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ABC VIERNES 7 1 2005 La Tercera EL COLOR DEL PASADO LVIDEMOS a los pintores. Olvidemos la historia del arte y a sus sacerdotes por un momento. También el aroma a barnices, a madera encerada, a ramo de resina fresca recién llorada que baña las salas solemnes del museo de El Prado. Hagamos como Mújica Laínez en aquel viejo relato suyo donde descabalga de los marcos al emperador soldado de Tiziano, a las gracias rubias de Rubens, a los enanos de Velázquez... y, a todos ellos y a otros muchos más, los deja corretear por las claras galerías de la gran pinacoteca nacional. Consideremos a los hombres, mujeres y niños que cuelgan de las paredes como seres vivos. Una vez lo estuvieron. Consideremos al menos la desnudez y el misterio de los rostros que nos miran desde los cuadros que forman la exposición El retrato español, desde el Greco hasta Picasso. El historiador, no sólo sujeto al hábito y a la costumbre de los archivos, encuentra en esos retratos una valiosa y singular crónica de España, una historia secreta, minúscula, quebradiza como el vidrio, increíble como urbe y como recuerdo, no en vano salida de los sueños. La anciana condesa de Calderón, viuda del último virrey de Nueva España, parece preguntar por qué siempre tenemos que ver la historia en los fusilamientos y las batallas donde millares de hombres se mueven como máquinas, títeres de una ambición superior, por qué esa manía de atrapar el fugitivo teatro de las naciones en la vida de los reyes, generales y grandes hombres, y no en las ideas y los sentimientos de una señorona como ella, oscura, invisible, que ha conocido el exilio y ha visto dos guerras civiles, la de la insurrección americana y la carlista, una señorona que por lo que contiene su mirada bien podría poblar una de las novelas de Galdós. Unos años antes, comienzos del siglo XIX. Lajoven dama nos mira triste. Es la condesa de Chinchón, a quien Carlos IV ha sacado de un convento de Toledo para regalar al principísimo Godoy una esposa de sangre azul. Sus ojos evocan dramas vivos y mudos que remueven el corazón. Son los ojos de quien pasa por la vida de puntillas, con vocación de silencio, sin más identidad que la levedad del ser. Susurra, no habla. Mediados del siglo XVII. La niña- -la infanta Margarita- -que nos mira envuelta en la seda azul del vestido y el fulgor de las joyas reales sabe ya que sus padres, Felipe IV y Mariana de Austria, han atado su futuro al de quien será emperador de Austria. En su mano de marfil joven cuelga la promesa de la boda y el viaje a los inmensos y dorados palacios de Viena: de su mano cuelga un manguito de pieles. Hablamos sin cesar de los siglos que nos preceden o siguen al nuestro, como si nos fueran totalmente extranjeros y, sin embargo, entre esos seres que nos observan desde las paredes y hacen guardia tiene uno la sensación de que el tiempo no cuenta. Los pinceles conservaron los hábitos y los gestos terrenales, copiaron la vida toda, dejando en suspenso la sorda lucha del corazón con la ceniza, y abandonando a damas, emperadores, infantas, capitanes, banqueros, pícaros, bufones, filósofos, misioneros y mendigos a nuestras preguntas. Con una mezcla de obstinación y orgullo Luis de Góngora quiere, en vano, contradecir a Velázquez: Todo se nos escapa, y todos, y hasta nosotros mismos Si uno se fija bien descubrirá que el poeta, agrio y anciano, no tiene razón. En la O Las voces que surgen de estos cuadros animan a preguntar por las vidas de esos rostros y cuerpos que respiran sin libertad en el lienzo entereza y decepción de su rostro queda retratado el sentir de todos sus desengaños. Imposible saber si al poeta le convence ese niño de una callejuela de Sevilla que sosteniendo un libro en las rodillas impone silencio con un dedo en los labios, exhortando al espectador a escuchar la plática de Miguel de Mañara. El filósofo es flaco como un junco. Siempre obsesionado con la brevedad de la vida, lo efímero de la belleza y del saber, quiere abrirnos los ojos al sañudo guadañazo de la musa barroca. Quizá sin proponérselo, los pintores españoles hicieron de su arte una ventana abierta al pasado como latido y no como petrificada naturaleza muerta. Con la mano derecha extendida hacia el frente y avanzando por un espacio en sombras como