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ABC VIERNES 7 1 2005 Espectáculos 59 Confidencias muy íntimas Confusión y confesión E. RODRÍGUEZ MARCHANTE El arranque de esta película podría muy bien haberlo escrito Billy Wilder para Lubitsch: una mujer tiene una cita con el psiquiatra, se equivoca de puerta y entra en el despacho de un asesor fiscal que la escucha imperturbable y sin señalarle su error. Pero lo ha escrito Jérôme Tonnerre para Patrice Leconte. Bien, esto no significa nada salvo que lo que podría ser una comedia de enredo y diálogos afilados es otra cosa: una comedia mientras la cámara se fija en la cara de acelga de Fabrice Luchini y un suave melodrama cuando a donde mira es a la complicada y hermosa cara de Sandrine Bonnaire. Es película francesa, y lo es con todas sus consecuencias: la acción consiste esencialmente en las sesiones entre esa mujer con problemas sexuales y su falso psicoanalista, que la escucha con esa quietud y embelesamiento de un grillo gordote ante la lengua matasuegras de un camaleón. Luego la acción de la película es hablarle de sexo a un asesor fiscal; equívoco que, en manos de Billy Wilder, cualquiera se puede suponer el vuelo que tendría, y que en manos de Patrice Leconte se queda un poquito más corto. Leconte, que ha hecho películas tan estimables como El hombre del tren Monsieur Hire o El marido de la pe- luquera y que ha demostrado cierta maña tanto para la comedia como para el drama, no puede evitar aquí el convertirse (y en convertirnos a los espectadores) en una especie de voyeur de las intimidades conyugales del personaje femenino que encarna Sandrinne Bonnaire. Así sería más o menos la secuencia: Fabrice Luchini, o su personaje, el perplejo asesor fiscal, se ve incapaz de no mirar las confesiones realmente íntimas de su paciente el director, Patrice Leconte, decide que la película se estanque ahí, en su situación de arranque, y el espectador se queda igualmente convertido en falso psiquiatra y escuchador a la fuerza. Hay un ligero y lógico movimiento dentro de la paralizada situación: se empieza a entrever el modo en el que la curiosidad se transforma en un sentimiento parecido a la necesidad o al amor. O sea, Luchini se mueve a pesar de tener su imagen anclada a la silla de su despacho. Allí conviven la comedia y el melodrama, el engaño y la necesidad, la perversión con la solidaridad y la comprensión. El humor sobreviene por los esfuerzos de él para no ser descubierto, por lo ridículo de algunas situaciones, por las incógnitas reflejadas en el rostro de un asesor que se siente cada vez más psiquiatra. El dra- Sandrine Bonnaire Dirección: Patrice Leconte Intérpretes: Sandrine Bonnaire, Fabrice Luchini, Michel Duchaussoy Nacionalidad: Francia, 2004 Duración: 104 minutos Calificación: ma existe en el interior de esa mujer y en su modo de transmitirlo. Claro está que la película se apoya con los dos pies en las interpretacio- nes de sus protagonistas, la siempre excelente Sandrine Bonnaire y el más escurridizo Fabrice Luchini, entre ambos, sin la menor conexión en sus tonos interpretativos, casi como si estuvieran cada uno de ellos en una película, trazan un curioso paisaje sentimental, a medio camino también del thriller de emociones y el típico bla, bla, bla del cine francés. Estrella, señal de socorro Halo de autenticidad JOSÉ MANUEL CUÉLLAR Héroes de antaño, de los que salían en los tebeos de Hazañas Bélicas, el Sargento Gorila y también, y sobre todo, de Dunkerque, las Ardenas, Rommel y el desierto, olor a pólvora, a destrucción... Nikolay Lebedev ha hecho de esta Estrella un remanente de todas las heroicidades que en el mundo fueron. Y lo ha hecho a corazón abierto, sin trucos, sin más efectos especiales que los necesarios. Si estalla una locomotora, nos cargamos las antiguas reliquias que requisamos a los nazis, y nos la cargamos de verdad, que salte en mil pedazos de hierros retorcidos. Nada de maquetas ni engaños. Tanques, camiones, motos, coches, todos por los aires con un sello auténtico, de película antigua modernizada. El pretexto también es viejo, añejo y con el sabor de los buenos vinos. En el frente oriental los alemanes se preparan para la contraofensiva en plena Segunda Guerra Mundial. Los rusos quieren saber cómo, cuándo y cuántos. Así que mandan a unos chicos de 20 a 23 años detrás de las líneas enemigas para que averigüen e informen. El resto es valor, audacia y sagacidad, sangre y sudor, arrojo desmedido y amor a la causa. Dentro del horror de la guerra, es Director: Nikolay Lebedev Intérpretes: Igor Petrenko, Ekaterina Vulichenko, Alexey Panin Nacionalidad: Rusia, 2002 Duración: 97 minutos Calificación: Delta y siete mil fuerzas especiales de los de Yanquilandia. Aquí todo es más sencillo, más real y, por lo tanto, más cruento. Dotada de una soberbia fotografía sobre todo, Estrella (premios y nominaciones aquí y allá) tiene, por encima de su argumento sabido pero no por eso banal, una premisa que la eleva a gran altura: ese sabor a cine de antes, del que ya no se hace, desprovisto de la fatua modernidad, tiene en todo su entorno un halo auténtico que destroza los ordenadores y los circuitos que atan al cine de los últimos tiempos. Alrededor de la historia, totalmente épica, un elenco de actores jóvenes valiosos, empezando por el emergente Igor Petrenko (una especie de Brad Pitt ruso) y siguiendo por unos secundarios de lujo que confieren al trabajo un empaque sólido y monolítico. El resultado final, sin ser una bomba incendiaria, explosiona más en el corazón que en la cabeza, puro sentimiento a flor de piel. una película hermosa pues su belleza está en la simplicidad de lo expuesto, en la ingenua inocencia del comando, en el compañerismo y la camaradería que Lebedev imprime en cada toma y en cada escena. Es el no dejar un solo hombre atrás, pero sin la fanfarronería altanera y soberbia de los Rangers,