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ABC JUEVES 6 1 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY ¿Qué pretende usted, lendakari: aprovecharse de la sonrisa del boquirrubio para liarla otra vez en los campos de Celtiberia? UN DIÁLOGO A TORTAS O creo, y lo digo sin ánimo de molestar, que Juan José Ibarreche ha cometido una gran temeridad al plantear su dilema: o negociación, o tortas. Porque la negociación, tal y como él la concibe, es imposible, y por lo tanto sólo quedan las tortas. Para decirlo más claro recurriré a las famosas palabras del torero: Eso no puede ser, y además es imposible Nadie puede concederle a Ibarreche que la voluntad de lo que él llama la sociedad vasca es decir una parte del nacionalismo vasco, esté por encima de las decisiones del Parlamento español, donde reside la soberanía suprema del pueblo, que también es soberanía del pueblo vasco, entero y sin fracciones. Y si alguien se creyera con autoridad para conceder a Ibarreche o a cualquier otro delirante ese disparate, sería él quien recibiría inmediatamente las tortas que se citan. Unas tortas que le despojarían en el acto de esa supuesta autoridad. Demodo que poco adelantaríamos en esteenloquecidoconflicto de competenciasentre algunos de los votantes nacionalistas y todo el pueblo español si se liaran a tortas Ibarreche y Zapatero. Hombre, podría ser divertido, pero la política, cuanto menos divertida y pintoresca, mejor para el país, o mejor dicho, para la nación. Contemplando ese supuesto, podríamos organizar el diálogo entre ambos combatientes anunciándolos como en el ring. A continuación, como combate de fondo, se enfrentarán por primera vez a tortas, el púgil Rodríguez Zapatero, con calzón rojo, 44 años, 1,78 de altura, 68 kilos, nacido en Valladolid pero conocido como ¡El Tigre contra el gran encajador Juan José Ibarreche, 47 años, 1,76 de altura, 66 kilos, Rh aproximadamente negativo, conocido como ¡El leñador de Claro está que eso siempre sería mejor que reproducir una vez más en estos páramos de Celtiberia el Duelo a garrotazos de Goya. Esa pelea a golpes entre los dos protagonistas del conflicto, al modo y manera de los combates caballerescos de la Edad Media para dirimir una batalla, supondría un mal menor. Allá ellos. De todas formas, ganara quien ganase, al pueblo español nadie iba a quitarle su soberanía. Mucho peor sería que cada uno de los españoles que no están de acuerdo con el Plan soberanista de Ibarreche acudiera a propinarle una torta. Pobre Ibarreche. Se le iba a quedar el rostro tan hinchado como el monte Igueldo. Pero, hombre, Ibarreche, ¿a quién se le ocurre nombrar la soga en casa del ahorcado? Porque, ya no a tortas, sino a tiros y a bombazos, están los etarras, desde hace más de treinta años, intentando alcanzar sin conseguirlo lo que usted quiere lograr ahora con ese Plan suyo, aprobado con votos etarras, la amenaza estúpida de las tortas y esa soflama que se trae de que por encima de lo que usted dice que es la voluntad de la sociedad vasca no existe ninguna otra voluntad. A lo mejor, el obispo Setién les ha dispensado de la voluntad de Dios. ¿Pero qué pretende usted, señor lendakari: aprovecharsede la sonrisa del boquirrubio para liarla otra vez en los campos de Celtiberia? Quédese en paz. ¿No ve usted que el macho está de todo eso hasta las crines? Y DARÍO VALCÁRCEL Constantinopla- Estambul fue un gran centro de intercambio: regimientos suecos, solemnidad persa, filosofía griega, teologías cristiana y musulmana. Y junto a ello organización veneciana, comercio genovés. Esto ha sido Turquía, un gran pueblo que desprecia la simplificación TURQUÍA ACABARÁ EN EUROPA R ECTIFICAMOS. Hemos apoyado en esta columna a quienes sostenían que la identidad europea quedaría amenazada si Turquía ingresaba en la Unión. Quizá no sea así. Turquía es hoy mayoritariamente partidaria de la integración en la UE. Algunos padres de la Comunidad advierten de los riesgos que una futura Europa integrada sufriría con la adhesión turca, entre ellos el antiguo presidente de la República francesa, Valéry Giscard d Estaing, coordinador de los redactores del proyecto de Constitución Europea. El lunes hablábamos en Estambul con un dirigente empresarial. El gobierno de Erdogan, argumentaba, ha jugado la única carta en su mano, y lo ha hecho con no poca inteligencia. Ha advertido que Turquía no admitirá fórmulas intermedias: la respuesta ha de ser inequívoca, sí o no. El clima político a los dos lados del Bósforo es de ebullición. Para nosotros, sigue nuestro interlocutor, la negativa europea sería una catástrofe. No le doy cifras, en parte favorables a nuestra causa: le hablo del clima creado en Turquía en estos meses. No vamos a emitir juicios sobre un problema de tal calibre en esta pequeña columna. Pero conviene recordar el origen cultural de la nación: los otomanos, guerreros centroasiáticos, emigraron hacia el sureste entre los siglos XI y XIII. Invadieron entonces la mitad oriental de Turquía, pero fueron, como pueblo, insignificantes en número. Durante un milenio y medio, con emperadores bizantinos o sultanes, Constantinopla- Estambul fue un centro de intercambio: regimientos suecos, esclavos balcánicos, protocolo constantiniano, solemnidad persa, filosofía griega, teologías cristiana y musulmana enriqueciéndose sin cesar: y junto a ello, organización veneciana, riqueza egipcia, comercio genovés... Esto ha sido Turquía desde el siglo IV al XXI. Un pueblo mediterráneo que desprecia la simplificación. Al final habrá que decidir. Si Turquía cumple con los criterios de Copenhague- -democracia verificable, asunción del acervo jurídico, economía abierta, es decir, lo que España incumplía en 1975- -no será posible negar la luz verde. Turquía transforma aceleradamente su legislación; ha hecho progresos tangibles hacia los derechos individuales; sus normas económicas cambian. Turquía, dice nuestro interlocutor, no es solo en parte europea sino que es clave en Europa. Hablamos de tres argumentos adversos. La Unión no puede extender sus fronteras indefinidamente; la Unión ha de preservar su identidad cultural; si se admite a Turquía ¿por qué no a Argelia? Pero en cada argumento hay un sofisma. Turquía es de mayoría islámica pero de cultura europea. Se puede argumentar sobre el significado de Santa Sofía, centro de la cristiandad, sobre el respeto que los sultanes mostraron por la sabiduría de Bizancio. Hay sin embargo dos datos que influirán en el desenlace: la tasa de fecundidad turca, de 2.3, casi el doble que la española, y su población hoy, 73 millones de habitantes. La potencia material e intelectual de los turcos inyectaría una incalculable fuerza transformadora en la UE. No hablamos aquí de lo que representarían 80 millones de consumidores. Otros puntos deben examinarse antes. ¿Qué nos lleva a pensar que una Unión integrada, fuerte, dotada mañana de una sola voz y pasado mañana de un ejército, pueda hacerse al margen de Turquía? ¿Y si Europa demostrara cómo se puede incorporar a un gran país musulmán y desmontar así los míticos, sangrientos, interesados y a veces ridículos planes de George W. Bush? Reforzar la UE, sostener su amistad ante EE. UU. (no ante Bush) y defender la independencia europea serían grandes objetivos.