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ABC MIÉRCOLES 5 1 2005 La Tercera ¿LES CONVIENE A LAS AUTONOMÍAS SER NACIONES INDEPENDIENTES? A cuestión nacionalista- -cuya radicalidad hay quien oculta refiriéndose a ella con la eufemística pretensión de que se trata de debatir sobre un proyecto de convivencia territorial -se encuentra ya en el orden del día de la política inmediata. Acontecimientos como el boicot catalanista a la candidatura olímpica de Madrid- -a su vez desencadenante de una campaña contra el consumo de cava del Penedés- la más que simbólica decisión de segmentar el Archivo Histórico de la Guerra Civil de Salamanca, la adopción por los socialistas vascos del concepto de comunidad nacional -cuya raíz totalitaria al parecer se les ha escapado- y, como colofón momentáneo, la aprobación del plan Ibarretxe en el Parlamento de Vitoria, son hechos que obligan a reflexionar seriamente sobre el fondo del asunto y a preguntarse si, más allá de la escalada demagógica que ayuda a cosechar votos, a los ciudadanos residentes en las distintas regiones de España les interesa que éstas acaben constituyéndose en naciones independientes. Los economistas, siempre dispuestos a discutir los pros y contras de las decisiones políticas en la perspectiva del bienestar, han avanzado algunas respuestas bien interesantes sobre ese problema, amparándose tanto en las ideas teóricas como en las evidencias empíricas. Éstas señalan, de entrada, que durante el último medio siglo ha habido una auténtica proliferación de nuevos países, de manera que, si al finalizar la Segunda Guerra Mundial se contabilizaban 74, en la actualidad son 193 los que se sientan en el foro de las Naciones Unidas. Dos son las causas de este fenómeno: por una parte, la descolonización de los imperios europeos que fue muy intensa entre los años cincuenta y el decenio de los setenta; y, por otra, las secesiones impulsadas por el nacionalismo, sobre todo en el antiguo bloque soviético, que han tenido lugar con posterioridad a la caída del Muro de Berlín. Entre ambos procesos existe una diferencia fundamental, pues si el primero discurrió de manera que las naciones emergentes mantuvieron, por lo general, una relación económica privilegiada con su antigua metrópoli, el segundo se ha desenvuelto en medio de enfrentamientos- -muchas veces armados- -que han diluido en gran medida las viejas relaciones comerciales y financieras. Se ha señalado que esta creación de nuevas naciones se encuentra relacionada con la globalización, de manera que la creciente apertura de las economías y la consiguiente reducción de las barreras al comercio, parece haber proporcionado la oportunidad para su independencia. Así, en el período señalado, mientras la protección arancelaria media mundial se ha dividido entre cinco, el número de países se ha multiplicado casi por tres. Alberto Alesina y sus colaboradores han explicado que esa apertura, al multiplicar las oportunidades de acceso a los mercados exteriores, hace que las pequeñas economías puedan aprovechar sus ventajas de especialización, pues la obtención de los menores costes que se derivan de una gran escala de producción no depende, en esas condiciones, de la L La secesión es un mal negocio. El interés material de la ciudadanía de cualquiera de las Comunidades Autónomas no está en que éstas se conviertan en naciones independientes. Cuando los partidos nacionalistas propugnan la desmembración de España, pretenden hacernos ignorar que las leyes de la economía imponen su ineludible dictamen más allá de cualquier voluntad humana dimensión de su mercado interno. En otras palabras, dentro de un mundo globalizado, el tamaño de la nación deja de influir sobre las posibilidades de alcanzar unos buenos resultados económicos. Esta teoría ha podido explicar, en alguna medida, la emergencia de las naciones que resultaron de la desmembración de los imperios coloniales, pero resulta de imposible aplicación a las que han sido fruto de un proceso de secesión. Pues, en este caso, se han levantado barreras donde no existían y ha empezado a operar lo que los economistas denominamos como efecto frontera Con este concepto- -que inicia su andadura en los