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ABC VIERNES 14 1 2005 La Tercera BANDAZOS CONSTITUCIONALES A NDAMOS metidos a la vez en dos procesos constitucionales que en principio deberían ser congruentes pero que cada día resultan más contradictorios. La peculiar Constitución europea que pronto votaremos aparece cada día más alejada de la reforma constitucional encubierta que algunos intentan colar. La primera consolida los Estados existentes, que ceden soberanía a una entidad centralizada, la Unión Europea, para avanzar hacia la consecución de una ciudadanía europea común. En cambio, la reforma encubierta en curso renuncia a la soberanía común aceptando los ámbitos autonómicos de decisión (admitidos por el Plan López y el proyecto de Maragall) y debilita seriamente el significado de la ciudadanía española, abriendo el camino a figuras tan peligrosas como la doble nacionalidad prevista en el Plan Ibarretxe. Y las diferencias entre ambos procesos no terminan aquí. Hay días en que se tiene la sensación de viajar en un autobús, del que no hay modo de apearse, que va cuesta abajo a toda velocidad dando brutales bandazos de un lado a otro porque el conductor tampoco sabe a dónde va. Resulta tan significativo como sospechoso que el Gobierno reclame consenso y apoyo a todos los partidos para el arriesgado referéndum de febrero mientras anuncia a la vez que el consenso con el PP es deseable pero no imprescindible para reformar nuestra Constitución. ¿Cómo se entiende este imposible jurídico? Sólo hay una interpretación coherente: que, para salvar el escollo de la anunciada oposición de la oposición a las exigencias nacionalistas, el Gobierno auspicie una reforma encubierta a través de reformas radicales de los Estatutos de autonomía, comenzando por el catalán (como era lo previsto) y el vasco (intento frustrado por el pacto entre Ibarretxe y ETA) En efecto, la mayoría parlamentaria es suficiente para aprobar nuevos Estatutos que desborden de hecho los límites constitucionales vigentes, una política como la de hechos consumados que tan rentable ha sido al nacionalismo, sobre todo al vasco. El referéndum de la Constitución europea viene que ni pintado como oportuna cortina de humo de la otra reforma constitucional. A pesar de sus muchas deficiencias y de su horrendo tono burocrático, la Constitución europea afirma con rotundidad que los sujetos políticos constituyentes de Europa son los Estados y sus ciudadanos, no los pueblos o las comunidades nacionales y que la integridad territorial de los Estados constituyentes es inviolable. Por consiguiente, la defensa de la Constitución europea sirve para hablar de más España y distanciarse retóricamente de los nacionalistas excluyendo sin embargo del consenso constitucional al PP, como se vio claramente en el debate parlamentario para la aprobación del referéndum. Pero esta defensa de la Europa futura es fraudulenta No es coherente defender la unidad e integridad de los Estados y la igualdad de los ciudadanos europeos dentro de la Unión- -para viajar, residir, trabajar, votar, asociarse, etcétera- -mientras en casa se relativizan y vacían de significado esos principios porque escamotea el futurible de la no- España. No es coherente defender la unidad e integridad de los Estados y la igualdad de los ciudadanos europeos dentro de la Unión- -para viajar, residir, trabajar, votar, asociarse, etcétera- -mientras en casa se relativizan y vacían de significado esos principios. La educación ofrece un magnífico ejemplo de la vergonzosa incongruencia que se ha ido imponiendo. Mientras las universidades españolas están inmersas en otra reforma a escala europea, llamada de Bolonia, que obliga a todas ellas a unificar titulaciones, planes de estudios y sistemas de evaluación, los sistemas educativos preuniversitarios, igual que la financiación de las universidades, están en gran parte en manos de los gobiernos autonómicos. ¿Cómo se explica que dentro de unos años cualquier europeo pueda matricularse en cualquier universidad europea- -los planes serán casi iguales, exceptuando (y cada vez menos en ciencias) el idioma vehicu- lar- pero exijamos a un niño de Madrid una traumática y arbitraria adaptación escolar si emigra al extranjero educativo de Bilbao o Barcelona, y viceversa? El sistema educativo español ha producido una metáfora imprevista del reaccionario proyecto constituyente que promueven algunos: desiguales y enfrentados por abajo, igualados y cosmopolitas por arriba: regreso al siglo XVI, ¡todo un programa de izquierda y progresista! Tanto sinsentido y absurdo no son casuales, y una vez más debemos agradecer a la sinceridad estratégica del PNV el desvelamiento de lo que se cuece. El PNV pide el voto positivo a la Constitución europea pero, dada la hostilidad de este tratado a las aspiraciones nacionalistas, no hace ninguna campaña efectiva en ese sentido. Sus afiliados desconfían de un proyecto que, de cumplirse estrictamente, haría imposible la independencia de cosas como Euskadi, Cataluña, Escocia o Padania. Como de costumbre, los nacionalistas vascos resuelven sus contradicciones dejando que otros sacudan el árbol bajo el que se cobijan. Pero, y esta es la cosa, ¿qué nueces esperan del nogal europeo? ¿No habíamos quedado en que les dejaba fuera de juego? Es una paradoja aparente. Los nacionalistas saben muy bien que las garantías constitucionales europeas dependen en realidad de la voluntad de permanencia de los Estados miembros, y ésta de sus ciudadanos. Si el Estado español decide disolverse ante la indiferencia de los ciudadanos concernidos, lo probable es que los demás Estados europeos se encojan de hombros y se limiten a evitar el contagio, admitiendo (o no, porque los trágicos errores de Yugoslavia son muy recientes) como socio de segunda ese gran parque temático descompuesto en una docena de taifas malavenidas, cainitas e insolidarias, consagradas a la apología plañidera de patéticas diferencias etnográficas. Aunque sea pésimo para el ciudadano español corriente, no es un panorama tan malo para los nacionalismos y sus socios locales, dueños y señores de sus respectivas comunidades nacionales La autodisolución del Estado español dentro de la Unión Europea permitiría de facto la sustanciación de engendros como los de Ibarretxe o Carod. La idea es tan simple que puede tener éxito. Soy partidario de la Constitución europea, pienso votar a favor y espero que la mayoría haga lo mismo, pero no por la repulsiva campaña de propaganda ni porque confíe en que los demás europeos vayan a salvarnos de los bárbaros y estúpidos domésticos. Son cosa nuestra y a nosotros corresponde ponerles en su sitio, o nos dejarán sin sitio alguno que llamemos nuestro. Eso debería estar claro para todos, comenzando por los amigos socialistas (con perdón) CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN Profesor de Filosofía Universidad del País Vasco