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ABC JUEVES 13 1 2005 Opinión 5 Capote europeo El comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Joaquín Almunia, le echó ayer un capote a Pedro Solbes al manifestarse en contra de la revisión automática del salario mínimo interprofesional, medida impulsada por Caldera contra el criterio de la patronal y el propio vicepresidente económico. Por si quedaban dudas, Bruselas advierte de los riesgos de formalizar barbaridades. Agenda en blanco Se acerca el gran día en la Casa Blanca, donde George W. Bush volverá a tomar posesión del cargo de presidente. Al acto, para el que se han cursado muy contadas invitaciones, ha sido convocado José María Aznar, quien finalmente no podrá asistir por tener cerrados otros compromisos, pero acudirá Ana Botella. Oportunos problemas de agenda que en este caso y sin que sirva de precedente no afectan a Rodríguez Zapatero, cuyo teléfono sigue sin recibir la llamada de Bush. Las relaciones con Estados Unidos, dice el Gobierno, van muy bien. Al menos no hay problemas de agenda. Mortal de necesidad El coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, se dispone a firmar- -su título de médico lo capacita para ello- -el acta de defunción de la formación de izquierdas, que prevé abstenerse en la votación parlamentaria del plan Ibarretxe. Del rechazo inicial a lavarse las manos hay un trecho difícil de cubrir con explicaciones que entiendan los votantes que aún mantienen viva a IU. IGNACIO GIL La nurse número mil. Ayer partió hacia Gran Bretaña un nuevo grupo de enfermeras y enfermeros españoles contratados para trabajar en hospitales de Inglaterra y Gales. Entre ellos se encontraba Sofía Lázaro (en la imagen) que, desde que se puso en marcha este programa en 2001, hace el número mil entre este colectivo emigrante, que se completa hasta los 1.300 profesionales sanitarios con médicos especialistas y de familia y farmacéuticos hospitalarios. Lázaro afirmó que en España hay exceso de enfermeros y las condiciones económicas y profesionales se han devaluado a pesar de que somos de los mejores del mundo y nos vienen a buscar nivel medio de la Unión Europea. Con lo que han sido ellos. Las comparaciones serán odiosas, pero en cuestiones hospitalarias va a resultar que podemos llorar por un ojo (y hasta operárnoslo de cataratas sin tomar un avión) Desde el año 2001 somos proveedores de material humano cualificado. Y siguen pidiendo. Así, cofia a cofia, zueco a zueco, tacita a tacita, hemos llegado a la enfermera número 1.000, guarismo que curiosamente ha coincidido con el nacimiento del chino mil trescientos millones (ese cuyos desprendidos padres andan rechazando contratos publicitarios) Sofía Lázaro, una joven catalana, se ha marchado por dos años a Bath, la preciosa ciudad de Jane Austen (aunque la escritora no naciera allí, es su ciudad) Una chica con suerte la chica mil. Le toca el número mágico y la ciudad balneario, la va a despedir al aeropuerto todo un embajador británico y, además, es obsequiada con un bonito bolígrafo. Vaya, ¿y la enfermera 999? Pobre. Aun siendo el suyo un número mucho más redondo, ésta es como el protagonista de la canción de Cristina y los Stop, como ese turista 1.999.999 que no tuvo la fortuna del que descendía por la escalerilla justo detrás de él por bajarse tan deprisa del avión, con su mini pantalón, se ha perdido la ocasión de tener las atenciones que por suerte le brindaron al turista dos millones... Qué injusta es la vida para algunos. LAS CHICAS DE LA CRUZ ROJA ROSA BELMONTE I la madre de la enfermería moderna era inglesa, algunas de sus bisnietas o tataranietas son españolas. En lugar de bata de cola, bata blanca (o lo que lleven, que parecen camisas con galones) Florence Nightingale, la enfermera más famosa de la historia, seguramente no se podía imaginar que llegaría un tiempo en que su país, el del Imperio y la reina Victoria, importaría para sus propios hospitales profesionales sanitarios españoles (sobre todo españolas, si hablamos de en- S fermeras) Mucho más exótica le habría resultado esta avalancha de chicas de la Cruz Roja que cualquier cosa de las que vio en Crimea cuando fue a poner orden al hospital de Scutari. Tampoco se imaginaría que su país incluso exportaría pacientes a centros del continente para ser operados de cataratas o de la cadera y aligerar las listas de espera del National Health Service (Servicio Nacional de Salud) O que andarían estudiando la forma en que el sistema sanitario británico pudiera alcanzar el