Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 9 1 2005 Los domingos 63 SOCIEDAD En Marruecos, unos 14.000 niños viven sin casa ni familia, al abrigo, casi siempre, de las grandes ciudades. Si nadie lo impide, serán pronto unos viejos prematuros, un lastre pesadísimo para el desarrollo de un país que por 15 kilómetros es África y no Europa Los niños viejos de la calle aid Rouas ha hecho de las calles de Tánger su casa, su oficina, su recreo. Esta ciudad del norte de Marruecos, que con los años ha ido perdiendo el esplendor con el que brilló el pasado siglo, es hoy escuela y modelo para los miles de menores que en este país tienen al cielo como único testigo de su desgraciada existencia. El puerto, la medina (ciudad vieja) el paseo de la playa, la calle México... todos son palcos de excepción desde los que el visitante no tiene que esforzarse para comprobar que algo pasa en Marruecos para que tanto chiquillo campe a sus anchas sin más horizonte que su supervivencia inmediata. Pero no hay que olvidar que hablamos de una ciudad asomada al Estrecho de Gibraltar, a tiro de piedra del sueño europeo que muchos quieren alcanzar a toda costa. Y estos menores no son ajenos a ello. Según Mercedes Jiménez, casi todos los menores extranjeros acogidos en Andalucía son de Marruecos. Proceden principalmente del norte, de las grandes urbes del centro y de las zonas rurales del sur De todas formas, esta antropóloga sevillana afincada en Marruecos quiere dejar claro en su estudio Buscarse la vida que no todos los niños que deambulan por las calles de Tánger tienen como objetivo la emigración clandestina. Ni siquiera todos, según ella, merecen el calificativo de niños de la calle pues muchos no han perdido del todo su vínculo familiar. Pero las estadísticas dan miedo, pues las autoridades reconocen que existen en el país unos 14.000 niños de la calle. S TEXTO Y FOTO: LUIS DE VEGA, CORRESPONSAL EN MARRUECOS Sin vínculos familiares, los menores se unen en pandillas y pasan los días inhalando pegamento mucho del de muchos de los menores que pululan por Tánger. Antes me pasaba la vida en el puerto intentando pasar a España. Llegué tres veces a Algeciras: dos en los bajos de un camión, y otra entre el equipaje de un autobús. Pero siempre me descubrían. Quería irme siendo menor porque después, de mayor, te repatrían explica Said, que en el momento de realizar este reportaje llevaba dos semanas sin ducharse. Su padre, parado, vive ahogado por los 800 dirhams (unos 75 euros) que paga al mes de alquiler por una vivienda de dos habitaciones en la que también conviven la madre y siete hermanos. En mi barrio no tengo amigos. Aquí en la calle tenemos un grupo. Cocinamos, salimos, jugamos... Por la noche salgo a limpiar zapatos y, de vez en cuando, cuando reúno algo de dinero, se lo llevo a mi madre, que trabaja en una fábrica textil La Liga Marroquí para la protección de la Infancia aventura un futuro poco propicio y ha sacado a la luz la cara oculta de una realidad verdaderamente cruda. En las grandes ciudades del país hay familias que ponen a sus hijos menores en alquiler para que- -en muchos casos, empastillados- -aumenten los ingresos de los mendigos a los que acompañan. El precio está entre cincuenta y cien dirhams semanales (entre 4,5 y 9 euros) por niño. Para intentar cambiar este panorama desolador, el Gobierno y Unicef centran sus esfuerzos en el desarrollo de un programa entre 2002 y 2006 para mejorar las condiciones de vida en el ámbito rural. Ahmed Laabid, responsable de los programas de salud de Unicef en el país magrebí, señala que cada año mueren 26.000 niños en Marruecos antes de soplar su primera vela La sanidad, tanto para los niños como para las madres embarazadas, y la escolarización son dos de los pilares del plan de trabajo del Ejecutivo de Rabat y la organización de la ONU. Mientras tanto, las calles de Tánger y de todas las ciudades de Marruecos verán cómo Said Rouas y miles de niños más serán pronto unos viejos prematuros que harán más pesado el lastre que impide el desarrollo de un país que por apenas quince kilómetros es África y no Europa. La vida de un limpiabotas Said, a sus 14 años, sabe dónde vive su familia y va de vez en cuando a verla, pero tiene claro que es un niño de la calle y que quiere seguir siéndolo por decisión propia. Este limpiabotas es producto genuino de las contradicciones que se generan en países del tercer mundo cuando intentan avanzar hacia una sociedad moderna. Según el Programa Internacional para la Abolición del Trabajo Infantil, en Marruecos hay cerca de 600.000 niños de entre cinco y catorce años que se ganan la vida trabajando. La gran mayoría, un 87 por ciento, lo hace en el medio rural. Muchos acaban huyendo hacia adelante y son absorbidos por las grandes ciudades, donde se encuentran con que el futuro no es más halagüeño que en el campo. Así, sin vivienda, sin recursos, sin escolarizar, las calles de estas urbes terminan siendo tomadas por pandillas de chavales cuyo último recurso existencial es colocarse a base de inhalar pegamento. Said Rouas aseguró a este corresponsal que no se droga- sólo fumo de vez en cuando pero su perfil no difiere Sexo temprano y abusivo Un joven, cuya edad no parece fácil adivinar, abandona, sorprendido por la presencia del periodista mientras se coloca los pantalones, la casetilla de poco más de medio metro de altura en la que viven Said Rouas y otros dos niños en un solar de Tánger. El recién huido deja tras de sí un nauseabundo pero inconfundible olor producto de haber atacado por la retaguardia a alguno de los chavales. Testimonios recogidos por ABC en esta ciudad indican que es frecuente que, forzados o por dinero, los niños de la calle sufran estos abusos. El director de Unicef para Oriente Medio y el Magreb, Thomas McDermott, recordaba esta semana en Rabat que unos dos millones de niños son víctimas en todo el mundo de la explotación sexual con fines comerciales. La capital marroquí ha acogido el segundo Foro Árabe- Africano sobre la explotación, el abuso y la violencia sexual contra menores. Unicef lamenta que haya países que no hayan aceptado todavía las recomendaciones para luchar contra este problema adoptadas en Estocolmo en 1996. Del medio centenar de estados presentes en el foro sólo la mitad han ratificado las leyes internacionales sobre la infancia, según explicó McDermott. Una de las causas principales que se esgrimen para ello es que los problemas relacionados con el sexo continúan siendo tabú en muchos países. La religión y sus leyes siguen teniendo un peso determinante al negar la existencia de prostitución y abuso sexual de menores. Eso impide que, como reclama McDermott, se pueda llevar a cabo un diálogo franco y honesto sobre la materia. A ello hay que añadir problemas como el turismo sexual, la pornografía en internet, los matrimonios precoces o forzados y el tráfico de niños.