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ABC VIERNES 7 1 2005 Espectáculos 53 Alejandro Magno Cuando el personaje y el actor se pelean, y pierden ambos E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Acaso valga la pena ver este Alejandro Magno que propone Oliver Stone sólo por entrar con él en la antigua Babilonia, en una secuencia de insolente riqueza visual y puede que mil veces imaginada pero nunca vista. La triunfal entrada en la ajardinada capital persa es el gran momento de la película (y tal vez de la gloria militar de Alejandro, tras ver como se escabullía entre sus tropas derrotadas Darío) hay otros momentos de mucho peso cinematográfico, histórico o narrativo, incluso algunos realmente espectaculares, como esas escenas de batallas con elefantes... Pero nada de todo esto es excepcional, salvo la visión asombrosa de lo que pudo ser la ciudad de Nabucodonosor y Ciro. Pero estamos dentro de una película de Oliver Stone, alguien que no busca la excepcionalidad de la imagen sino de la idea... Rara vez lo consigue. Al cine de Oliver Stone siempre le falta o le sobra algo. En esta ocasión, en su notable esfuerzo por atrapar la figura magna del macedonio Alejandro, curiosamente le falta lo mismo que le sobra: protagonista. De un modo arriesgado, Stone decide que el actor irlandés Colin Farrell sea quien encarne la complejidad y la carnalidad de la figura histórica de Alejandro Magno, el forjador de un gran imperio que abarcaba desde Grecia hasta el umbral de China. Pero a la interpretación de Colin Farrell le falta complejidad y le sobra carnalidad. Dicho de otro modo: el irascible, jactancioso y macarrón actor transmite con facilidad al guerrero Alejandro, al caprichoso, brutal, egocéntrico, loco y acomplejado Alejandro, pero no asoma en él ni rastro del gran estratega, del discípulo de Aristóteles, del hombre culto y templado al que admiraron todos los pueblos y gentes de su época y de los siglos y milenios posteriores. Por decirlo pronto: si Alejandro Magno se hubiera parecido Angelina Jolie y Colin Farrell Dirección: Oliver Stone Intérpretes: Colin Farrell, Angelina Jolie, Val Kilmer, Anthony Hopkins Nacionalidad: EE. UU. 2004 Duración: 173 minutos Calificación: al que interpreta Colin Farrell, hoy no quedaría ni rastro de él. Y esta especie de desencaje entre los protagonistas, el actor y el personaje, afecta inevitablemente a la relación entre todos los demás elementos. De todos modos, la película es sólida y está construida para que funcione incluso alejada de la perfección: reconstruye muy bien Oliver Stone las figuras y los fondos de la historia; apreciamos lo rugoso de la época en las relaciones entre Alejandro con su padre (Filipo, encarnado con fuerza y brutalidad por Val Kilmer) con su madre (Olimpia, también acertada la sibilina Angelina) con el hombre que amó en un sentido entre Platón y Aristóteles (Hefestión, Jared Leto, que también lo ensombrece) con la mujer que se casó (Roxana, Rosario Dawson, quien no necesita más que un par de escenas para echarlo de la película) Alejandro no impregna a Colin Farrell sino que ocurre al revés, que el modo, la traza de Farrell se le queda untada como una grasilla al gran personaje, situándolo en un pedestal confuso en el que lo mismo podría estar Calígula que Gengis Kan. En cuanto a la polémica chorra sobre la homosexualidad, no da ni para la línea que ahora se acaba. ALEJANDRO Y SU IMAGEN FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS De las Reales Academias Española y de la Historia n una Grecia cansada por las guerras internas, por las dudas y el descreimiento, la aparición de Alejandro fue como el brillo de un relámpago. Un ideal de acción y, al tiempo, de humanidad. Arrastró a los griegos y a los macedonios a Asia, contra el gran imperio de los persas. Cierto, podemos pensar en un cambio ideológico, en la Grecia del siglo IV, en dirección a una monarquía sabia y justa. Pero lo esencial fue el impacto de su personalidad. Era el nuevo Aquiles, el hombre que se había formado en la lectura de Homero, que luchaba en Asia como el propio Aquiles, que corría desnudo con sus compañeros en Troya, que tenía en Hefestión un amigo comparable a Patroclo. Y era un hé- E roe que moría joven, entre leyendas. En el gran mosaico de Nápoles le vemos arremetiendo con su lanza contra Darío, que huye. Y los historiadores nos hablan de su corte de escritores y filósofos, de su humanidad con la familia de Darío, su temperancia. En el santuario del dios Amón, en Libia, fue saludado como hijo del dios. Y quería asimilar a griegos y asiáticos, crear un nuevo ideal de humanidad. Conversaba con los sabios desnudos de la India y con los cínicos. Si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes, decía. Nadie promovió más que él la idea de una monarquía universal. Los cristianos, los musulmanes, hicieron de él un filósofo y un hombre religioso que buscaba difundir el monoteísmo. Los emperadores romanos- -un Trajano, un Septimio Severo- -le imitaba. Y luego todos los demás, incluido Carlos V. Pero prevaleció el héroe y el sabio, y hasta el personaje mítico. Baja al fondo del mar, se topa junto al Eufrates con una muralla de piedras preciosas, sube al paraíso, se encuentra a las muchachas que nacen del cáliz de las flores. Era un sueño, la resurrección de una Grecia heroica que parecía muerta. Unida a una superación de las divisiones en credos y razas, a una unión del rey y el filósofo. Pues, a lo largo de relatos novelescos y de máximas y anécdotas, Alejandro se convirtió para los griegos en un filósofo discípulo de Aristóteles. En obras traducidas del griego al árabe, del árabe al castellano por Alfonso el Sabio, aparece como el moralista maestro de hombres y de reyes. Cierto que Alejandro, cómo no, cultivó la propaganda: la corte que le rodeaba creó la imagen gloriosa. Cierto que era criticada por otros, de resulta de episodios sangrientos. Moralistas como Cicerón y Séneca le descalificaron, sería el felix praedo, el ladrón afortunado. ¿En qué me gana Alejandro a mí, decía un jefe de piratas, sino en que yo robo en pequeño, él en grande? Nadie como él excitó la imaginación, siguió vivo en todas las religiones y en todas las épocas. Dejó el mundo sembrado de sus Alejandrías, no solo la de Egipto, Kandahar es una de las muchas. Era el Mégas, el Grande, de ahí tomaron ese nombre tantos otros, de Pompeyo Magno a Carlomagno. El joven heroico, el pacificador, el conductor de pueblos, el sabio. Esta imagen prevaleció frente a sus choques con los griegos, que no querían tanta grandeza, frente a los hechos de violencia. César lloraba en Cádiz recordando lo que a su edad había hecho Alejandro y él no. Fue, en una edad cansada, el nuevo paradigma de lo humano.