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ABC MIÉRCOLES 12 1 2005 La Tercera EL CERO Y EL INFINITO H ACE cosa de cuatro años, prendió en sectores amplios de la derecha una teoría terrible. Según esta teoría, los socialistas habían decidido someter al PP a un régimen de minoría perpetua. ¿Cómo? Mediante un sistema de alianzas múltiples con los nacionalistas. En Cataluña, País Vasco y Galicia habría gobiernos de socialistas y nacionalistas. El traslado de las alianzas al Congreso de Diputados reproduciría luego el cuadro a escala nacional. Me resistí a dar crédito a la teoría por tres razones. La primera era moral: se me antojaba monstruoso que un partido democrático pudiera llegar al extremo de inventar artificios orientados a evitar la alternancia. La segunda razón era económica. El abrazo in aeternum con los nacionalistas habría exigido, por lo menos, extender a Cataluña las exenciones fiscales de que disfruta el País Vasco. Ello, aparte de complicar harto la financiación del Estado, habría ido en perjuicio de las regiones que tradicionalmente votan a los colores socialistas. La tercera razón era política. La idea de formar una mayoría con los nacionalistas dentro del Estado español presupone la existencia de un Estado español. Es decir, de un sistema en que el voto de la mayoría de los españoles vincula y obliga a las minorías. Esto fue así en los ochenta y los noventa. Ahora bien, el diseño que estaba denunciando la derecha era de índole en esencia confederal. Y es propio de las confederaciones el que se rompan los mecanismos que convierten la agregación de mayorías locales en mayorías generales. En una confederación, los asuntos generales se resuelven por unanimidad, tras negociaciones o chalaneos entre los territorios. De resultas, habría saltado por los aires el proyecto de sumar en el Congreso las fuerzas pactadas en los territorios. Transcurrido un tiempo suficiente, y después de cambios que ahora se nos figuran estrafalarios, pero que concluirían por imponerse en virtud de la dinámica desencadenada en origen, nos encontraríamos con un partido socialista dividido en cuatro partidos independientes- -Galicia, País Vasco, Cataluña y resto de España- y en situación radicalmente desventajosa respecto del PP en el trozo con diferencia más importante. A saber, el resto de España. Esto, más que maquiavelismo, habría sido hacer un pan como unas tortas. No, no era imaginable que cupiera en cabeza alguna tamaño disparate. Cuando se instaló en Cataluña el tripartito, comencé a preocuparme. Cuando Zapatero montó su mayoría parlamentaria sobre el modelo catalán, mi preocupación fue a más. Y en diciembre de 2004 ocurrieron tres hechos que llevaron mi preocupación a colmo. Me pareció rarísimo que el fiscal general no recurriera el archivo del caso Atucha por una juez vasca. Me sonó extraño, muy extraño, que Zapatero descalificase, en su testimonio frente a la Comisión, el preámbulo del Pacto Antiterrorista, el cual impugna todo acuerdo con el PNV mientras éste no haya desistido de su complicidad, explícita o implícita, con ETA. Y me desasose- La red de alianzas en que está prendido el presidente impide a éste formar un frente con el PP y oponer a la embestida del lendakari la defensa firme de esta Constitución gó el Plan Guevara, congruente con el desmarque maragalliano y de contenidos inequívocamente nacionalistas. Todavía más preocupante que los datos sueltos, era el horizonte al que los últimos apuntaban en conjunto. El PSOE semejaba pronto a darse las facilidades necesarias para cerrar un trato con el PNV. Por resonancia con la situación catalana, era inevitable que el trato abocara a la aventura confederalizante y a la ruptura irreversible con el PP. Y de paso, a la destrucción del sistema de reglas que han regido la convivencia desde el 78. Así estaba el asunto, cuando estalló la bomba Ibarreche. Las bombas aturden, y han tenido que pasar unos días antes de que se empezaran a ensayar interpretaciones sobre el significado y alcance del demarraje peneuvista. Elementos varios de la derecha han incorporado el dato nuevo a la teoría terrible. Según la teoría enriquecida, el plan Ibarreche potencia el designio del Gobierno de llevar adelante su proyecto confederal. El argumento, en rigor, es que se metabolizará el plan Ibarreche buscando algún punto intermedio entre las laxitudes constitucionales ya asumidas y el secesionismo de los nacionalistas vascos. La hipótesis está ganando terreno rápidamente. Pero opino que es errónea. ¿Por qué? Porque se ignora un punto crucial. Guevara, en la defensa de su plan, puso un empeño enorme en explicar que cabía llegar a la situación por él propugnada sin violentar formal- mente la Constitución. O sea, sin poner en entredicho la soberanía del pueblo español. Esto, en sustancia, es una ilusión, puesto que el estado de cosas que resultara de una lectura sesgada e imprudente de la Carta Magna haría inmanejable al Estado. Pero en la política a corto y medio plazo, la inflexión guevariana resulta determinante. Si formalmente no se rompe la Constitución, se puede forzar el cambio sin contar con el PP. Se puede ir a la disolución efectiva del Estado a través de reformas estatutarias, por medio del 150.2 o como fuere. El desplante de Ibarreche, por el contrario, es inconciliable con la Carta Magna. Las transacciones con Ibarreche son imposibles en la medida en que no existe un punto situado a mitad de camino entre el borde de la Constitución y su rechazo frontal. Sería como avenir el cero con el infinito. En matemáticas, la media aritmética entre el cero y el infinito es otra vez infinito. Pero en política no es ninguna cantidad reconocible. Es exactamente... nada. Ibarreche no potencia por tanto a Zapatero. Más bien, lo parte por el eje. Ello nos hace aterrizar en un escenario verdaderamente pasmoso. La red de alianzas en que está prendido el presidente impide a éste formar un frente con el PP y oponer a la embestida del lendakari la defensa firme de esta Constitución, o de la Constitución tal como la interpretan los populares. Todavía peor: resultaría estéril afianzar ese frente, con la aplicación no descartable del 155, sin proceder a un replanteamiento del Estado, a través, ahora sí, de una reforma constitucional en toda regla que maniatara a los nacionalistas. La contingencia, como he dicho, es impensable, y al parecer incompatible con el clavo ardiendo a que se ha agarrado el secretario general del PSOE: atraer en las autonómicas vascas voto nacionalista moderado y pactar con el PNV desde una posición negociadora fuerte. ¿Entonces? Zapatero se halla ante una disyuntiva feroz: o quedarse tieso si fracasa en el País Vasco, o vencer en la esperanza de que caiga Ibarreche, el PNV presente su rostro más civil, y pueda llevarse adelante un plan que ignora a la mitad de España y suscita las imposibilidades a largo plazo que ya se han enumerado. Si mal, mal, y si bien, también mal. Tendemos espontáneamente a postular simetrías, causas necesarias, una organización de las cosas, detrás de los grandes hechos históricos. Precisamos de este consuelo para soportar el desorden de la realidad. Pero la realidad es desordenada, incluso pueril. No creo que Zapatero sea en absoluto un enemigo de la unidad nacional. Consiguió el poder con las alianzas que tenía a mano, y luego, más o menos, se dedicó a galopar sobre los acontecimientos. Quizá nos sorprenda tras su entrevista con Ibarreche. Quizá se saque de la manga un as que el pensamiento analítico no adivina. Ojalá. Nunca he presumido de entender de política. Confirmar esta torpeza supondría para mí una enorme alegría. ÁLVARO DELGADO- GAL