en un terreno desconocido, el ministro de Hacienda Cabarrús se pregunta si es cierto aquello de que el imperio fundado sobre la razón reina tan sólo algún tiempo, y ese tiempo es dulce y voluntario, mientras que el de la fuerza reina siempre, y es un tiempo recio, sombrío, como el que parece vivir el caballero de la mano en el pecho o esa monja de mirada intensa, que empuña un crucifijo igual que si fuera un arma. Si uno se vuelve hacia Jovellanos, sentado al lado de su mesa, entre una multitud de legajos, tal vez halle en su expresión melancólica la respuesta a esa pregunta. Es el año 1798. El ilustrado asturiano ha contemplado cómo la Inquisición caía sobre su amigo, sospechoso de tener contactos con la Francia revolucionaria y acusado de múltiples fraudes y estafas. Un día el perverso Antonio Pérez le dijo a Felipe II que los príncipes debían temer a los historiadores tanto como las feas mujeres a los buenos pintores. Carlos III con pinta de idiota y mirada prensil, acompañado de un perro y cargado con una carabina, parece preguntarse si no es al revés, si en realidad, más que de los ceñu- dos cronistas, que retienen una imagen chata y pobre de la vida o la cargan y abruman con una dignidad que no posee, de quien de verdad deben protegerse los príncipes y monarcas es de los pinceles. Todos los reyes reunidos en la exposición de El Prado parecen temer el verismo justiciero de los pintores españoles. Felipe II, patrón del mayor imperio de la cristiandad, quieto aquí en la edad en que la vida, para cualquier hombre de su época, es ya una derrota aceptada, espera los siglos vestido de sombría negritud e investido de impasible talante. En dos momentos de su biografía, Felipe IV, joven y presuntuoso, abatido y cansado no deja de insistir en una pregunta que simultáneamente es una respuesta... si la existencia humana se compone de tres líneas sinuosas, perdidas hacia el infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue. Las voces que surgen de estos cuadros animan a preguntar por las vidas de esos rostros y cuerpos que respiran sin libertad en el lienzo, a remontarnos en el tiempo e imaginar su pequeña historia: la tristeza de ese mendigo que se hace pasar por el fabulista Esopo, los exilios de aquel baquero afrancesado al que seguramente, como a casi todos nuestros hombres de negocios del siglo XIX, no se le ha concedido el lugar que se merece, la luminosidad de los diarios escritos por la encantadora condesa de Vilches o la crónica desolada de esas alcahuetas y putas que parecen sacadas a golpes de los párrafos del Guzmán de Alfarache Por supuesto, conforme al territorialismo cultural que crece entre nosotros como un Ebro desbordado, uno podría consultar el minucioso catálogo de la exposición y, obsesionado por los museos y archivos desaparecidos, descubrir las huellas de grandes saqueos y expolios. Un cuadro de Murillo, convertido en pieza del museo portátil con el que José Bonaparte quiso regresar a París, evoca las obras de arte que los mariscales de Napoleón robaron de las iglesias y conventos de España durante la ocupación de 1808. Seguramente, alguno de nuestros políticos encontraría en ésta historia un buen motivo para salir de su monótona aldea y, pueblo caldeado al frente, lanzarse contra los molinos imaginarios de los campos Elíseos, aunque los campos Elíseos ya no sean los campos Elíseos, Francia no sea ya la Francia de Napoleón, y el cuadro pertenezca ahora a la National Gallery de Londres. No vuelvas los huesos sepultados; que hallarás más gusanos que blasones, en testigos de nuevo examinados decía Quevedo riéndose del cristiano viejo. Con el arte y los archivos la razón recomienda seguir el mismo consejo. Escudriñar el pasado en busca de grandes o pequeños expolios y decretar que las obras de arte o los archivos deben ser devueltos a sus antiguos propietarios o lugares de procedencia puede provocar el desmantelamiento de más de un gran museo y archivo nacional. Claro que después de la polémica del Archivo de Salamanca el Gobierno actual parece estar más por la justicia poética que por la razón. Un granuja de Murillo nos observa burlón desde la pared; se ríe La comedia de humana no concluye nunca. FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR Catedrático de Historia Contemporánea Universidad de Deusto