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ABC DOMINGO 9 1 2005 51 Una misión de 13 días, en la vuelta al espacio de los transbordadores de la NASA tras el desastre del Columbia Yo me quiero ir de aquí ya, por favor, mamá, quiero irme a la calle. Quiero jugar, quiero correr... Mi hija se da cuenta de todo. Muchas veces suelta: Recuento, recuento Lo oye y lo repite. Sufre mucho En la calle se solucionan las cosas dialogando, pero aquí gritamos y no damos ejemplo a los niños Simoneta Gómez- Acebo brindó su cariño a los hijos de las presidiarias en su visita a la cárcel madrileña pensado para que la gente que comete errores venga a cumplir una pena. Es muy triste ver que no cuenta con las condiciones más favorables para desarrollarse. Un niño en un entorno normal ve animales o coches. Aquí no hay esas cosas. Aunque, gracias a Dios, Horizontes Abiertos los saca los fines de semana y hacen excursiones pensé que hubiese gente que hiciese algo por los demás tan desinteresadamente. Me ayuda a intentar mejorar. Es un modo de compartir el tiempo con personas que no están pensando en maldades Sergio tiene treinta años y lleva una década en la cárcel por tenencia ilícita de armas, tráfico de drogas y delito de asesinato. Asegura que ser padre le ha ayudado a madurar y persigue forjar un futuro mejor para su hijo. Me ha servido para ver la vida de otra manera. Estoy matriculado en Ingeniería Técnica a través de la UNED y también voy a talleres productivos Se considera un privilegiado Las personas que estamos aquí somos afortunadas; nuestros hijos, quizá no- -señala- Hay mucha gente que está en prisión y pretende acceder al módulo familiar y no lo consigue, puesto que hay un montón de filtros Hoy su esperanza es que el Gobierno apruebe la posibilidad de que las presidiarias estén en casas especiales con los niños Si se logra- -añade- será un paso fundamental. Con la madre basta. Tal vez por haberlo tenido FOTOS: ÁNGEL DE ANTONIO dentro durante nueve meses existe un vínculo más especial que con el padre y su presencia es clave Y a modo de sentencia, advierte: El fin no es la madre. El fin es el niño Aquí el cielo no existe Laura y Sergio sueñan con que Pablito disfrute de plena libertad. Esa misma ilusión comparte Andrea, madre de Blanca, con unos ojos tan azules que el cielo que apenas conoce los envidiaría. Aquí el cielo no existe Sus largos cabellos dorados parecen extraídos de un cuento de hadas, de aquellas historias de princesas encerradas en una torre a la espera de que un caballero atraviese murallas y las rescate. Blanca no quiere más espacios sombríos. Ella pide la luz que aún irradia su cara, pero que poco a poco se extingue: Mamá, yo me quiero ir de aquí; por favor, mamá, yo me quiero ir a la calle. Quiero jugar, quiero correr... Explica Andrea que la vocecilla dulce de su pequeña a veces parece de ruego: Quiero salir de aquí ya, que me cierran la puerta y no puedo jugar me espeta en ocasiones. Es lógico que di- Contacto con la realidad A Sergio le brotan las palabras de elogio hacia esta ONG que, con el padre Garralda a la cabeza, lucha por sacar para siempre a los niños de la cárcel. Normalmente las personas que nos rodean aquí no son las mejores. No quiero decir que todas las personas que estamos en prisión seamos malas, pero sí es cierto que en pocos metros cuadrados hay mucha gente que ha cometido errores. Por ello, éste no es el lugar idóneo para un niño. Que compartan con los padres los primeros años es importante, pero también que lo hagan en condiciones normales. Gracias a Horizontes Abiertos, al menos, cuentan con la posibilidad de tener un contacto con la realidad. Nunca ga esas cosas, puesto que cierran el patio a las seis y media y apenas hay juguetes. Esto no es divertido para los niños. Ella sabe que nunca puede correr más allá de los muros Cuando Andrea ingresó en prisión Blanca contaba con cuatro meses. Hoy tiene 34. Di a luz en la calle, pero tenía una condena que cumplir y, por no dejársela a mi familia, creí que lo mejor sería que entrase conmigo. Pero esto es durísimo. Ella se da cuenta de todo. No pensé que mi hija me fuese a salir tan lista. Cuando llega la hora de cerrar, en cuanto ve a las señoritas subiendo las escaleras, grita: Chicas, chicas, todas a sus habitaciones, que se cierran las puertas Al oírlo por megafonía, ella lo repite. O suelta: Recuento, recuento Y yo le digo: Blanca, es el cuento No, mami, es recuento. Venga, mamá, ponte de pie, que viene la señorita Lo ve como una imposición. Y estos detalles no me gustan nada, porque sé que mi hija sufre y le pueden repercutir de forma negativa en un futuro Andrea trata de explicar a su hija que viven en un colegio interno y a los chabolos los llama habitaciones: La palabra cárcel está prohibida, pero esta cría es demasiado inteligente Ya con la voz quebrada, confiesa que es un auténtico calvario contemplar el escenario donde su hija ha dado sus primeros pasos: Ella no se merece esto Muchas veces- -continúa- -las madres tenemos problemas por culpa de los niños cuando se pelean. Yo trato de aguantar, pero si llega uno y le pega una patada en la boca y le sale sangre, enseguida surge el conflicto. En la calle se solucionan las cosas dialogando, pero aquí nos ponemos a gritar y no damos ejemplo a los niños Andrea guarda silencio un momento. Ahora es la inquieta Blanca quien alza su tierna voz: ¡Quiero salir ya! Blanca, como decenas de niños más, quiere abandonar la torre y atravesar murallas. Quiere conocer otros otoños, otras primaveras. Blanca suplica libertad.