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ABC VIERNES 14 1 2005 Espectáculos 57 El aviador Cuando ser dios era una aventura E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Asombrosa película, hecha como se hacían antes las películas, salpicada de nombres que se solapan en importancia y que pugnan entre ellos por ser los dueños del alma del proyecto. Una película como las de entonces, cuando el productor era tan duro y cinéfago como el director (Michael Mann, Scorsese) una película con estrella (Leonardo DiCaprio) que alienta el trabajo desde su origen, y con un puñado de actores que entran en tromba para adueñársela, para llevársela a su talega (Cate Blanchet finge una magnífica y extravagante Katharine Hepburn. Kate Beckinsale esculpe una lejana y adorable Ava Gardner... una película que te transporta al mejor y al peor Hollywood, que te sube y voltea por los aires... Una película que transmite tanta aventura y pasión como el propio personaje que retrata, Howard Hughes. La pregunta es: ¿cabe, acaso, la vida de H. Hughes en una película? Y la respuesta la da el propio Scorsese metiendo en la suya, El aviador sólo- ¿sólo? -una mitad de esa inabarcable vida. La mitad, digamos, más productiva: recoge al personaje a su llegada al cine, cuando rodó Ángeles del infierno y lo suelta veinte años después... después de romper varios corazones, varios aviones con él dentro y un buen puñado de costillas propias; después de romper varias marcas de velocidad, de altura y anchura... después de romper tanto molde. Jude Law y Cate Blanchett Director: Martin Scorsese Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Cate Blanchett, John C. Reilly y Alec Baldwin Nacionalidad: EE. UU, 2004 Duración: 169 minutos Calificación: Y abandona su personaje mucho antes de su final y de que su propia vida lo conviertiera en un espectro que ya no cabía en la película de Scorsese. Es tan luminoso, tan excitante y tan deslumbrante lo que deja Scorsese en la pantalla, que es imposible elegir menos de una docena de secuencias para la historia. En alguna de ellas, incluso, resulta un reto no abrir la boca, como en ésa en la que su avión se empotra contra los tejadillos de media barriada de Beverly Hills. En realidad, se podría hacer un recorrido por las mejores secuencias de todo su cine anterior y engarzarlas con algunas de las que aquí construye: la entrada al restaurante en Uno de los nuestros y el paseo por el hangar donde rueda su película imposible; la del espejo de Robert De Niro en Taxi driver y este DiCaprio contra su propio espejo; la fiesta de New York, New York y el fasto del Club Cocoanut Grove; la pegada de Toro salvaje y la mirada de Hughes, y el modo de ambos de tomarlas la gran tangana de Gangs of New York y la escena cumbre del Hércules, que la ve uno con las orejas como alerones y a dos dedos por encima de la butaca... Aunque la escena cumbre es la descripción rutilante, cargada de pimienta y metralla, llena de una naturalidad marciana, de la familia de Katharine Hepburn allí en su osera de Hartford, Connecticut, y contra la que se da de bruces el raro, inmaduro e inseguro orgullo de Hughes. No diremos más que El aviador es un prodigio y que cada uno de los elementos que lo componen, también. Sí se podría insistir un poco en lo profundo que llega Scorsese en el retrato de Howard Hughes (y, ¡milagro! casi sin perder la aparente intrascendencia) y en lo gran actor que es Leonardo DiCaprio y en lo bien que alberga la ambición de Hughes; y en lo que se pegan por dentro a la pared de la emoción todas esas estampas de aquel Hollywood y de aquellos tipos lustrosos que alicataron el Olimpo. talentos como los de Nicholas Ray, Robert Ryan o Don Siegel despuntaran. Pero después de haberse convertido en una figura omnipresente en los treinta y los cuarenta del siglo pasado gracias a dos pasiones profundamente estadounidenses- -la aviación y el cine- Hughes hizo su gran mutis y se convirtió en la figura misteriosa que se negaba a aparecer en público y desde luego a evitar por todos los medios que fuera registrado cómo el tiempo iba laminando su rostro. La base de su riqueza se la proporcionó la firma de equipamiento petrolífero que le legó su padre, un emporio que no hizo más que crecer cuando creó la Hughes Aircrat Company, a la que luego sumaría, entre otras, la RKO Pictures Corporation, y un sustancioso paquete de la hoy difunta Trans World Airlines (TWA) No sólo diseñó aviones sino que los pilotó, y estableció algunos récords de velocidad, incluido un viaje alrededor del mundo que completó en tres días, 19 horas y 14 minutos. Su rabioso anticomunismo le hizo prestar servicios a su país y a forjar estrechas relaciones con la CIA- -estuvo detrás de uno de los intentos de liquidar a Fidel Castro- -y con el presidente Richard Nixon. A su muerte, en abril de 1976, el valor de sus posesiones fue evaluado en 2.000 millones de dólares. Un solete de Ícaro JAVIER CORTIJO ¿En qué se diferencian Elvis Presley y Leonardo DiCaprio? En que, para algunos, Elvis sigue vivo Tal dardo envenenado- -y encanallado con alguna máscara de hierro- -circulaba por los mentideros de Hollywood cuando la colosal onda centrípeta de Titanic (ningún hundimiento salió tanto a flote) amenazaba con ahogar a sus capitanes, empezando por el rey del mundo James Cameron (que ahí sigue, en pleno arrecife abisal) y siguiendo por su protagonista masculino, desde entonces rey de las carpetas colegialas Pues nanay del Paraguay. Porque DiCaprio, que de tonto tiene lo que de feo, dio un golpe de timón a tiempo y se embarcó (con veinte millones de dólares en su bodeguilla, eso sí, aunque parece ser que la pasta que le gustaba más era la italiana) hacia las aguas turbulentas de La playa no sin antes hacer escala en Woody Allen y su Celebrity riéndose de paso de su fama de chico problemático que le persigue desde que, a los tres añitos, fue expulsado por díscolo de un programa educativo llamado Romper room (con ese nombre, ¿qué esperaban? Y es que el chaval está acostumbrado a todo, tal vez por crecer Leonardo DiCaprio en Echo Park, cocina infernal de Los Ángeles, o ser educado por unos padres renacentistas de línea seudohippy que pronto adivinaron el filón que tenían en casa y le enviaron a un anuncio de productos lácteos (podría decirse que Leo ya era la leche En la gran pantalla, igual que tantos, entró por la gatera del terror- garrapata Critters 3 siendo nominado al Oscar por primera y única vez a los 19 años por su conmovedor trabajo en ¿A quién ama Gilbert Grape? A partir de entonces, las interrogaciones más o menos retóricas han inundado su carrera: ¿Y si hubiese aceptado hacer de James Dean en vez de Rimbaud (recordemos, muy de puntillas, Vidas al límite ¿Le hubiese quedado mejor la careta murciélaga de Robin que la purpurina del Romeo shakesperiano? ¿Cómo hubieran encajado sus fans verle lucir el palmito en Boogie nights (papel que rechazó precisamente por su viaje en tercera de Titanic o el taladrado en American Psycho Y las preguntas del millón: ¿será el nuevo cachorro Corleone de El Padrino IV si a Coppola se le acaba la buena uva? ¿Acabará metiéndose en las faldas de ese tecno- Alejandro Magno con que sigue soñando Luhrmann? Entre tanta incógnita, sólo hay una certeza: su idilio profesional con Scorsese, que ya enfila su tercera colaboración en el thriller made in Hong Kong The departed y que luce más que nunca en El aviador el proyecto más anhelado de un actor demasiado pillo como para creerse Ícaro y quemarse las pestañas. En eso sí que le ganó la mano a Hughes...