matar los enemigos del modernismo fílmico: él representa, como dijo una vez al visitar Madrid, la tradición de la vanguardia. Al evento que supone el estreno de una película suya se une el interés añadido de que se trata de una de sus obras recientes más asequibles. Notre musique nace de un impulso: intentar entender una ciudad cubierta de alambre y un cielo rojo por las explosiones Esa ciudad, Sarajevo, sirve de pie para una reflexión más general sobre la devastación y el odio étnico que recala en el conflicto palestino- israelí: en una de esas frases cuyo secreto posee, Godard dice que dicho conflicto ha conducido a los judíos hacia la ficción y a los palestinos hacia el documental. Y lo dice en el curso de una lección que sólo cabe calificar de magistral: el gran problema, dice, a la hora de pensar (y de filmar) el mundo consiste en poder hacerse dos imágenes distintas de una cosa, el plano y el contraplano, lo imaginario y lo real. Y el principal problema para sacar provecho de la lección godardiana es lo poco acostumbrados que estamos a su método, pese a que ya lo definió en 1967: es un poco como si quisiera escri- Luca Zingaretti Godard, a la derecha, durante el rodaje Director: Jean- Luc Godard Intérpretes: Sara Adler, Nade Dieu, Rony Kramer, Georges Aguilar Nacionalidad: Francia Suiza, 2004 Duración: 80 minutos Calificación: bir un ensayo sociológico en forma de novela y para hacerlo sólo dispusiera de notas musicales. El cine- ensayo de Godard no es, por supuesto, narrativo, pero tampoco es prosa: filma como se escribe poesía, se compone música o se arma un collage. Hay una presen- cia, la suya, que ocupa todo el espacio de la película, pero su voz se enmascara en un mix de citas: voces invitadas como la de Goytisolo o imágenes apropiadas como las de ese genial montaje inicial de planos de cine bélico en donde intenta hacernos ver a su modo poético y paradójico a través de los escombros de todos los sarajevos reales o imaginarios. Viendo Notre musique se comprende por qué Godard es irreemplazable y también por qué hay tanto interés en jubilarlo. Director: Alberto Negrín Intérpretes: Luca Zingaretti, Jérôme Anger, Amanda Sandrelli Nacionalidad: Italia Hungría, 2002 Duración: 126 minutos Calificación: Basada en hechos reales, y en una novela de Enrico Deaglio que se titula igual que esta reseña (no vayamos a apuntarnos méritos ajenos) esta película cuenta la historia de un héroe reticente: un ciudadano italiano que se encuentra en la Budapest ocupada por los nazis cuando estos empiezan a quemar etapas en el camino del Holocausto. Un poco conducido por los acontecimientos, Giorgio Perlasca va implicándose en la tarea de salvar a cuantos judíos puede: ello le lleva a hacerse pasar por el cónsul español en la capital húngara y a forzar en su favor los recovecos de la diplomacia, la burocracia y la legislación con la que los nazis disfrazan su brutal política de exterminio. Es como intentar ponerle puertas al mar, pero Perlasca es un empresario pragmático y cosecha pequeñas victorias que acaban sumando un número considerable de vidas salvadas. Eso basta para convertirle en un justo entre las naciones y justifica el proyecto de contar su historia, como se contó la de Schindler o la de Korczak (A. Wajda, 1990) quizá el más lúcido de estos retratos de héroes pírricos porque acaba con su impotencia final ante la salida de los trenes de la muerte. El problema de este (tele) filme de la RAI dirigido por Alberto Negrín- -de profesión sus miniseries y grandes relatos- -es que incurre en todos los defectos del cine retro al reducir la Historia a una serie de clichés que invalidan o al menos banalizan (volviendo a Hannah Arendt) la historia concreta que cuenta: sentimentalismo en vez de sentido trágico, una engañosa catarsis final, villanos excesivos y estilosos, etc. Un pensador alemán se preguntó si cabía hacer poesía después de Auschwitz; lo que no cabe es hacer películas (y hay muchas más que ésta) que pretenden mostrar lo indecible sin dejar de ser falsamente reconfortantes. 14 días de vida Maqueando el maco JAVIER CORTIJO Ya sabemos cómo se las gasta el cine alemán entre rejas desde ese maquiavélico y aleccionador El experimento así que un nuevo menú (aunque tenga varios años más de antigüedad) de régimen penitenciario con puré de patatas no tendría que sorprender a nadie. Como tampoco el rocambolesco arranque y premisa de la película, con un abogado más chulo que un ocho que ingresa voluntariamente en prisión por culpa de un quítame aquí unas multas de aparcamiento (tomad nota, burladores de las zonas azules para darle publicidad a su mustio bufete. Comparado con algunas argucias de ciertos picapleitos ibéricos, con su troupe de jamonas de todo a diez millones, pecata minuta. Justo ahí nos pone el director la primera piedra en el camino o en el zapato: aceptar como acompañante de la siguiente hora y media a un botarate al que sospechamos, y hasta deseamos, que los catorce días a la sombra se multipliquen al menos por otros catorce. Por supuesto, tal mal fario se cumple, aunque tal vez el nervio de la narración hubiese ganado en intensidad si Richter se hubiese ceñido a esas dos semanas de gota malaya. Entonces, se cambia de eje, identificándonos de pleno con el pobre pardillo, al que por cierto da vida un espléndido Kai Wiesinger con inmejorable Director: Roland Suso Richter Intérpretes: Kai Wiesinger, Michael Mendl, Katharina Meinecke Nacionalidad: Alemania, 1997 Duración: 100 minutos Calificación: expresión de bocata de lima sin limón, claro. Y desde ahí empezamos a saborear el salitre de los barrotes, uno de los regustos preferidos del séptimo arte de ayer y de siempre ¿será porque una sala de cine tiene algo de celda de aislamiento para condenados a cadena perpetua cinéfila también voluntaria? y a detectar unos cuantos de sus tics y lugares comunes, bien sea la ducha, la lavandería, el patio o el palillo en el colmillo del celador. Lástima que los grilletes de este segundo tramo no estén tan bien calados, con la demasiado elíptica relación con la psicóloga, el plan de fuga algo embrollado y una tajada jurídica sin la guarnición de los banquillos de madera noble. De cualquier forma, una película de las de crimen, castigo y redención de esas que nunca hacen daño a la vista, a pesar de que acarrea la bola encadenada con el tonelaje de tanto prisionero ilustre en nuestra memoria cinematográfica.