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54 Cultura VIERNES 14 1 2005 ABC El barbero de Sevilla está protagonizada por María Bayo y Juan Diego Flórez JAVIER DEL REAL ÓPERA El barbero de Sevilla Rossini: El barbero de Sevilla Int. J. D. Flórez (Conde de Almaviva) B. Praticò (Bartolo) M. Bayo (Rosina) P. Spagnoli (Figaro) R. Raimondi (Don Basilio) M. Moncloa (Fiorello) S. Cordón (Berta) E. S. Ramos (Un oficial) J. C. Robles (Ambrogio) J. A. Sanguino (Un notario) Coro de la Comunidad de Madrid. Orq. Titular del Teatro Real. Esc. Ll. Corbella. Dir. escena: E. Sagi. Dir. musical: G. Gelmetti. Lugar: Teatro Real. Fecha: 13- I. Nueva producción del Teatro Real y Teatro São Carlos de Lisboa. UN BARBERO DE HOY ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE uelve El barbero de Sevilla a Madrid. Siempre se agradece el retorno de la obra a una ciudad de tan rossiniano abolengo. Especialmente si se procura en condiciones semejantes. El Teatro Real ha invitado a un reparto de peso incluyendo al tenor de moda, Juan Diego Flórez. Con él llega la más moderna escuela rossianiana que mucho debe a la edición crítica de la partitura que Alberto Zedda pusiera en circulación hace treinta años con el fin de viajar a las esencias mismas del pensamiento del compositor. Con ella en la mano se estrenó ayer esta nueva producción de la obra de Rossini. A la cabeza de la misma, que no en primer lugar, figura el tándem formado por Gianluigi Gelmetti y Emilio Sagi, director musical y de escena, res- V pectivamente. Ambos predestinados a entenderse por la sencilla razón de que foso y teatralidad cuadran a través de una misma idea de fondo, cercana a la moderna praxis que marca el espíritu primigenio de la edición crítica de Zedda. Un ejemplo: suena la obertura y ya se adivina la dimensión camerística de la versión. A partir de ahí la Orquesta Titular del Real se mantiene con un sonido recogido y reducido, suficiente como para dejar en el aire sonoridades insólitas, detalles tímbricos sorprendentes y colores nuevos. Pero el trabajo a ese nivel no es fácil, requiere viveza interior y la orquesta manifiesta en algún momento cierto cansancio, al margen de que se espere una alegría que no llega. Así lo quiere Gelmetti, ahí y en un continuo de seca articulación y presencia ingrávida. También en la escena se respira esa peculiar contención que por momentos deja el anhelo de una mayor naturalidad. Sagi ha hecho un trabajo muy cuidado, punteando el recorrido con dos o tres momentos de gran empaque. Desde luego el final del primer acto con la escena dividida en dos mitades horizontales, dos escenarios superpuestos que muestran simultáneamente la residencia del Doctor Bártolo y su sótano. Es también muy notable la escena de la calumnia construida sobre una nube de seda que parece elevar a Don Basilio a las alturas, así como ese final algo verbenero en el que el rechinar de los colores sustituye al blanco y negro que hasta ese momento han sido las tonalidades dominantes. Eso sí, un pequeño detalle distancia el trabajo de Sagi del de Gelmetti: frente al deseo de rigor de este último, la escena no se niega a las historias paralelas o a movimientos de figurantes incluso en momentos culminantes para la voz, allí donde toda la atención recae en el cantante protagonista. Bien es cierto que la pequeña dimensión sonora del foso deja el espacio ideal a un gran plantel de grandes voces pequeñas La primera la de Juan Diego Flórez quien hace su primera aparición operística en Madrid. En él importa, y aquí se ha confirmado de nuevo, la naturalidad del canto sin artificios, la bondad del timbre, la ductilidad vocal y la aparente facilidad. Flórez se muestra habitualmente parco en las medias voces, pero es tan admirable la precisión en las agilidades que, inusitadamente consiguió en su última aria ovaciones del todo infrecuentes para una función de estreno en el Real. Lo de Flórez es sensatez en la línea antes que verdadera delectación. Aunque ahí, algo hace sospechar que el celo de Gelmetti ha querido que en este Barbero se tienda al conjunto antes que a incentivar las individualidades. Tal es el caso de la soprano María Bayo que, por propia condición vocal (obviamente más leve que cuando se escucha su parte a una mezzo) incorpora a una Rosina picaruela e irreverente. Quizá para no caer demasiado en ese registro quiso atacar Una voce poco fa ensanchando la voz. Dejó lo mejor de sí misma allí donde cantó con ligereza, haciendo uso de la innata limpieza y afecto que le caracterizan. Las voces pequeñas El asunto de las voces pequeñas es, desde luego, un recurso literario si las mismas son del calibre de las comentadas. Pero está claro que apareciendo Ruggero Raimondi en el escenario todo puede tomar otra dimensión. Su actitud siempre llega al público aun cuando los matices sean ahora más limitados, los apoyos forzados y la claridad vocal esté velada. Quizá fuera la voz menos redonda del reparto, pero por contra su presencia sirvió para recordar que cabe entender su papel y, por ende, la obra con otra mordacidad y mayores revueltas. Pietro Spagnoli dejó un Fígaro vocalmente bien resuelto y escénicamente suficiente, ligero y poco vacilón, y Bruno Praticò a un doctor de escasa gravedad y graciosa planta gracias a su traje de gordito marinero de tierra adentro. Estupenda la vis cómica de Susana Cordón y muy interesante su timbre e interpretación. Puso chispa y alguna sonrisa en el desarrollo de esta producción cuya naturaleza filológica se ha demostrado, a la postre, repulida en su contorno y contenida en su intención. Con Juan Diego Flórez llega la más moderna escuela rossianiana que mucho debe a la edición crítica de Alberto Zedda La Orquesta del Real se mantiene con un sonido recogido y reducido, suficiente para sonoridades insólitas