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ABC DOMINGO 9 1 2005 Internacional 33 DEVASTADOR MAREMOTO EN EL SUR DE ASIA Varios indonesios pasan junto a un barco de pesca que fue arrastrado tierra adentro por los tsunamis cerca de Banda Aceh AP Camp Mata- ie, situado a pocos kilómetros de la zona cero de Banda Aceh, ampara a más de 2.500 refugiados, familias que escaparon del desastre y que lo único que quieren es volver a sus casas. Pero éstas ya no existen Campamento de lágrimas POR LAURA L. CARO ENVIADA ESPECIAL BANDA ACEH (INDONESIA) Mata- ie quiere decir en indonesio ojos de agua, como los de los refugiados que se acumulan en el campamento militar del mismo nombre, campamento de lágrimas, huidos del espanto que hace dos semanas les dejó sin nada. Algunos días son 2.500 personas, otros llegan a 3.000, según el número de familias que se fueron a ver lo que quedó de sus hogares o si vienen ya de vuelta- -de Banda Aceh, Malabo, Lang Pna- -con el dolor multiplicado y el desgarro a las espaldas de comprobar que no ha habido suerte, que se acabó todo. Que hasta sus huellas, las suyas y las de los más viejos, están borradas. El campo de refugiados de Mata- ie es uno de la decena que se han implantado en la provincia arrancada a trozos de Aceh, donde se ha registrado desde la sacudida del terremoto el movimiento de 270.000 desplazados. Una pequeña parte, los que se lo pudieron permitir y los que encontraron ayuda a tiempo, salió a toda prisa en cuanto empezaron a operar los aeropuertos rumbo a destinos menos hostiles, como Yakarta. Pero la verdadera tierra de los desamparados son estos campamentos, donde la vida discurre serena, soleada, protegida, plácida. Y descorazonadora, porque no sólo no hay nada que hacer, sino que no hay ninguna respuesta a la pregunta de qué va a pasar. Porque lo único que quieren es regresar a casa, y ya no está. Se respira una atmósfera de resignación insoportable, del ahogo de no poder hacer nada para volver atrás. A Faisal Suiyal se le vino encima la suya, la vivienda de Banda Aceh, con la fortuna de que los chicos y la esposa, Joneh, estaban de visita fuera con otros familiares, y Muzala Sumiarno, con quien comparte cigarros con sabor a clavo en esta espera sin fecha de caducidad, simplemente huyó de miedo. Vimos la calle de al lado caerse de golpe y salimos corriendo sin tiempo de coger ni los zapatos Ya ha ido a mirar, pero de lejos, porque alrededor la ruina es tan insalvable que no se pudo acercar. Milagro por cable Sentados al lado, en la cantina, el sitio más concurrido del campamento porque tiene sillas y mesas, sí hay quien perdió a los niños, o al menos aún no los ha podido encontrar. Hay fotos de ellos- -las fotos de los desaparecidos en este desastre, que se repiten país a país- -pegadas en una pared. Y debajo de un árbol, Karima, tan joven, que vio por la mañana del 26 de diciembre por última vez a su marido, al que todavía dice que espera mientras baja la mirada y amamanta al bebé. A lo mejor está vivo y no nos encuentra relata con un susurro quedo, sin ninguna convicción. Karima alimenta su esperanza vaga, tan débil que suena a pretexto fabricado a la medida para no volverse loca con la verdad. Pasa mucho. Por si acaso, los del TelKom sin fronteras están por aquí ofreciendo llamadas por teléfono gratis a cualquiera que las quiera utilizar para buscar a los que faltan. Sólo por la mañana, 70 refugiados lo han intentado, también para hablar con los que saben que están bien, porque las otras conexiones- -las que buscan encontrar un milagro al otro lado del cable- -casi siempre acaban en la frustración de un tono de apagado o fuera de servicio En Mata- ie los hombres y las mujeres sufren y pierden la mirada a lo lejos. Mastican su destino triste dando vueltas por el prado salpicado de ropa lavada al sol, y si no hacinados en tiendas de campaña colectivas donde dejan pasar el tiempo que discurre lento y con recuerdos angustiosos. A algunos les dio más tiempo que a otros, y en el fondo de un barracón se ve una jaula con un mono grande de pelo largo que se rasca del calor, y algún pollo también salvado del desastre atado con un hilo a una estaca, que seguro que tiene los días contados para acabar en un guiso. Sin pollo y sin nada de nada, hoy toca arroz hervido, como ayer y antes de ayer, que cocinan los soldados indonesios, removiendo con palas de cavar el mejunje en ollas grandes como bidones. A razón de 300 kilos por jornada, y agua potable para beber. La fiesta infantil Hoy han tocado también vacunas contra el tifus, que en cualquier momento puede llegar. Los médicos de la Yakarta Pediatric Association ordenan la fila de pequeños descalzos que se suben la manga del brazo antes de tiempo llevados por la emoción. A cambio del pinchazo, se llevan a la tienda una manzana, una lata de carne, otra de sardinas y pastillas de jabón. Hay que tener mucho cuidado para que no riñan en la espera y que no repitan- -la recompensa merece la pena- y cumplir deprisa, que quedan muchos campamentos por visitar. Ellos, niños diminutos con los ojos como chispas y vestidos siempre con algo que les viene grande o demasiado estrecho, son la fiesta en el latir cansado de Mata- ie. Donde coexisten todos porque las circunstancias son las que son, pero no hay tregua. La realidad se hace presente en cualquier momento: un combate de tirones con las caras desencajadas por un cubo vacío de los cuatro que alguien reparte, por un plato de comida, por el agua para lavar. Porque se han quedado sin nada. Porque por algún lado tiene que salir la rabia, la pura desesperación. Y las lágrimas.