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ABC SÁBADO 8 1 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Ante tanta ambigüedad en las palabras políticas, se agradece la claridad de Bono, que ha respondido a los separatistas como merecen LA CLARIDAD DE BONO NTRE los quatre gats de Esquerra republicana hay un tal Puigcercós que se viste como un capo de Cosa Nostra, tiene aspecto de lo mismo, jaquetón e incontinente como es, y que desde que se empinó un poco sobre la política aparece en el palco del Barça todos los días de partido. Además de ver el fútbol de bóbilis, hace declaraciones, y ahora ha amenazado con darle matarile a la legislatura. Si el PSOE no negocia el plan Ibarreche, se habrá terminado la legislatura O sea, que el maniquí vestido de mafioso tiene en sus manos, a capricho, el Gobierno de España. Y si el bravucón fuese solamente ese hooligan del Barça, podríamos quedarnos tan tranquilos viendo el partido. Lo que sucede es que ha salido, tanto en Vasconia como en Cataluña, una floración de separatistas que proliferan como hongos. Y cada vez se envalentonan más, se lían a dar órdenes y a decir lo que tienen que hacer o lo que no tienen que hacer el Gobierno, el Parlamento, el Ejército y los españoles. Zapatero anda todavía en la fase del avestruz y esconde la cabeza en la arena, o sea, en el almohadón del poder, y critica a los que se alarman con el plan Ibarreche, el proyecto de nuevo Estatuto catalán, la desobediencia de Atucha, las bravatas de Carod- Rovira, los desplantes de Maragall, los votos etarras a favor de los nacionalistas y los ataques continuos a la Constitución y a la unidad de España. Quien habla de una situación grave no rezuma confianza en España y sus instituciones. Yo sí la tengo ha dicho el presidente del Gobierno en la celebración de la Pascua Militar. Hombre, la verdad es que lo que se dice y lo que se hace en Vasconia y en Cataluña no deja de producir cierta alarma. Sería una irresponsabilidad y una negligencia desentenderse de las palabras y los hechos políticos en aquellas dos regiones. Por eso, lo que más alarma produce es precisamente esa falta de alarma en el presidente del Gobierno. Zapatero se asienta cómodamente sobre los votos de esos partidos que dicen estar por encima de la soberanía del pueblo español, permanece en sosiego, aguanta marea y sonríe. Lo que más alarma es su despreocupación y la sonrisa tonta. Suben los turcos por las murallas de Bizancio, y él ni siquiera discute. Sólo sonríe. Es lógico que consuelen y sosieguen las palabras del ministro de Defensa, José Bono, ese manchego que sale a desfacer este entuerto Ante tanta ambigüedad en las palabras políticas, ante tanto silencio y tanta cobardía, se agradecen la claridad y la precisión de Bono, uno de los pocos socialistas y desde luego el único miembro del Gobierno que ha respondido a los bravucones del separatismo como merecen. Además, esa respuesta presenta una pequeña diferencia con las declaraciones de los secesionistas: que Bono la hace desde el Ministerio de Defensa. Y es que, mire usted por dónde, la Constitución española encarga a las Fuerzas Armadas la preservación de la integridad y la unidad de España. Ningún territorio podrá romper la voluntad soberana de los españoles ha afirmado Bono. Que tenga que decirse alarma, pero escucharlo tranquiliza mucho. E JUAN MANUEL DE PRADA Yo diría que el fracaso de esta película se debe a que la gente espera ver la epopeya de un héroe que rectificó el curso de la Historia y se topa con las andanzas de un fulano que no está a la altura de su quimera UN ALEJANDRO BANAL N una entrevista de Juan Vicente Boo, Valerio Manfredi atribuye el fracaso allende el Atlántico de la nueva película de Oliver Stone a la América rural, profunda, donde sopla el viento fundamentalista Abundando en los mismos topicazos sonrojantes, el propio Stone, entrevistado por José Eduardo Arenas, achacaba el descalabro al puritanismo de sus compatriotas. Vemos, una vez más, cómo se impone una caracterización tosca y caricaturesca del pueblo americano, azuzada en este caso por un artista resentido y jaleada bobaliconamente por intelectuales europeos de dudoso fuste. Si en verdad esa América profunda posee la capacidad para condenar al ostracismo una película, ¿cómo explicaremos el éxito de la reciente Fahrenheit 9 11? El propio Stone cuenta en su filmografía con películas mucho más lesivas de los valores de esa América profunda que reventaron las taquillas. Stone, que ha logrado cuajar algunas de las cimas del cine contemporáneo- -sobre todo JFK, un prodigio de montaje y brío narrativo- -ha perpetrado también algunos de los bodrios más indecentes de las últimas décadas, desde aquella cenagosa Asesinos natos hasta sus recientes panegíricos de Fidel Castro. A quienes hemos seguido con interés su carrera, nos resulta evidente que Stone se halla incurso en una fase de decadencia. Su aproximación a la figura de Alejandro confirma esta impresión. En un principio, cuando supe que la película había sido saludada con tibieza o franco rechazo en Estados Unidos, sospeché que sus complejidades ideológicas podrían haber desalentado al público más camastrón. Pero, sorprendentemente, las complejidades (no sólo ideológicas, también psicológicas) brillan por su ausencia en Alejandro Magno el tratamiento de los personajes es pedestre y de una futilidad que espanta; la peripecia E del protagonista no llega a vislumbrar ni por asomo aquel sueño de grandeza que iluminó los días del héroe macedonio; y, en definitiva, la película naufraga en un aguachirle de banalidad. Dejando a un lado las torpezas narrativas de Stone (que alcanzan su apoteosis en el muy calamitoso y extemporáneo flash- back que narra el asesinato de Filipo) y las infidelidades históricas que enojarán al espectador más cultivado, lo que sobre todo exaspera en esta película es la absoluta incapacidad de Stone para retratar la excepcionalidad de Alejandro Magno. Encarnado por un actor que más bien parece un chulillo de barrio, el macedonio resulta un ser inane, indigno de aquel héroe que cercenó con un golpe de su espada el nudo gordiano, burlándose del vaticinio que auguraba la conquista de Asia al hombre que lograra desliarlo. Ni siquiera en su evocación del amor que profesó a Hefestión logra Stone captar la desmesura grandiosa de Alejandro: según nos cuenta Arriano, fue tal el dolor que lo acometió con la muerte de su amigo que, tras llorar su cadáver durante días, envió embajadores al templo de Asclepio en Epidauro, para que reprochasen al dios que no hubiese salvado a quien más que a mí mismo apreciaba (algunos historiadores, incluso, afirman que en su furia sacrílega Alejandro ordenó demoler hasta los cimientos el templo de Asclepio en Ecbatana) En la película de Stone, la relación de Alejandro y Hefestión se rodea, en cambio, de un tufillo delicuescente y merengoso que produce alipori. Yo diría que el fracaso de esta película se debe a que la gente espera ver la epopeya de un héroe que rectificó el curso de la Historia y se topa con las andanzas de un fulano que no está a la altura de su quimera. No sé qué demonios pintan en este descomunal chasco las apelaciones a la América profunda.