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ABC JUEVES 13 1 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY En el referéndum habrá que decir sí o no, o hacer como el asno de Buridán. Pero decir que sí a Europa no es decir olé a Zapatero EUROPA NO ES ZAPATERO ARÁ mal Zapatero en intentar ligar de alguna manera el sí a la Constitución europea en el referéndum del mes próximo con la aceptación a la política de su Gobierno o a su buen éxito personal. Porque es muy probable que cuanto más se identifique una cosa con otra, el sí a Europa con el olé a Zapatero, más crecerá la abstención y más aumentarán los noes Cada vez hay más gente descontenta con el Gobierno, el socialismo gobernante pierde puntos en las encuestas de intención de voto y la debilidad y docilidad de Zapatero frente a las chulerías separatistas es algo que se pagará muy caro en las urnas; y quizá en la calle, si las urnas tardan. Los socios políticos de Zapatero, separatistas catalanes y vascos, votarán no a la Constitución europea porque cierra el camino a sus deseos de autodeterminación y de secesión. Es una Constitución que contempla naciones enteras y no se funda en la disgregación de aquéllas que componen la Unión Europea. O sea, que en Europa van listos el soberanismo del PNV y el separatismo catalán de Esquerra Republicana. Ésta es la Europa de los Estados enteros y no la Europa de las Regiones separadas, y en todo caso ésa sería una hipótesis que se queda ad calendas graecas Al no de los socios parlamentarios del mendicante presidente se unirán con toda probabilidad los votos de los descontentos con un Gobierno inseguro y de los asustados ante unos gobernantes que no defienden con eficacia normas esenciales de la Constitución y la unidad de España, irrenunciable para la totalidad casi unánime de los españoles. Y todavía hay que contar con los desinteresados, a los que nadie hasta ahora ha explicado la Constitución de Europa, ni siquiera Europa, y con los disgustados por el giro, negativo para España, que ha dado esa Constitución desde los acuerdos de Niza. Dicen los franceses que esta Constitución europea es una Constitución francesa y a la francesa y tienen razón. Con detrimento del poder de otras naciones, pero sobre todo de España, Francia se ha quedado con la parte del león en el reparto constitucional de poderes y ha permitido que Alemania participe en alguna medida. España ha perdido votos en el Parlamento europeo y también acceso a fondos de cohesión. Ésa fue una de las primeras hazañas de Zapatero, que se apresuró a presentar la cesión de España como una maniobra de salvación del acuerdo constitucional para la nueva Europa de los 25. Por tanto, no sería extraño que algunas hinchadas narices celtíberas votaran que nones o hicieran tres higas a las urnas. Es probable que tengan razón los que acusan a la Constitución europea de mezquindad a la hora de reconocer la importancia del humanismo cristiano en la fundación y evolución de Europa, y esa tacañería habrá animado a nuestros socialistas en su antiguo y tradicional forcejeo con la Iglesia, alguna vez convertido en persecución. En el referéndum habrá que votar sí o no como Cristo nos enseña, o quedarnos perplejos y no votar como el asno de Buridán, que se quedó sin comer por no acertar a elegir entre la paja y el heno. En todo caso, votar que sí a Europa no es decir olé a Zapatero. H DARÍO VALCÁRCEL ¿De qué hablamos? De una nueva iniciativa europea. Hemos sufrido aquí una gran sacudida. Quizá convenga ir al Sur y ayudar por tres razones: son nuestros vecinos; esos vecinos podrán despegar con fuerza; además, hay problemas en la zona MEDITERRÁNEO: NORTE Y SUR E N la reunión del 7 de enero, en París, no había representantes del gobierno francés. Ausencia calculada: Jean- Louis Guigou debe avanzar al descubierto, sin apoyo oficial. Estaban, sí, André Azoulay, consejero del rey de Marruecos; Alain Juppé, antiguo primer ministro francés; Hubert Védrine, ex ministro de Asuntos Exteriores; Felipe González, Joachim Bitterlich... (Védrine, gran cabeza de la etapa anterior, con Olivier Schrameck, consejero de Estado después de los años de Matignon, junto a Lionel Jospin) Aquel viernes había también, entre los cuarenta participantes, grandes empresarios argelinos, turcos, marroquíes, tunecinos. Con empresarios franceses, alemanes, italianos, belgas... ¿De qué se trataba? De una iniciativa que arranca de Francia pero será europea. Hemos sufrido aquí una formidable sacudida. Pero estos son tsunamis que podemos controlar. Guigou propone un red distinta, nueva, europea y mediterránea, en la que se integren empresarios de las orillas Sur y Norte. No oficial, pero capaz de negociar con los gobiernos. Destinada a facilitar el trabajo, con frecuencia desbordante, de las empresas. Una red que represente lo contrario del antiguo colonialismo francés o británico. El mundo no puede dividirse en los países OCDE y los demás. La nueva red creará subredes permanentes. Guigou, sesenta y pocos años, mucha experiencia, antiguo Delegado de Ordenación del Territorio, viceministro, es lo opuesto al vendedor de humo: sólido funcionariado francés, trabajador. Sabe que Francia sola no puede y pone en marcha esta iniciativa, con no pocos apoyos y el propósito de enrolar a cuarenta grupos empresariales. La imagen de marca de su iniciativa es la paridad, el internacionalismo y la exclusiva atención a las compañías privadas. Quizá convenga apoyarle por tres razones: prime- ra, son nuestros vecinos del Sur; segunda, si los europeos cooperan, esos vecinos podrán despegar con fuerza; tercera, hay problemas en la zona. Francia conserva buenos restos de poder en el continente vecino. Sencillamente no puede con la tremenda carga, recordemos lo ocurrido hace dos meses en Costa de Marfil. Francia, digámoslo como es, mantiene la delegación occidental para toda la orilla suroeste del Mediterráneo. También de otras regiones del África occidental, desde Gabón a Senegal. Estados Unidos, por acuerdo renovado y explícito, acepta el papel de Francia en esas regiones. Ante los occidentales, sobre todo ante Washington, el mecanismo funciona. Francia mantenía un prudente liderazgo, a pesar de su discrepancia abierta con la guerra de Irak, por ejemplo. Prueba de ello es la defensa inmediata que encabezó el Departamento de Estado y el mando de la OTAN cuando, en noviembre, los soldados franceses hubieron de disparar en Abidjan. Pero Rabat o Túnez son ciudades europeas si miramos al mundo subsahariano. Son ciudades de la otra orilla, mediterránea o atlántica, con las que Europa quiere mantener una verdadera relación preferencial. Sería la enésima prueba de la necesidad de la UE. Varios regímenes de la orilla Sur tienen que evolucionar aceleradamente, o habrá sorpresas no deseadas, malas sorpresas. Otra señal de los tiempos: los gobiernos tienden a restringir su poder, limitados por la inmediatez electoral. Las empresas permanecen cincuenta, cien años... Pero los gobiernos son esenciales para abrir puertas, crear climas, asegurar a los países vecinos relaciones estables. Quizá la iniciativa de Guigou sea resuelta por una decena de empresas españolas en plazo rápido. Se trata de la liberalización no ya de las economías, sino de los modos de vida.