trabajos de McCallum y Helliwell sobre Canadá y, en particular, sobre Quebec, publicados al tiempo que se celebraba el segundo referéndum secesionista de esta provincia- -se designan los costes que, para el comercio, implica la necesidad de atravesar las fronteras. Unos costes que se manifiestan en el hecho de que es mucho más fácil intercambiar mercancías en el interior de cada país- -entre zonas geográficas con las que se comparte una misma lengua, un mismo marco institucional, una misma idiosincrasia y unos mismos sentimientos de pertenencia- -que con el exterior, incluso en ausencia de aranceles. Pues bien, la existencia de este efecto frontera hace que, según los estudios disponibles, la intensidad de los intercambios internos a cada país sea entre cinco y veinte veces mayor que los externos, siempre que se consideren espacios de similar tamaño situados a la misma distancia. Cuando la secesión destruyó la base común que compartían algunos de los países surgidos en la década de los noventa, el efecto frontera irrumpió inexorablemente en sus relaciones mutuas, reduciéndolas de manera drástica y produciendo estragos en sus posibilidades de crecimiento. El ejemplo de las antiguas repúbli- cas soviéticas, de Yugoslavia o de Checoslovaquia, así lo revela, pues la intensidad de sus intercambios descendió entre tres y cinco veces y el PIB disminuyó, en algunos casos dramáticamente- -como en Ucrania (68 por ciento de caída durante el decenio) Letonia (51 por ciento) Rusia (46 por ciento) Bielorrusia (40 por ciento) y Lituania (35 por ciento) -y en otros de forma más moderada- -como en Estonia (16 por ciento) Croacia (8 por ciento) y la República Checa (2 por ciento) anotándose sólo dos excepciones en las que apenas creció- -Eslovenia, con un 11 por ciento de aumento, y Eslovaquia, con un 5 por ciento- En definitiva, la promesa del nacionalismo al propiciar la secesión es, de acuerdo con esta experiencia, una invitación al empobrecimiento, a la ausencia de horizontes, al abandono del tren del progreso. ¿Qué podemos decir, a todo esto, de las regiones españolas? Un reciente estudio de Salvador Gil, Rafael Llorca, José Antonio Martínez Serrano y Josep Oliver, realizado en la Universidad de Valencia, señala que el efecto frontera provoca que esas regiones comercien entre sí, por término medio, con una intensidad veinte veces más grande que con cualquier otro país extranjero, a igualdad de tamaño y distancia. En la mayoría de las Comunidades Autónomas dicha intensidad se sitúa próxima a la media, pero en varios casos es mucho más grande- -como ocurre en Baleares (60 veces) Cantabria (53) Extremadura y Asturias (42) Canarias (37) o La Rioja (31) -y sólo en dos resulta notoriamente más reducida- -los de Castilla- León (14) y Madrid (9) En estas circunstancias, cualquier proceso de secesión, como el que lamentablemente se ha desencadenado ya en el País Vasco, dará lugar a una importante pérdida de bienestar para los ciudadanos de la región en la que se emprenda. Citaré como ejemplo, aún a riesgo de repetir lo que ya conocen mis lectores, la estimación de los efectos a corto plazo del plan Ibarretxe: una reducción de entre el 14 y el 23 por ciento de la actividad económica en Euskadi; una destrucción de empleo de entre 128.000 y 214.000 puestos de trabajo; una tasa de paro que puede llegar a superar el 30 por ciento; y, como colofón, un aumento de impuestos y un empeoramiento de los servicios públicos, en particular de las pensiones. La secesión es un mal negocio. El interés material de la ciudadanía de cualquiera de las Comunidades Autónomas no está en que éstas se conviertan en naciones independientes. Cuando los partidos nacionalistas propugnan la desmembración de España, pretenden hacernos ignorar que las leyes de la economía imponen su ineludible dictamen más allá de cualquier voluntad humana. En esos partidos se recurre a la vieja aspiración totalitaria de subordinar la economía a la política. Pero la experiencia de la Historia nos enseña que están condenados al fracaso y que, si no lo impedimos, nos veremos arrastrados por ellos a un tiempo de penuria y desgracia. MIKEL BUESA Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid