Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES 4 1 2005 La Tercera SOBERANÍA NACIONAL D ESAFÍO abierto. Una vez más, el Plan Ibarretxe ocupa toda la escena. Conviene no olvidar, sin embargo, que hay otros proyectos en marcha: no es admisible que, por contraste, ganen ahora patente de moderación. Así de mal están las cosas. Examen de Derecho Constitucional, curso primero, contesta el alumno aplicado. Antecedentes: Sièyes y la Revolución francesa. Norma vigente: ...reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado Jurisprudencia del Tribunal Constitucional: autonomía no es soberanía Notable, como máximo. Para subir nota, se exige adivinar el porvenir. España podría pasar al apartado de antecedentes más o menos manipulados. La Constitución dirá tal vez que el Estado está integrado por Comunidades nacionales, titulares de poder originario (léase soberanía) que se manifiesta mediante su derecho de autodeterminación. Son Comunidades de primer rango, faltaría más, el País Vasco y Cataluña. Galicia, más mal que bien. El resto, cláusula residual: una especie de elefante de Kipling que ha olvidado su propia fuerza. Hace falta, por cierto, inventar un nombre para la selección de hockey: se me ocurre Visigotia para dar gusto a quienes dicen ser carolingios frente a los bárbaros irreductibles. Pero me resisto a la ironía frente al argumento ridículo, porque el asunto es muy serio y las cosas han llegado esta vez demasiado lejos. Están crecidos, como es notorio, los enemigos de la España constitucional. Igual que al personaje de Flaubert, la suerte les hace ser cada día más audaces. La culpa es nuestra, sin embargo, porque la sociedad española puede ser todavía dueña irrevocable de su futuro. Es triste que no podamos disfrutar del éxito colectivo, malogrado por la deslealtad y el egoísmo de los nacionalistas excluyentes. Lo más grave, como siempre, es la deserción de los mejores. Una sociedad amenaza ruina cuando se resquebrajan los cimientos, lo mismo que un edificio. Extraño país el nuestro, que debería estar orgulloso y complacido y se manifiesta, en cambio, escéptico y desconfiado. El proyecto de la Transición ha cristalizado en una realidad positiva. España accede a la altura del tiempo histórico; tal vez no muy elevada, pero eso ya son culpas ajenas. La Constitución de 1978 es la mejor de una historia política agitada y no siempre modélica. Ahora se trata de promover la reforma, en contra de la lógica y del sentido común. Me refiero, como es evidente, a la revisión sustancial, no a los matices técnicos o a la eficacia de las instituciones, aunque en cualquier caso convendría leer el libro excelente del matrimonio Panofsky sobre la caja de Pandora. Es una lástima. Bajo un trampantojo brillante, se oculta una sociedad confusa y poco vertebrada. Ortegianos al fin, sabemos que las minorías deben ser conscientes de su responsabilidad en las grandes ocasiones. El juego de las mayorías coyunturales invita, sin embargo, a la vía espuria de la Constitución degradada, como si el juez Marshall no hubiera existido nunca. Como si Kelsen no hubiera creado escuela en torno a la pirámide normativa. Como si Enterría no hubiera escrito La Constitución como norma En vez de preceptos jurídicamente vinculantes, nos dirán que la España patria común e indivisible es una La sociedad reclama la voz de los más sabios. También de los líderes y referentes de la opinión pública. No nos pueden fallar. Sin dramatismo alguno, pero con máxima firmeza y convicción. Todavía somos más y somos mejores en la defensa del interés legítimo de la España constitucional simple declaración retórica. Ascienden a la cumbre los estatutos de autonomía en calidad de norma constituyente en sentido material. Para eso se inventó en su día el concepto multiuso de bloque de la constitucionalidad El camino está trazado: mayoría holgada (con los socialistas, por supuesto) en el territorio propio; pacto multipartido (o sea, todos contra uno) en el Congreso de los Diputados; apoyo doctrinal sobre mutación constitucional en aquel autor coreano que todos copiamos hace años del manual de García- Pelayo. Vuelan trozos de soberanía, semántica y competencial. Paradojas de la política: mientras planea la ruptura, llega una amable invitación para ir de visita por ahí. Será, imagino, en calidad de metecos de poca estadía como diría Alejo Carpentier. Pongamos orden conceptual entre tanta algarabía. Comunidad nacional parece ser un poco menos que Nación, pero debe ser muy poco menos. Algo más que Nacionalidad, porque, si no fuera así, ¿para qué tanto debate? Mucho más que Región, apenas una parte menor de un todo superior ética y políticamente. Llegamos al fondo del asunto. La Nación es soberana, seguro. Las Nacionalidades y las regiones, no, porque sólo tienen derecho a la autonomía. ¿Y la Comunidad nacional Menos que soberana y más que autónoma, es titular (irrenunciable, permanente y perpetuamente actual, su- pongo) de un poder propio que, por ahora, desea ejercer mediante la yuxtaposición con sus iguales en un Estado artificial sin Nación propia. Por supuesto no hay renuncia a los serviciales derechos históricos. Añaden, por si acaso, la advertencia expresa de que habrá revisión del pacto a la menor señal de incomodidad y, en todo caso, cumplida la cifra mágica del cuarto de siglo. Mientras tanto, la inmensa mayoría de los cuarenta y tres millones de españoles contempla la escena desde el patio de butacas. Contra una corriente tan fuerte, tú no puedes progresar escribía Rilke. Nuestras élites, a lo suyo. Rubio Llorente, extremeño de Berlanga, era un profesor estupendo. Conservo los apuntes del curso ¡1976- 77! en la Facultad de Derecho de la Complutense. Previa cita de Max Weber, dice allí que toda nación tiende por naturaleza a constituirse en Estado. Letrado de las Cortes, Rubio fue asesor de la Ponencia constitucional. Querencia universal del oficio: todo constitucionalista desea con fervor llegar a ser constituyente. Consiguió al menos ser intérprete supremo a través de sus votos particulares en el Alto Tribunal, que daban mucho más juego doctrinal que la sentencia misma. Recibió después el homenaje merecido de amigos y discípulos. Cuando le nombran presidente del Consejo de Estado, muchos respiramos con alivio: Zapatero sabe lo que hace en materia de reforma constitucional. Error lamentable. El profesor modula su trayectoria y pone su prestigio al servicio de la falacia jurídico- política que nos aguarda. Lejos todavía de las logomaquias historicistas que tanto combatía. Cerca, demasiado cerca de otorgar una baza insospechada a quienes no son felices porque no son leales al proyecto común. Algunos opinan lo contrario, pero yo sigo confiando en el reconocido jurista y apreciado colega. Seguro que llevo razón. Ya sé que los políticos son otra cosa. Zapatero lo mezcla casi todo con simpleza postmoderna. PSC y PSE, socialistas periféricos, se apuntan a la confusión. Maragall desvaría con aire de sutileza. El Partido Popular parece tener ideas claras, al menos por ahora. Pero renquea siempre en la batalla de las ideas. Contamos, por fortuna, con un sector importante del PSOE. Es imprescindible un pacto sobre la organización territorial. Más aún, sobre el carácter intangible de la soberanía nacional de España. La aprobación ilegal del Plan soberanista en el Parlamento vasco refuerza la necesidad urgente del acuerdo; pero no justifica que nos conformemos- -como mal menor- -con otras propuestas de cuasi soberanía. Hace falta aquí y ahora que hablen los mejores. La sociedad reclama la voz de los más sabios. También de los líderes y referentes de la opinión pública. No nos pueden fallar. Sin dramatismo alguno, pero con máxima firmeza y convicción. Todavía somos más y somos mejores en la defensa del interés legítimo de la España constitucional. En último extremo, ya que hablamos de los viejos tiempos universitarios, convendría recuperar en un buen tratado de Derecho romano el epígrafe referido a la Provocatio ad populum BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas